Por muchas razones, Morena representa un capítulo inédito en el desarrollo político de México.

Esto es algo que no se ha explicado lo suficiente, entre otras razones, porque las fobias y la polarización han remplazado el análisis frío y sereno, en este como en tantos temas de la vida nacional.

Su perfil corresponde a esa rara combinación que fusiona elementos de partido y movimiento, aunque en su operatividad, capacidad de movilización y toma de decisiones toma el molde del primer partido de masas en México, con una fuerte y determinante coloración de populismo clientelar.

Heredero de casi todas las tradiciones de izquierda en el país, es una superación de todas ellas por su amplia base social, la potencia de voto que ha alcanzado y su arribo al poder presidencial un siglo después de haber sido creadas, por Konstantyn Oumansky, las primeras células comunistas en el país.

Morena es algo más: es el intento más serio, desde una narrativa antisistema, por volver a conectar al gobierno y a la sociedad o, en su defecto, por restituir y reconocer en esta última la única fuente de legitimación posible del sistema político.

Todo esto que representa Morena no es poco, si advertimos que fue la gran cantidad de incongruencias y distorsiones de nuestro sistema democrático, lo que propició en 2018 la búsqueda de una opción distinta para desazolvar las avenidas del poder y volver a refrescar los fundamentos originales de la democracia.

No obstante, a juzgar por su desempeño al frente del gobierno y por la forma en que se desarrolló, el pasado domingo, su proceso de elección de consejeros, es no sólo deseable sino exigible que Morena opere una depuración y reforma a fondo de algunos aspectos “duros” de su identidad, para que sea un agente genuino de transformación y un cauce digno y confiable de las variadas expresiones democráticas del pueblo de México.

La primera cuestión a la que habría que dar visos de verdad y poner tren de aterrizaje es la democracia, porque se la confunde con el populismo y se la reduce a mero olor de multitud. En sentido estricto, la democracia es mucho más que hiel de obreros y sudaderas populares: es una combinación de participación informada y racional, respeto a sistemas normativos, disciplina, consideración hacia el otro y trato digno y respetuoso a las minorías sociales y políticas. Aclarar ese concepto y sus formas de instrumentación es vital. El mismo Paco Ignacio Taibo II, en una entrevista reciente, sostuvo la pertinencia de que dirigentes y militantes de Morena se atengan al canon democrático.

Al mismo tiempo, varias tendencias en Morena deberían ser frenadas, deconstruidas o eliminadas, porque son tóxicas o porque ensucian el eficaz desempeño de un partido que aún se halla en formación.

Si bien el caudillismo trae la patente de corzo de la izquierda histórica, desde los días del “padrecito Stalin”, hay que decir que esa cosa antigua del personalismo político es un lastre para el morenismo, puesto que instituciones que terminan orbitando en torno a caudillismos nacionales o locales, se vuelven rehén o presa fácil de prácticas y caprichos que atentan contra la inteligencia cívica y la racionalidad política.

En todos los partidos es común, pero más en los partidos que tienden al endiosamiento de un personalismo, la tendencia a la captura de estructuras y cadenas de mando por burocracias grises y oligarquías internas que, al cabo de cierto tiempo, acaban apropiándose de siglas e instrumentos de lucha social dignos de mejor suerte. Sin duda, Morena ha comenzado ese proceso de desgaste y erosión.

No hay tendencia más antidemocrática que el ascenso y consolidación de temples autoritarios en el interior de los partidos y organizaciones de izquierda. Por tanto, limar los filos del autoritarismo personal o burocrático es un principio irrenunciable en un partido que se asume en el hemisferio de la democracia.

Algo que puede sonar a herejía en un país de ortodoxias clientelares y corporativismos asistenciales, es el hecho de que le urgen a México partidos de ciudadanos y no de redes clientelares. En este aspecto, Morena tiene un trabajo arduo y muy cuesta arriba por delante, habida cuenta de que su definición orgánica corresponde a los enclaves clientelares que lo forman.

La tendencia a trastocar los planteamientos políticos en religiosos o pararreligiosos, es un refugio verbal frecuente en esa fuerza política; esto es así, pese a que nuestro país no es una teocracia musulmana, tampoco una teocracia protestante ni una teocracia católica. Por consiguiente, lo cuerdo es apuntalar la democracia constitucional que somos, al margen de si le gusta o no a diéresis, a equis o a zeta.

En fin, tenemos que ver la realidad con los ojos de la realidad; no con los del delirio, la fantasía o el autoengaño. En esto radica la lógica interna y la seriedad epistemológica de una visión o un discurso.


Pisapapeles

La reforma de Morena sería, ante todo, en beneficio de Morena.

leglezquin@yahoo.com

 

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