AMLO no sabe cómo hacerlo

Por Leopoldo González

El gobierno de López Obrador ha empleado diez meses en culpar al pasado de todo y por todo, sin decidirse a tomar el toro por los cuernos y a cumplir con su propia responsabilidad.

Si se le pregunta por qué va a la baja la actividad económica y a qué razones atribuye la caída en las proyecciones de crecimiento para este año, la respuesta es siempre la misma: la culpa no la tiene su desconocimiento y su ineptitud en la materia, sino el nefasto neoliberalismo. 

Si se le cuestiona por qué su gobierno dobla la cerviz ante las embestidas de Trump y, en lugar de asumir una política exterior digna, un sólo chasquear de dedos lo asusta y acude solícito a sellar la frontera sur para detener la migración de los latinos, su respuesta es la de un mentiroso patológico: dice que su política no se finca en “balandronadas” y que -aunque algunos lo quisieran- no se va a pelear con Trump.

Si, en otro ejercicio de meroliquismo mañanero, se le pide opinión sobre la iniciativa bastarda de Baja California, que busca extender el mandato de Jaime Bonilla a cinco años -atropellando la ley electoral y el régimen constitucional-, dice que esa tentativa le da pena, pero no se atreve a desautorizar a sus huestes y a emprender acciones legales para echar abajo semejante arbitrariedad, porque en su fuero interno acaricia la misma tentación autoritaria: ser beneficiario de la instauración de un régimen unipersonal en México.

Aunque todas las mañanas y todos los días presume ser un hombre democrático, un funcionario limpio y un político con principios, la realidad indica que no es ninguna de las tres cosas y que tampoco sabe cómo debe ser ejercido el arte de gobernar.

Esto último explica, entre otras cosas, por qué el país anda como anda y por qué no cesan el deterioro institucional y el clima de descomposición nacional que se vive y respira en todos los ámbitos de la vida pública.

Otras veces se le ha cuestionado por qué no funciona su estrategia para abatir la violencia en el país y a qué se debe que sus políticas, en lugar de contener a la delincuencia, parecieran alentarla y exacerbarla, como muestra el hecho de que los homicidios dolosos se han duplicado en diez meses. Su respuesta es la de un neófito: él se reúne todas las mañanas con los mandos de la Guardia Nacional, y no a chismear entre sorbos de café, sino a trabajar -según él.

El que el presidente de la República se reúna muy temprano con los mandos federales de seguridad pública en el país no vuelve intocables a los ciudadanos, no garantiza la seguridad de nadie, no hace que el Estado de Derecho funcione ni blinda el espacio público de ataques de la delincuencia organizada. Lo lamentable de todo esto es una verdad simple: no entiende que no entiende.

La seguridad pública desecha en Veracruz es eco replicante de la seguridad pública que se cae a pedazos en Tamaulipas, Guerrero, Quintana Roo, Guanajuato, Jalisco y Michoacán, entidades a las que la endeble Guardia Nacional ha llegado, no a combatir con eficacia a la criminalidad organizada ni a reducir los índices del delito, sino a recoger cientos de casquillos percutidos y a engrosar la contabilidad de los muertos y desaparecidos.   

Y así, en cada uno de los temas y asuntos espinosos de la vida pública, puede percibirse sin mala fe que al presidente no le están saliendo bien las cosas, que le hace falta humildad y apertura para dejarse rodear de buenos y excelentes asesores, que necesita operar con inteligencia un golpe de timón para enderezar el rumbo de su gobierno.

No obstante, tres dificultades impiden, por el momento, el que pueda darse una recapitulación presidencial respecto a los grandes trazos de política gubernamental seguidos hasta ahora: una es el carácter obtuso del vértice del poder, otra la opinión aquiescente de los estudios de opinión que buscan infructuosamente la encarnación de un “semiDios” y, finalmente, la lisonja pueblerina, palaciega y burocrática, esa que -según la Biblia- “envenena y debilita al adulado”. Si estas tres dificultades perduran y se reciclan en los próximos años, será una tarea de gigantes impedir que México se asome al “pejedespeñadero” de su historia.

Mi amiga, la prestigiada escritora Verónica Murguía, escribió hace unas semanas en “La Jornada Semanal” una frase que podría ser el epígrafe teórico y existencial de la crítica hacia la 4T: “Más vale -sentenció- un crítico sensato que un adulador inspirado”.

Pisapapeles

Jocosamente ilustrativo y puntillosamente gracioso, el filósofo de Güemes escribió en una enigmática línea un tratado sobre el ser del mexicano: “Estamos como estamos, porque somos como somos”.

leglezquin@yahoo.com

 

        

 

 

 

   

  

Leave a comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

*