La catástrofe económica

Por Leopoldo González

Con todo y sus excesos e irresponsabilidades, que las tuvieron, los neoliberales han tenido el gran acierto de ver a la economía como lo que es, sin confundirla con una ideología burocrática ni pretender mixtificarla con un modelo de activismo político.

Uno de los secretos de por qué funcionaba la economía en gobiernos anteriores, pese a las deficiencias, corrupción e impunidad que conocimos, radica en la eficacia y en que sabían que la economía es un mecanismo frío que funciona en caliente, y que gran parte de su manejo consiste en lograr la multiplicación de los panes, para que todos los eslabones de la cadena productiva se nutran y contribuyan a nutrir el mecanismo del cual dependen.

Si la ley es fría, pero es esa la naturaleza de la ley, lo mismo o algo parecido podría decirse de la ciencia económica: es fría porque colinda, en uno de sus extremos, con las matemáticas; y es cálida porque colinda, en el otro, con los asuntos de lo humano.

Fuera del hecho de que los populismos están peleados con el saber y la ciencia, y al margen de que los líderes populistas suelen ser perversos, ladinos, astutos y cuatreros, lo que separa a los populismos de un manejo eficaz -ya no digamos exitoso- de la economía, es la epistemología: su episteme es la de una cofradía que ve al mundo con los ojos de la ideología, pero no es apta para separar y distinguir en estancos epistémicos diferentes la ciencia política, la economía, la historia, las finanzas públicas, la filosofía, etcétera.

La economía vista y manejada como ideología da como resultado lo que hoy vemos: falta de crecimiento económico, adelgazamiento del empleo, caída de la producción industrial, escasez de dinero en los bolsillos, mercado interno deprimido y, lo peor, la sensación de que no valen la pena el trabajo, el estudio y el emprendimiento, porque al fin y al cabo -dice el populismo- la riqueza tiene propietarios que no son el proletariado urbano ni el industrial. Esto es lo peor: el populismo induce un pensamiento social que mata la ilusión de mejoría, aniquila los deseos de superación y fractura la autoestima de las personas.

En materia de economía, me parece que la ceguera ideológica es más poderosa y peligrosa que la física. Sin embargo, la suprema maldad del populismo reside en que no quiere una sociedad con una economía integral para todos, sino una microeconomía para la microsociedad clientelar de los suyos, donde imperen la mediocridad sobre el mérito, la holgazanería sobre el trabajo, el enanismo social sobre la búsqueda de la excelencia con resultados.

A propósito de la pandemia, sabiendo que no quería ni podría evitar la catástrofe que había inducido con decisiones antieconómicas, Andrés López recibió el virus de Wuhan con amuletos, bendiciones, trinos y fanfarrias, porque en el fondo de su maldad descubrió que sería al patógeno de Wuhan a quien su gobierno podría culpar del desastre económico que venía. Su jugada, sin embargo, fue arriesgada: hoy todos sabemos que la crisis económica se debe a su falta de pericia con temas económico-financieros; también sabemos que la tragedia por Covid-19 pudo ser evitada, pero que hizo falta tener médicos y estadistas con clase en la cumbre del Estado. 

Las cifras económicas de INEGI y Banxico, de lo que hablan no es de un modelo populista eficaz y exitoso, sino de una sarta de ocurrencias de política económica que llevan al país al desastre. PEMEX y la CFE en quiebra; una deuda pública que en términos reales ha crecido más de un 16 por ciento; el Banco del Bienestar con un 19.6 por ciento de cartera vencida; la demanda de dinero de las afores en crecimiento continuo por falta de empleo y México, después de Turquía, ocupando el segundo sitio de países de la OCDE por su tasa de inflación anual, que ahora ronda el 5.8 del PIB.

Mirando con reposo a nuestra nación, yo también quisiera hacer el retrato hablado de un país en ascenso y en franca recuperación, pero ni las estadísticas ni la realidad brindan elementos objetivos para incorporar la nuestra a las visiones que, ansiosa e irresponsablemente, se desviven por pintar un México color rosa. El país color rosa no es rosa ni es guinda: es irreal, y no es en el que viven y se parten el lomo millones de mexicanos.

En fin, que esa mezcla de patrioterismo, nacionalismo económico, espíritu justiciero, demagogia e ineficacia que hoy llamamos populismo, no es el mejor remedio para corregir los desajustes e injusticias del neoliberalismo; es, en todo caso, el principal síntoma de la crisis de sentido y de racionalidad de nuestro tiempo.

Viejos ideales en viejos moldes, así se presenten como novedad, no producen una vejez fresca ni nueva: reproducen una rancia y antigua vejez reciclada en un presente que no puede ser pasado.

Si el populismo económico, cultural y político tiene algún futuro, ese futuro fue ayer.


Pisapapeles

La radicalización, el encono, el criterio obtuso y el extremismo de los fanáticos de hoy, son la mejor prueba de que no se equivocó Terencio: veritas odium parit (la verdad engendra odio). 

 





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