La revuelta de las mujeres

Por Leopoldo González

El gobierno del presidente López Obrador atraviesa su peor momento.

Algunos chairos y fanáticos no lo ven, porque su salud autocrítica es nula, su intoxicación ideológica es mucha y una condición del fanatismo es la ceguera: cerrarse a cualquier análisis que no coincida con su ilusionismo, con lo que ellos quieren ver.

Pero, en efecto, desde que se realizó la primera marcha de mujeres, el 29 de noviembre, protestando por el acoso, los abusos deshonestos, la violencia de género y los feminicidios, el presidente no ve una.

En el trimestre de diciembre a febrero, los temas que dibujan una presidencia gris no son pocos: la rifa del avión que se tomó a chunga, la crisis de MORENA, las renuncias en el gabinete por desacuerdos o actos de corrupción, los cambios de opinión para tapar sus fracasos, la incompetencia gubernamental en materia de seguridad, la debacle económica, la caída de PEMEX, la rechifla en Tabasco, etcétera. Fue un trimestre negro, en todos los sentidos.

Ante las cifras negativas que desnudan la pasmosa ineficacia de su gobierno, López Obrador sostuvo, la mañana del último miércoles de febrero, que “a los tecnócratas, a los neoliberales, les obsesionan las cifras. Les obsesiona el dato del crecimiento económico y a mí no me dice mucho eso”. Peor confesión de ignorancia no puede haber.

En economía, los datos y las cifras son instrumentos para medir si se va bien o mal en algún aspecto de la vida pública; son la verdad nítida y concentrada que ayuda a hacer ajustes a una política específica o que aconseja cambios de fondo al modelo que se sigue.

Sin embargo, en ningún otro asunto le ha ido peor al presidente de la República, en los meses recientes, como en el relativo a la revuelta feminista. Más acá de lo que pudiera creerse, la protesta de las mujeres tiene una línea de tiempo, ejes programáticos claros y un nombre y un lenguaje que recogen su sentido de la literatura.  

Las mujeres, que según INEGI son casi el 54 por ciento de la población, crearon, a fines del año pasado, un movimiento social telúrico de plaza y banqueta cuyos antecedentes más recienten se remontan a Finlandia e Irlanda, países en los que, a finales de los sesenta y principios de los setenta, colectivos de mujeres salieron a las calles en demanda de mecanismos de protección a su dignidad e integridad.

Si Moliere había escrito, con una misoginia poco plausible en un escritor, que “las mujeres son animales de cabellos largos e ideas cortas”, se equivocó, pues a causas grandes corresponden ideas grandes. El movimiento feminista mexicano se sustenta en la legitimidad de la sangre y el dolor, desde donde ha creado una rendija de esperanza en la que se reconoce el despertar de todo un país. 

Imaginativo, ingenioso y provocador, a partir de enero de este año se dio un nombre, “Las brujas del mar”, no sólo parafraseando el cuento de hadas “Las sirenitas del mar” (Den lille Havfrue) del danés Hans Christian Andersen, sino en un claro intento por disociar la imagen tierna e idílica de las pacíficas sirenitas con lo que puede llegar a representar la ira femenina en el México de hoy.

Frente al crecimiento exponencial de la revuelta feminista, no sólo López Obrador -que presume de gran emoción social- se equivocó; también se equivocó la señora Gutiérrez Müller, su esposa, quien, ayuna de toda sensibilidad, invitó a trocar el repudio de las mujeres en apoyo a AMLO.

La secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, de quien cabía demandar mayor racionalidad y prudencia frente al tema, también se equivocó.

El colmo fue la postura zopenca y palurda de Irma Eréndira Sandoval, titular de la Función Pública, esposa de John M. Ackerman -víscera pronta de la 4T- y dizque ducha en temas de mujeres, cuando descalificó el movimiento “Un día sin nosotras” y quiso darse ínfulas de intelectual al soltar un concepto, además de poco original y muy manoseado, torcido: “El feminismo será antineoliberal o no será”. Descalificando la lucha de las mujeres, la titular de la Función Pública se descalificó a sí misma y exhibió la catadura del gobierno al que sirve.

Por su parte, el movimiento feminista ha sumado ya a docenas de organizaciones de la sociedad civil, sesenta y cuatro universidades, doce medios de comunicación, siete organismos empresariales, cinco equipos de futbol, catorce dependencias estatales y todas las universidades politécnicas de México, en aras de visibilizar la violencia hacia las mujeres y dar un campanazo que puede significar el principio del fin de un ejercicio gubernamental que, según varias encuestas, satisface cada día a muy pocos.

 

Pisapapeles

Hay movimientos que con un pequeño paso terminaron siendo movimientos-promesa. Los hay, también, que nunca imaginaron lo que podrían llegar a lograr, y lo lograron. La revuelta feminista de hoy pertenece ya al perfil de los grandes movimientos históricos. 

  

  

 

  

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