Un modelo con espejo retrovisor

Por Leopoldo González

Pese a que la 4T, ya sin corrupción ni impunidad de por medio, iba a alterar para bien la respiración de la República y a hacer maravillas con el dinero público, resulta que no puede ni sabe cómo hacerlo.

No hay un solo indicador económico-financiero que pruebe que México está mejor que antes, porque -a ojos vistos y con sobrada evidencia- va de mal en peor. 

Si una de las funciones básicas de gobierno es intensificar el gasto público para estimular el desarrollo, distribuir veinte centavos de cada peso a estados y municipios para aceitar la dinámica económica e incentivar la capacidad de iniciativa de los distintos agentes que intervienen en la economía, esto no se hace ni se hará bajo el gobierno de la 4T, porque lo que debiera ser agenda de Estado se ha tornado en agenda de un solo hombre.

No hay dinero, solvencia ni liquidez para financiar casi nada en el país, porque la economía ha dejado de ser nacional -es decir, de todos- para convertirse en “economía presidencial”, según la graciosa y atinada fórmula con que Gabriel Zaíd definió el dicho aquel de que, a partir de ahora (1970), “la economía se maneja desde Los Pinos”.  

México vive hoy un periodo de incertidumbre económica, resequedad financiera y falta de circulante monetario quizás peor que el que vivió al iniciar la década de los setenta, bajo el gobierno de Luis Echeverría Álvarez. Y aunque lejanas en el tiempo, las causas y razones de aquella escasez son sumamente parecidas a las de hoy. 

El de Luis Echeverría fue un sexenio de ruptura que alteró de forma brusca el modelo surgido de la Revolución; su gobierno acabó la inercia de crecimiento que traíamos de dos décadas de “desarrollo estabilizador”, el modelo ideado por Ortiz Mena; mal visto por izquierdas y derechas, nunca intentó sumarlas con empatía a un genuino proyecto de “unidad y reconciliación nacional”; populista de vena dislocada, se peleó con el sector privado y las escuelas particulares del país; en lugar de convocar a las clases medias a sumarse y darle rumbo al país, se confrontó con ellas. Vivo aún (allá por el rumbo de San Gerónimo), seguramente suscribiría lo que hoy afirmamos: terminó gobernando únicamente para sus fieles amigos y “apestado” en la vida pública del país.

 Guardadas la proporción y la distancia histórica, el gobierno populista de López Obrador tiene enorme parecido y gran semejanza con su “alma gemela” mexicana: las circunstancias históricas y el rostro cambian, pero no el móvil ideológico ni la máscara.

 Populista tardío, formado en los años en que dos populistas dejaron al país hecho un desastre, el presidente López Obrador no se anda por las ramas, pues su tarea diaria, a la que toma como un apostolado, es urdir la destrucción del Estado neoliberal para que sobre su ruina impere el Estado populista unipersonal.

 Junto a su pulsión destructiva, la otra cosa que más preocupa del populismo mexicano es que no tiene un modelo racional de Estado con el cual remplazar las estructuras del viejo orden. Su visión es tan limitada y pobre que sólo puede ofrecer, por decirlo suavemente, un personalismo político dislocado. Pero nada más. 

No hay dinero ni flujos de inversión pública para el desarrollo, porque todo está destinado a la agenda presidencial de obras técnicamente inútiles y al mantenimiento “en engorda” de todo lo que apuntale a la 4T y sus afanes transexenales. Esto explica los recortes del 25 y el 40 por ciento más recientes a las participaciones federales a municipios.  

No hay recursos presupuestales para obra pública y creación de infraestructura productiva, en parte, porque el 73 por ciento de la poca obra en desarrollo es resultado de adjudicaciones directas a los socios de la 4T, pero, además, debido a que el grueso de la infraestructura física en curso ha sido entregado a una red de 171 empresas, creadas exprofeso por funcionarios de Morena para “capturar” el presupuesto de las distintas secretarías y dependencias del gobierno federal, con olvido del resto de la fuerza empresarial con que cuenta el país.

Recortar el presupuesto de salud para 2020, además de cancelar la atención prehospitalaria y reducir el cuadro de medicamentos para niños con cáncer, no sólo ha implicado que México tenga uno de los sistemas de salud más deficientes de América Latina: también ha significado más de 36 mil muertes por Covid-19, algunas de las cuales pudieron y debieron ser evitadas.

En suma, navegar con la falsa bandera de la “pureza moral” mientras docenas de sus funcionarios se dedican a “nutrir” cuentas y chequeras personales (según INEGI, el costo de la corrupción en México subió 64.1 por ciento en dos años), es algo que puede explicar la caída creciente en el respaldo popular de López Obrador y su partido.

La mal llamada “austeridad republicana”, que sólo a un neófito en economía y finanzas podría habérsele ocurrido, no es sino máscara para justificar el ascenso de una nueva “mafia del poder”.

Pisapapeles

El populismo es un conjunto de vaciedades dogmáticas y de fantasiosas ensoñaciones diurnas y nocturnas, que tarde o temprano conducen a sus seguidores a una especie de ceguera incurable frente a las realidades empíricas.

leglezquin@yahoo.com 

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