Albert Camus y el estío invencible

En mitad del invierno
encontré en mí
un verano invencible.
Albert Camus, Verano

Por Rosario Herrera Guido

Albert Camus (Mondovi, Argelia 1913 – Le petit Villeblevin, Francia, 1960), el filósofo, dramaturgo, novelista, ensayista y escritor, Premio Nobel de Literatura 1957, quien desarrolló en su variada obra un humanismo fundado en la toma de conciencia de la condición humana, asumió la angustia ante lo absurdo de la vida, la vana felicidad y la rebeldía como “un estío invencible”. Por razones de espacio, sólo voy a evocar al Camus de Bodas, El extraño, Calígula, La peste, Estado de sitio, El hombre rebelde y El verano, que se reúnen en dos tomos en Narraciones, teatro y ensayos (Camus, Madrid, Aguilar, 1981), y que hablan poéticamente, como sólo sabe hacerlo la literatura, de lo que siempre está sucediendo.

Albert Camus, bajo el sol mediterráneo del estío y frente a las playas de Argel, en Bodas (1939), recrea la felicidad de una ciudad veraniega, protegida por los dioses y perfumada de ajenjo. Bodas contagia la dicha bulliciosa de la vida, donde lo vital es el único principio verdadero. Antes de la experiencia del absurdo en su obra, Bodas es la conciencia del placer que respira el aire fresco frente a un mar sereno: “En Argel no se dice ‘tomar un baño’, sino ‘atizarse un baño’ […] se baña uno en el puerto y se descansa en las boyas. Cuando se pasa junto a una boya en la que ya se encuentra una chica bonita, grita uno a los compañeros: ‘Te digo que es una gaviota’” (Camus, Bodas, Ensayos, Madrid, Aguilar, 1981:67). Pero desde Bodas hay una armonía rota entre el ser y la existencia, ahí donde la desgarradura humana busca la felicidad. Más allá de Bodas, por la mortal condición humana, a lo lejos se escucha el trágico cantar de Yago en el Otelo de Giuseppe Verdi: “Viene, después de tanta irrisión, la muerte”.

 

Albert Camus, después de la Gran Guerra, expone la experiencia del absurdo en el  indiferente personaje de su corta novela El extraño (1942). Meursault, el abúlico burócrata, para quien el telegrama de la muerte de su madre no tiene ningún sentido, porque no significa más que un borroso pasado y un desteñido futuro en vilo. No le importan los signos del odio o los vecinos que disfrutan del olor a barrio, si acaso el gusto por María y las sonrisas de su vestido. Pero Camus interrumpe esta apatía al poner al extranjero frente a la muerte. Y cuando las calles pasean por la ciudad y los destellos del sol del estío por el mar, descubre a un primario criminal de los azares, que enceguecido por un sol veraniego descarga un revólver sin darse cuenta. Ya condenado a muerte, Meursault tiene ganas de otra vida en la que pueda paladear el aire veraniego y el sabor de la tierra. Y aunque el extranjero se adapta a la máquina represiva de la prisión, se sabe víctima del absurdo: “El confesor me ha mirado con una especie de tristeza […] Ha dicho algunas palabras que no he oído y me ha preguntado en seguida si le permitía abrazarme. ‘No’, he contestado […] —No, hijo mío —ha dicho poniéndome la mano en el hombro—. Estoy con usted. Pero no puede saberlo, porque tiene el corazón ciego. Rezaré por usted […] Una vez solo he recuperado la calma. Estaba agotado y me he echado sobre la colchoneta. Me parece que he dormido, porque me he despertado con las estrellas sobre la cara. Los ruidos del campo llegaban hasta mí. Olores de noche, de tierra y sal me refrescaban las mejillas. La paz maravillosa de este verano adormecido entraba en mí como una marea…” (Camus, “El extraño”, Narraciones y teatro, Madrid, Aguilar, 1981:97-100).    

 

Calígula (1944) es la consagración al gran teatro del absurdo. Como el puño del poder no es inmutable y sin historia, el conflicto es preferible a permanecer anestesiados. La vida no puede ser gorda, arreglada y sin contradicciones. Porque una sociedad que cree en máquinas de éxito, sexualidad, deporte, alienación y pobreza, está siempre amenazada por la conspiración de sus ciudadanos. Calígula debe morir porque pervirtió al pueblo en su gran prostíbulo. La gran culpa de los ciudadanos, que debe ser expiada, es por ser súbditos de Calígula. El rebelde y el servil son igualmente mortales, pero mientras uno muere como hombre, el otro como guiñapo. Y es que el hombre rebelde debe escapar a la condena de Sísifo: el trabajo inútil y sin esperanza. Bajo un pertinaz sol de estío, el tirano Calígula, que no soporta a los poetas porque son por naturaleza opuestos al poder en su grotesca forma de dominación, irrumpe bruscamente: “Vamos, vosotros, poneos en fila. Un falso poeta es demasiado para mi sensibilidad. Tenía hasta este momento la intención de conservaros como aliados y a veces imaginaba que formaríais la última cuadra de mis defensores. Pero en vano ha sido y voy a arrojaros entre mis enemigos. Los poetas están en contra mía; puedo decir que eso es el fin. ¡Salid en orden! Desfilad ante mí lamiendo vuestras tablillas para borrar las huellas de vuestras infamias” (Camus, “Calígula”, Narraciones y teatro, Madrid, Aguilar, 1981: 738-739).   

 

Mientras la paz reposa sobre los tejados, las luces opalinas dibujan el cielo y los mercados ofrecen sus cestas en almíbar, el estío ignora que todos los ciudadanos están apestados. La peste (1947) —como dice Camus en una carta a un amigo—  es el símbolo de la resistencia francesa al nazismo. La peste narra la pugna por desterrar los sentimientos individuales, develando el desamparo total de una ciudad que pende de un hilo telegráfico. La peste es la alegoría de una vida sin moral ni soluciones, arbitraria y absurda como la muerte. En un verano caluroso y sobre un pantano de ratas, una ciudad abandonada por Dios cae en el absurdo. Como todos son mortales carece de valor la inmortalidad, los premios y los castigos; ninguna dicha eterna puede justificar tanto sufrimiento. La inocencia castigada y la peste civil que todos respiran destierran la fe. Pero en la ciudad hay santos laicos que se entregan por filantropía a la guerra contra la peste (Rieux Tarrou), o ingenuos que creen que pueden ser felices como Rambert, o pesimistas como Cottard, para quien la peste es una liberación, o ególatras obsesionados con su obra literaria (Grant), o Mesías como el Reverendo Paneloux. “Y hay que decirlo claro: la peste había arrebatado a todos la capacidad del amor y hasta de la amistad. Pues el amor exige un poco de futuro y, para nosotros, no había sino instantes” (Camus, “La peste”, Narraciones y teatro, Madrid, Aguilar, 1979:273).

 

El Estado de sitio (1948) es la gran alegoría de la ciudad de Cádiz. Bajo el aullar sordo de una madrugada, el dolor araña el techo de una ciudad inocente. Y un himno de estío anuncia la trágica historia, bañada en el alba por un sol melaza. El Estado de Sitio es también la novela que esculpe el amor de Victoria y Diego, a la sombra de un limonero acuático y bajo la dicha matinal de un sol aéreo. Pero en medio de un aparente estado de paz, producido por el terror total, las risas se convierten en maldiciones para los negros destinos de los ciudadanos. El gobierno de Cádiz ha caído en las garras de la peste, que es la metáfora de un Estado infecto que se hincha de veneno. Ya no más una muerte azarosa en la que se puede morir contemplando el azul de los Pirineos, o en las alturas del Guadalquivir. La muerte roja de García Lorca es sustituida en El Estado de Sitio por la muerte negra de la dictadura. El Estado de Sitio es la metáfora de una bestia insaciable que quiere un jardín de calaveras para su siniestro palacio. Pero en voz de Diego: “No tengáis miedo, es la condición. ¡En pie todos los que puedan! ¿Por qué retrocedéis? Alzad la frente, ha llegado la hora del orgullo. Arrojad vuestra mordaza y gritad conmigo que ya no tenéis miedo. ¡Oh santa rebeldía!, ¡oh protesta permanente, honor del pueblo, da a estos amordazados la fuerza de tu grito! (Camus, “El Estado de Sitio”,Narraciones y teatro, Madrid, Aguilar, 1981:949). Y el Coro no duda en titubear, porque quiere salvar la vida biológica (Bios), la que nace y muere, mas no la anímica (Zoé), la simbólica, que preserva la Polis. Como dijo Jesús de Nazaret, citado hasta por Hegel: “El que quiere salvar la vida (Bios) la perderá (Zoé)”.

 

Después de El Estado de Sitio, Camus propone la existencia humana como rebelión. El hombre rebelde (1951), ya no narra la existencia trágica ni heroica, sino la existencia rebelde. Pero el hombre rebelde no es un suicida. La rebeldía es una máxima ética por excelencia. Camus no tiene por premisa la existencia, el pensamiento, el amor o la trascendencia, sino ¡la rebelión! Una rebeldía que es esencialmente estética. Camus va contra toda dictadura que arrastre a los ciudadanos al absurdo, contra todo ideal de enana supervivencia. Los retos de los rebeldes —el mal y la muerte— los llevan a romper las reglas del juego, cuando todo está negado y el mundo agoniza, en un acto sublime de entrega al futuro: “Para existir, el hombre debe rebelarse, pero su rebelión debe respetar el límite que ella descubre y en el cual los hombres, uniéndose, empiezan a ser”. (Camus, “El hombre rebelde”, Narraciones y teatro, Madrid, Aguilar, 1981:572).

 

Bodas (1939) y L’Été, Verano (1954), logran ser paradigmáticas de la poética del pensamiento que anima la obra de Albert Camus. Si Bodas es una bitácora de un viaje por un mediterráneo estío espiritual, donde —como dice Aristóteles en la Poética— no asaltan a sus actores las peripecias que desencadenan la tragedia, en compañía de Verano, ambas susurran las inescrutables claves de su obra, donde los soleados y perfumados paisajes, ahora desérticos, penetran en las almas, para que tras la Gran Guerra, en lugar de aceptar la muerte sin esperanza o lamentarse por ella, es preciso optar por la ética del héroe, para levantar, hasta el límite de lo imposible, el espíritu del mundo. El solo epígrafe, que Camus toma del poeta romántico Hölderlin, expresa el ensayo en su conjunto: “Pero tú, tú has nacido para un día esplendente…” (Camus, “Verano”, Ensayos, Madrid, Aguilar, 1981:841). Tras las protestas, que tratan de superar las imperfecciones de la condición humana, la belleza de las ciudades y el espíritu de sus ciudadanos deben ser cuidadosamente protegidos: “Sepamos, pues, lo que queremos, permanezcamos en el espíritu, incluso si la fuerza toma para seducirnos el rostro de una idea o de la comodidad. La primera cosa es no desesperar. No escuchemos demasiado a los que gritan el fin del mundo. Las civilizaciones no mueren tan fácilmente; e incluso si este mundo debiera venirse abajo, sería después de otros. Es cierto que estamos ante una época trágica. Pero muchas gentes confunden lo trágico y la desesperación […] Pero ¿dónde están las virtudes conquistadoras del espíritu? El mismo Nietzsche las enumeró como enemigos mortales del espíritu de opacidad. Para él son la fuerza del carácter, el gusto, el “mundo”, la felicidad clásica, la dura arrogancia, la fría frugalidad del sabio […] Yo no hablo de la que se acompaña en los estrados electorales con fruncimiento de cejas y amenazas. Sino de la que resiste a todos los vientos del mar por virtud a la blancura y de la savia. Es ella la que en el invierno del mundo, preparará el fruto” (Camus, “Verano”, Ensayos, Madrid, Aguilar, 1981:866-867).

   

Albert Camus siempre supo que a pesar de que la angustia ante la fuerza del sable lleva a perder la fe en el progreso y en la historia, los hombres y las mujeres deben avanzar para adquirir conciencia de que su condición humana no está superada, pero que en mitad del invierno es posible encontrar un verano invencible.


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