Elena Garro y su mundo

Por Magali Montes

“Nacha oyó que llamaban a la puerta de la cocina y se quedó quieta. Cuando
volvieron a insistir abrió con sigilo y miró la noche. La señora Laura apareció
con un dedo en los labios en señal de silencio. Todavía llevaba el traje blanco
quemado y sucio de tierra y sangre.”

Así comienza el cuento La culpa es de los tlaxcaltecas. Baste este inicio para referirme a una de las mujeres más polémicas en la historia de la literatura mexicana: Elena Garro, quien sorprende por su habilidad de transitar de la realidad objetiva al mundo de lo maravilloso.

Leer  su obra es un placer por la naturalidad y la fluidez de sus textos, las descripciones ricas en imágenes que construyen mundos  en la mente, los atisbos poéticos que brillan a veces en párrafos enteros.

¿Dulce? No lo es,  resalta su crítica inteligente. Una posición que la llevó a juzgar las condiciones de su época y hechos como la matanza de Tlatelolco, por lo que se ganó la antipatía de los intelectuales.

Conocía el poder de la palabra; así, la realidad y el tiempo fueron manipulados a su antojo bajo su pluma. En su obra cumbre, la novela  Los recuerdos del porvenir, de 1963 , abrió la puerta del realismo mágico en la literatura mexicana, publicándose incluso cuatro años antes que Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez.

En ella retrata desde su perspectiva a los indios de nuestro país, población que tiene un tiempo diferente  y que se desplaza  en la marginalidad, que se le mira desde lejos, sin nombre ni apellido; todos son iguales, la misma cara. Sombras que viven sumergidos en una realidad que ni la Revolución ha cambiado:  

“Mi gente es morena de piel. Viste manta blanca y calza huareches.Se adorna con collares de oro o se ata al cuello con pañuelito de seda rosa. Se mueve despacio, habla poco y contempla el cielo. En las tardes, al caer el sol, canta.

Los sábados el atrio de la iglesia, sembrado de almendros, se llena de compradores y mercaderes. Brillan al sol los refrescos pintados, las cintas de colores y las telas rosas y azules. El aire se impregna de vapores de fritangas, de sacos de carbón oloroso todavía a madera, de bocas babeando alcohol y majadas de burros. Por las noches estallan los cohetes y las riñas; relucen los machetes junto a las pilas de maíz y los mecheros de petróleo. Los lunes muy de mañana, se retiran los ruidosos invasores dejándome algunos muertos que el Ayuntamiento recoge. Y esto pasa desde que yo tengo memoria”.

 

También ejerció el periodismo con entrevistas a Frida Kahlo, Pablo Neruda y Regis Debray, y con reportajes en torno al reparto agrario y la condición de las mujeres presas. Fue pionera en el ejercicio del periodismo de investigación y encubierto. Trabajó durante 10 días para publicar un reportaje sobre la cárcel de mujeres menores de edad, que concluyó en el despido de la Directora del penal.

 

Asumir una posición periodística “sin concesiones”, a decir de Patricia Rosas Lopátegui, le costó 30 años de exilio.  

 

Poeta, cuentista, escritora de novela y teatro, en ella convergen dos mundos: la dureza de la realidad que puede confundirse con un sueño para hacer más real lo que imaginamos, y otra con posibilidades, donde siempre hay cabida para el amor y  lo maravilloso.  “Todo lo increíble es verdadero”, escribe en un cuento.

 

Brillante en sus tramas. Despunta desde la década de los sesentas en el teatro para construir espacios narrativos excepcionales, como en su obra Un hogar sólido, en donde los muertos conversan desde sus tumbas.

 

Elena Garro materializa en letras la premisa del surrealismo, al brindar primacía al sueño, subordinar la realidad al sueño: magia, pesadillas, muertes… Pero tuvo una sombra que opacó su carrera literaria, porque hay parejas en la historia del arte y la literatura mexicana cuya pasión traspasó la vida personal para volverse pública: Diego y Frida, Dr. Atl y Nahui Ollin, Octavio Paz y Elena Garro.

 

Carlos Landeros, a partir de entrevistas y cartas que sostuvo desde 1963 hasta momentos previos a la muerte de Elena Garro, escribió un libro en primera persona sobre la vida de la escritora. En él se resalta la experiencia de vida y los sentimientos de la polémica mujer que contribuyó a un cambio radical en la historia literaria de México:

 

“Soy Elena Garro, nacida de José Antonio Garro y Esperanza Navarro en la ciudad de Puebla el 11 de diciembre de 1917. En piedra me convertí, como mi personaje Isabel Moncada, el 22 de agosto de 1998, delante de los ojos espantados de mi hija Helena Paz Garro. Causé la desdicha de mi marido Octavio Paz, igual que él causó la mía. (…) Octavio y yo nos casamos sin haber cumplido mis 18 años, únicamente cegados por el amor revuelto de admiración y envidia, que desde estudiantes sentimos el uno por el otro…”

 

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