Octavio Paz: su(r)realismo

Aprendizajes y desaprendizajes, 
cincunavegaciones y circunvalaciones, 
circunvuelos en Asia, Europa y América: 
la exploración del túnel de las correspondencias, 
la excavación de la noche del lenguaje, 
la perforación de la roca: 
la búsqueda del comienzo, 
la búsqueda del agua. 

Octavio Paz 


Por Rosario Herrera Guido

I 

Octavio Paz no sólo se aproximó en su creación poética y ensayística al surrealismo, también escribió sobre este movimiento artístico que estará siempre entre las mujeres y los hombres. Porque André Bretón le obsequió dos regalos: 17 Arcanos y los secretos de la mística oriental, para que descubriera otros misterios de la palabra, los gramas del mono, siempre a mitad del camino,  a través de bosques de signos, entre “algaraniñas y pajarabías, plegarias de los perendigos, babeantes súplicas de los mendigrinos, gluglú de dialectos” (Paz, El Mono Gramático. Barcelona, Seix Barral, 1974:102).  

En su trayecto al surrealismo, Paz bebió en las tabernas de todos los poetas el mismo vino. El lenguaje, el cosmos y el amor fueron la sustancia prima de su código sagrado, que muda su ropaje acorde a la tonalidad de sus imágenes poéticas. Su retorno mítico al origen no es repetición de lo mismo, pues lleva en el vientre un decir naciente, que crea nuevos (uni)versos. 

 

El amor, la vida y la imaginación, el tríptico soñado por Alquié, son los temas surrealistas de los que brota una estética cósmica: las relaciones humanas con el universo. Una metafísica que le concede al mundo un carácter sagrado. En el fresco surtidor de los románticos se bañan los poetas surrealistas, pero una nueva fuente brota de ese bautismo poético. La unidad de los contrarios: sueño y realidad, le rève et la réalité —como canta Breton en el Manifiesto. La surréalité: una realidad absoluta (une sorte de réalité absolue). Lo real y lo imaginario, los ángeles y los demonios, lo decible y lo indecible. El surrealismo es el marro con que se realiza la demolición radical de la lógica y su principio de identidad. 

 

El surrealismo es la búsqueda del comienzo, por el camino de Galta, en dirección contraria a la actividad normal del hablante, cuya función consiste en reproducir y construir frases, mientras que aquí se trata de desmontarlas y desacoplarlas, deconstruirlas: “ […] deberíamos remontar la corriente, desandar el camino y de expresión figurada en expresión figurada llegar hasta la raíz, la palabra original, primordial, de la cual todas las otras son metáforas” (Paz, El Mono gramáticoBarcelona, Seix Barral, 1974:27).  

 

Se trata de la originalidad, más todavía, de la belleza. Aquí está lo lúdico, lo mítico y trascendental. No se trata de un puro juego sin ton ni son de la poesía. El proyecto de la estética surrealista de Octavio Paz quiere decir el mundo. Las palabras, que a partir del surrealismo según Blanchot laten, tienden a gastarse como las monedas (según Nietzsche). Por ello hay que parir nuevas palabras, alargarlas (como Aristóteles en su Poética), o meterlas en una valija (como Carroll). Cirujano de palabras, de los cortes aquí y allá en los significantes, rápsoda del azar y la libertad, el poeta surrealista desencadena las palabras, emancipa lo imaginario y lo simbólico para entrar al corazón de Lo Real. 

 

La liberación del lenguaje no sólo implica a lo sagrado, también a la Otredad, a lo Absolutamente Otro, que no es otro que el universo de lo Simbólico, la diferencia entre el hombre y la naturaleza, el borde entre el adentro y el afuera, que se resuelve en una Banda de Moebius, en un solo Real. Pero Otro con mayúscula, también es la mujer y el Otro Sexo. La mujer amada, magnética, divina, la que engendra el mundo, la llave del misterio, el secreto de la naturaleza, la diferencia, la promesa, regreso al origen y a la inocencia perdida, a la unidad de los contrarios: poética del destino y destino poético. La mujer fugitiva, fantasma, instante, como Nadja y Melusina: la mujer despierta lo inconsciente, es el “punto supremo” en el que los contrarios se encuentran en el dintel de la puerta que hay entre el sujeto y el objeto, el exterior y el interior, el punto de “extimidad” (como lo designa diría Jacques Lacan). 

 

El surrealismo es la temporalidad del mundo y el mundo temporal; la eternidad de los valores y los valores eternos: el amor, la libertad y la poesía; el camino hacia “la luz”, en compañía de Bretón, donde se anudan el amor, la pasión y la idea. Voluntad de Poemar, el poeta surrealista se abisma en las fauces del vacío y atraviesa el infierno. Todo por ser fiel al propio deseo. 

 

Pero Octavio Paz se diferencia de los surrealistas. La escritura automática y la asociación libre no lo convencen. Una Voluntad Lúcida siempre debe palpitar en su poesía Gastón Bachelard hiciera célebres en sus textos de poética, en Paz logran encontrarse, casi fundirse. No se trata de desbordar palabras para inundar las páginas, no es la escritura salida de los golpes en la frente, ni la espontaneidad facilona. La poesía, para Octavio Paz, es difícil, los dones de los dioses, que no hay que despreciar, deben ser pulidos con el cuidado con el que se pule un diamante, por amor a sus destellos. Paz mismo lo define: “El surrealismo es el máximo de precisión para el máximo desvarío”. 

 

La originalidad del surrealismo de Octavio Paz está en el Mito. Porque se dirige a un tiempo sin tiempo, antes de la razón y la civilización, … responde a “la ley de la tierra” (como Antígona), al nacimiento del sueño y el sueño del nacimiento, al origen del fuego: a la Piedra de Sol. 

 

Donde nacen los caminos, en el primer sueño, hacia la fuente interior, antes del origen, ahí donde la “otra voz” se derrama y vierte todo su ser, una vez que El Cántaro Roto derrama el agua seminal de la palabra, que busca el comienzo de la palabra: “[…] hay que soñar en voz alta, hay que cantar hasta que el canto eche / raíces, tronco, ramas, pájaros, astros […]hay que soñar hacia atrás, hacia la fuente, hay que quemar siglos / arriba, / más allá de la infancia, más allá del comienzo, más allá de las / aguas del bautismo […] hay que desenterrar la palabra perdida, soñar hacia dentro y / también hacia afuera {…] ni adentro ni afuera, ni arriba ni abajo, al cruce de caminos, / adonde empiezan los caminos, / porque la luz canta con un rumor de agua, con un rumor de / follaje canta el agua / y el alba está cargada de frutos, el día y la noche reconciliados / fluyen como un río manso, / el día y la noche se acarician largamente como un hombre y una / mujer enamorados, / como un solo río interminable bajo arcos de siglos fluyen las / estaciones y los hombres, / hacia allá, al centro vivo del origen, más allá de fin y comienzo”. Donde la poesía es mito y el mito es poesía, eterno retorno a la palabra de la que nacen todas las demás palabras, liberación del tiempo lineal: extemporaneidad.  

 

Por ello la sustancia de la poesía y del mito es la misma. Su auténtico tema, dice Paz:  “[…] es la oposición entre la cultura y la naturaleza tal como se expresa en la creación humana por excelencia: la cocción de los alimentos por el fuego domesticado. Tema prometeico de resonancias múltiples: escisión entre los dioses y los hombres, la vida continua del cosmos y la vida breve de los humanos pero asimismo mediación entre la vida y la muerte, el cielo y el agua, las plantas y los animales” (Paz, Claude Lévi-Strauss o el Nuevo festín de Esopo. México, Joaquín Mortiz, 1987:47-48).  

 

II 

En 1945 Octavio Paz afirmaba, al lado de Bretón, que “el surrealismo aún respiraba el deseo”. Porque el surrealismo es un desafío más allá de corrientes, modas y sistemas. Diego Martínez Torrón, quien ha escrito suficientes páginas sobre el tema considera que “[…] rasgos surrealistas puedan seguirse a lo largo de casi toda la obra poética de Octavio Paz, desde 1945” (Martínez Torrón, Octavio Paz: La búsqueda del comienzo, Madrid, Espiral/Fundamentos, 1983:16).

 

No es necesario que el surrealismo renazca, como pensaba Bretón, pues su extemporaneidad traspasa las murallas del tiempo. No se trata de vivir en el infinito porque ahí se está cómodo y estable, sino de habitar el instante, una sorprendente extrañeza, pasado, presente y futuro, exaltación de las presencias, muerte y nacimiento. Metamorfosis única, la poesía provoca a las palabras para que resuenen en los pasillos del alma, ahí donde el tiempo lineal se eclipsa para que cada segundo ilumine universos que nunca serán comprendidos en su totalidad.

 

El instante —como postula Kierkegaard— es un momento abierto a la eternidad, es el tiempo justo en que se descubre una verdad que da acceso a lo incondicionado; el instante no es efímero, es el momento en que un sujeto aprehende lo que siempre ha sabido sobre su deseo; una ética instantánea que trae ese instante ético en el que “la higuera puede dar frutos en invierno”, en el que algo de lo real e imposible puede advenir. La poesía, toda, es extemporánea. En Los hijos del limo encontramos esta reveladora frase: “[…] el tiempo de la poesía no es el de la revolución, el tiempo fechado de la razón crítica, el futuro de las utopías: es el tiempo de antes del tiempo, el de la ‘vida anterior’ que reaparece en la mirada del niño, el tiempo sin fechas” (Paz, Los hijos del limo, Barcelona, Seix Barral, 1987:71).

 

Por ello el surrealismo está “siempre vivo”. Si, como afirma el mismo Paz: “[…] El surrealismo quiso llevar el lenguaje a sus extremos: la metáfora y el juego de palabras” (Paz, El Signo y el Garabato, México, Joaquín Mortiz, México, 1986:192). Entonces, ¿por qué decirlo en pasado si este es el proyecto de toda poesía? No eso Paz declara que su obra, en sentido estricto, es surrealista, y que es fiel a ese momento. Los “trabajos del poeta” son ese preciso juego con las palabras: “el erizo se irisa, se eriza, / se riza de risa.” 

 

De aquí que, “Octavio Paz: su(r)realismo”, es una propuesta y una apuesta,  una idea a pensar e imaginar, en torno a un realismo concebido como “Lo Real” de eso que llamamos “realidad”, por no tener un mejor nombre. Si en el surrealismo de Octavio Paz encontramos el gusto maravilloso, la mitología, lo mágico, la nueva analogía, la escritura-cuerpo, la identidad de lo inconsciente con la realidad originaria, el romanticismo, el sueño-vigilia, el erotismo, el universo-verso, no es más que por encontrarse comprometido y prometido a “Lo Real”, a la carne del verbo. En Las peras del OlmoPaz habla y canta lo que persiguen las metáforas: “[…] La comunión con lo real —fin último de toda poesía— se logra a través de la breve descarga de toda esa energía acumulada. Una frase basta para provocar la erupción” (Paz, Las Peras del Olmo, Barcelona, Seix Barral, 1987:84). 

 

Pero como las palabras son “el tiempo de la cosa” (Georg Hegel), a lo real no nos aproximamos más que a través del tiempo, y en sentido estricto, el instante. Pues del ser estamos exiliados desde que somos entes. Al Ser (Lo Real) se le nombra y con ello algo de lo real es bordeado, evocado. Lo indica Paz: “[…] Yo siempre voy a donde estoy, yo nunca llego adonde soy…” (Paz, El mono gramático, Barcelona, Seix Barral, 1974:85).  

 

La poesía, para Octavio Paz, es una creación que es (pre)meditado, una labor que aunque no desprecia los dones de los dioses y el advenimiento de la otra voz inconsciente, es también una tarea consciente. Porque el automatismo de los surrealistas no es compatible con su creación. Sin embargo, Paz destaca que poemar depende esencialmente de la “otra voz”, cuyo origen podríamos sostener, sin exagerar, busca a lo largo de todos sus ensayos sobre la poesía. ¿Acaso la “otra voz” no es la voz del Otro? Si el Orden Simbólico nos precede, y si “el habla, habla” —como mostró Heidegger— entonces la “otra voz” es el lenguaje que ya nos está esperando antes de nacer, tal vez “el inconsciente estructurado como un lenguaje” de Jacques Lacan, ese que es cadena significante y que corresponde al poeta cortar,  recrear el universo de lo Simbólico. “¿Quién habla?”, preguntaba Nietzsche, y contestaba: “No es el yo”.  

 

Entonces no es casual que el método surrealista tenga como premisa fundamental “la renuncia al yo”. Develar la “otra voz” es una tarea que ningún otro surrealista se propuso. Sólo Octavio Paz. “Otra voz”, que Lacan postuló como el Gran Otro, el Orden Simbólico, el Tesoro de los Significantes, a partir de la propuesta de “la primacía del significante”, que de acuerdo al sonido, produce sentido: donde los cortes, enlaces, junturas, escucha de eso otro que se escucha en lo mismo que se dice, todo lo que posibilita el deslizamiento del sentido. Así lo propone Paz en La otra voz: “[…] Aun en los caligramas de Apollinaire, que son más puramente visuales, la palabra hablada, el elemento sonoro, es el soporte del texto dibujado y escrito. Una de las debilidades de la teoría poética del surrealismo fue su desdén ante la prosodia poética. Una indiferencia desmentida, por lo demás, por la práctica misma de los poetas surrealistas: en sus textos abundan los juegos de palabras y las colisiones entre el sonido y el sentido. En ningún otro género literario es tan  íntima la unión entre sonido y sentido como en la poesía. Esto es lo que distingue al poema de las otras formas literarias, su característica esencial. Un poema es un organismo verbal rítmico, un objeto de palabras dichas y oídas, no escritas ni leídas […] Puede ahora entenderse el verdadero significado de la lectura en público de poemas ” (Paz, La Otra Voz, Barcelona, Seix Barral, 1990:122).  

 

Así canta Bretón: “La araña-ada de la ceniza de puntos azules y rojos.” Y el eco de Paz le responde: “el surrealismo / pasó, pasa, pasará / por México / espejo magnético / síguelo sin seguirlo / es llama y ama y llama”. ¿Acaso no es ejemplar este último verso para dejar oír la relación entre el sonido y el sentido? Se trata de la “otra voz” que escucha por el sendero de Galta, la que sale de entre las grietas de los templos carcomidos, la voz de los dioses de piedra, las voces más antiguas que edifican el Altar de la Poesía: “esa transparencia universal que consiste en decir esto por aquello”. Un peregrinar cotidiano por lo más antiguo, divino, imposible de decir, lo nunca dicho que rasga el misterio del erotismo sagrado. 

 

Sólo así, y tal vez por un instante, lo humano y la naturaleza son un todo vital en el Reino de la Analogía. El surrealismo de Paz exalta la materia, la hace divina y  sagrada. Su herejía consiste en desustancializar a los seres para darles nuevas esencias, a través de una mística sensualista, donde el cuerpo y el verso forman una Cosmología Visionaria. El poeta surrealista se abisma en el objeto del deseo (lo real), cada vez que llega al borde de la letra, al filo del verso, a la orilla del universo: al silencio mineral que nombra ese objeto, que por ser tan próximo, … es ajeno.

 

La palabra perdida desde los orígenes es la que hay que recobrar. Este es el fin último de la poesía. Pero tras un verso viene otro y otro y otro, porque esa palabra de piedra, esa diosa mineral, es innombrable, inalcanzable. Por esa imposibilidad sigue latiendo la poesía. El camino de Galta anda hacia esa pérdida que ilumina los templos y los dioses. 

 

El surrealismo, según Bretón, tenía que ser una nueva religión. Tal vez porque busca el verbo original, la carne del verbo: un imposible. Pero como el hombre está, como dice Heidegger, pro(e)yectado en el mundo, él mismo es un proyecto trascendental: ir por el pas, pas, paso del camino, al origen de todos sus sueños y sus pesadillas, al principio, a la tierra para divinizarla, y a la palabra primera para relanzarla en un surtidor inagotable de metáforas. 

 

III 

Los surrealistas tuvieron la sensibilidad para percibir un mundo desgarrado y amenazado. Frente a un siglo que vieron descuartizado, les resultó una ilusión sin porvenir la continuidad, la permanencia del hogar de las mujeres y los hombres; después de presenciar el aplastamiento del arte por las bombas, tal vez les pareció que la luna sería el único faro que guiaría esta sonámbula nave. Ante este mundo, su propuesta fue poner entre paréntesis la realidad y todos los valores y costumbres sacralizados por la sociedad de su tiempo.  

 

A ese mundo inmundo los surrealistas le oponen los grandes demonios y los ángeles del deseo. La locura más lúcida que se lanza a revolucionar la palabra y las formas para transformar la vida en poesía. Subvertir la palabra implica la Revolución de los Espíritus. Entonces a las palabras —como canta Octavio Paz en Libertad bajo palabra— “hay que torcerles el gaznate, desplumarlas, destriparlas, caparlas, hacerlas, hacerlas que se traguen todas las palabras”. El surrealismo recurre a la subjetividad para disolver la realidad del objeto, y al objeto para que se trague al sujeto. ¿Un proyecto fantástico? Tal vez. Bretón decía que “lo admirable de lo fantástico es que no es fantástico sino real”. El surrealismo es lo absolutamente real. . Poetizar la vida implica incrustar al sujeto en el objeto, para disolver el adentro y el afuera, a través de la libertad erótica que lleva hacia la mujer (la llave del universo). Ella es la que abre de par en par la noche, el himen de la verdad. 

 

“Lo maravilloso cotidiano” del surrealismo se opone al tedio cotidiano, la tradición, el conformismo, la exaltación de la vida práctica y el dinero, la explotación.  Reducir el mundo a la conciencia, a la razón, es vivir ciegos. Sólo el sueño y el delirio pueden restituir esa parte cercenada del espíritu: la palabra poética (que es profética). Por ello Blake dice que la verdad no es hija de la razón sino de la poesía. El Lógos, —como aclara Heidegger— designa dos cosas con una sola palabra: el ser y el pensar. El gos trae la “Otra Voz” que busca Paz, “lo real” del que estamos exiliados. En La Estación Violenta se escucha este fragmento del poema El Río: “A mitad del poema me sobrecoge siempre un gran desamparo, / Todo me abandona, / no hay nadie a mi lado, ni siquiera esos ojos que desde atrás / contemplan lo que escribo, / no hay atrás ni adelante, la pluma se rebela, no hay comienzo ni / fin, tampoco hay muro que saltar, / es una explanada desierta el poema, lo dicho no está dicho, lo no / dicho es indecible…” Pero lo no dicho, lo indecible insiste, lo real mudo provoca una tormenta de palabras; silencio o algarabía cotidiana que llevan al poeta a la creación, a lo nunca  dicho, a una viva verdad, pero pariente de la muerte, casi inhumana: lo Real.  

 

Pero si la palabra mata a la cosa no es más que para eternizar el deseo. En Libertad bajo palabra el deseo inventa y la invención desea, deseo de que la palabra nombre lo innombrable, deseo del deseo, libertad: “Contra el silencio y el bullicio invento la Palabra, libertad que se inventa y me inventa cada día”. Y en Árbol Adentro Paz desea hablar con palabras encarnadas, que huelan y sepan a las cosas mismas, pero a ese decir le va de suyo que las formas se vayan hacia otros nombres, que las cosas mismas caigan con sólo ser nombradas, y que no queden más que las palabras con las que hace lianas para trasladarse en la espesura de lo real; las palabras no posibilitan hablarle a alguien sino a otra palabra, porque el otro es también palabra y nuestro ser no es más que “el eco de nuestro nombre”; hablar es desvanecerse, volverse el susurro de las mismas palabras con que queremos nombrar y nombrarnos.  

 

Decir, dar vueltas, una y otra vez, tratando de decir una palabra perfumada, o suave, o dura, dulce o amarga, este es el equívoco que nos lleva a volver a decir. Lacan, en su seminario L’etourdit (traducido por El atolondradicho), lo susurra así: “El equívoco mismo es la condición humana: padecer de lenguaje”.


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