Visita cultural al centro histórico de la Ciudad de México 

Por: Héctor Ceballos Garibay

 

Jueves 17 de agosto: Salida de Uruapan a las siete de la mañana. El grupo se conformaba de veintitantos entusiastas viajeros, muchos de ellos alumnos del curso de Sociología de las Civilizaciones. En el autobús, rentado para la ocasión, unos compañeros platicaban amenamente, otros reían o canturreaban, algunos prefirieron dormitar y reponerse de la desmañanada. Luego de un par de horas de camino, paramos a ingerir el desayuno en un restaurante a la orilla de la carretera. Proseguimos la marcha sin contratiempos y llegamos a nuestro destino al filo de las dos de la tarde: el hotel One, situado en la Alameda Central. Tomamos las habitaciones y salimos rumbo al Mercado de San Juan, a unas ocho cuadras de distancia, a fin de disfrutar de las afamadas charcuterías donde las carnes frías, los quesos y el vino deleitan el paladar de la clientela. Varios de los compañeros aprovecharon para sacar fotos de las múltiples especies raras (insectos, gusanos y carne de león, jabalí, búfalo…) que se ofrecen en el lugar. Una vez saciada el hambre y dado que la tarde era libre, cada uno eligió su propia manera de terminar ese primer día: la mayoría del grupo se fueron en taxi al Teatro Insurgentes a ver El hombre de la Mancha, la exitosa obra de teatro; otros escogieron descansar en el hotel. Yo aproveché para visitar las librerías de la Alameda y comprar novedades. Ya casi oscurecía cuando se precipitó una tormenta con granizo. Llegué al hotel empapado pero muy contento.

Viernes 18: Visita al Museo Nacional de Arte (MUNAL), el antiguo Palacio de Comunicaciones (SCOP), convertido a partir de 1997 en el más importante museo de los tesoros artísticos nacionales. Ahí, en ese recinto donde se conjugan armónicamente el estilo renacentista y el neoclásico, tuvimos nuestra primera jornada gloriosa. Primeramente, el disfrute del propio edificio, diseñado por el italiano Silvio Contri y construido durante los años postreros del Porfiriato, y el cual ofrece un espectáculo visual por su concepción arquitectónica y por la profusión de elementos decorativos: estucos, vitrales, herrería, farolas, rejas, columnas, pilastras, rosetones. En segundo lugar, por el acervo pictórico y escultórico, que abarca el periodo colonial (Juan Correa, Miguel Cabrera, Villalpando, etc.), el siglo XIX, donde florecen talentos como Juan Cordero, Felipe Santiago Gutiérrez, Hermenegildo Bustos, José María Velasco, Saturnino Herrán y los michoacanos Félix Parra y Manuel Ocaranza. A este último, por ser uruapense, le prestamos atención especial a la hora del análisis crítico e histórico de sus pinturas. La importante producción de la vigésima centuria la vimos a vuelo de pájaro: Dr. Atl, Ángel, Zárraga, Goitia, los muralistas… A la salida del museo tomamos un aperitivo en la terraza de Los Girasoles, desde donde se divisa la Plaza Tolsá, que ya luce en todo su esplendor con la recién restaurada estatua ecuestre de “El Caballito”, creada por Manuel Tolsá, uno de los grandes genios españoles que dejaron su enorme talento en estas tierras, y del cual pudimos admirar, nada más cruzar la calle Tacuba, una espléndida exposición conmemorativa en el Palacio de Minería, quizá el más importante edificio de su autoría. Ya hambrientos, nos dirigimos a pie a la Hostería de Santo Domingo, espacio gastronómico de gran renombre, sobre todo por sus chiles en nogada. Aparte de la excelente cocina, también es famoso el grupo musical que ahí ameniza a los parroquianos, mismo que interpretó canciones michoacanas a petición de los excursionistas uruapenses. Luego de los sagrados alimentos y la jubilosa sobremesa, marchamos hacia el Palacio Iturbide, ubicado en Madero 17, atractiva calle peatonal. Acomodados en el majestuoso patio central y rodeados de una excelente exposición de arte novohispano, comenté los pormenores históricos y estéticos de este edificio construido entre 1779 y 1785 por el arquitecto español Francisco Guerrero y Torres, y que es una joya arquitectónica del barroco civil hispanoamericano. Tras haber sido mansión de una familia noble, residencia temporal de Agustín de Iturbide y hotel de postín, hoy es el Centro Cultural Citibanamex cuya misión es exponer tanto su valioso acervo permanente de obras de arte, como exhibiciones temporales de connotados artistas. Por la noche, cenamos en el bar-restaurante La Opera, donde reinaba la algarabía. Un grupo de estudiantes festejaba algún acontecimiento y se tomaban fotos utilizando un gigantesco sombrero charro, mismo que circuló hasta llegar a nuestra mesa y se convirtió en un pretexto más para la chacota. El cansancio se reflejaba en los rostros de los excursionistas ya de regreso al hotel.

Sábado 19: Una mañana soleada, en pleno verano lluvioso. Como turista había disfrutado muchas veces de la belleza de la Catedral metropolitana; pero era muy distinto estar en ella y fungir como guía turístico de este inmenso y soberbio museo de arte sacro. Salimos temprano del hotel. Unos prefirieron hacer el recorrido rumbo al Zócalo a pie y otros tomamos taxis. Nos juntamos frente a la puerta central, y desde ahí, contemplando los detalles de la fachada principal, expliqué los datos esenciales de la Catedral más grande de América: el diseño original del español Claudio de Arciniega, posteriormente enriquecido con aportaciones de Jerónimo de Balbás y Manuel Tolsá; el largo proceso constructivo de casi trescientos años, lo cual explica la variedad de estilos artísticos plasmados en ella (gótico, renacentista, barroco y neoclásico); la cantidad y calidad de las esculturas, columnas, arcos, campanarios, torres y demás detalles de los pórticos frontales; la magnificencia artística de los dos altares principales: el del Perdón y el de Los Reyes, donde llega a su cima estética tanto el barroco convencional como el llamado churrigueresco; el prodigio artesanal del Coro y de sus dos gigantescos órganos del siglo XVIII; la variedad y riqueza (altares, retablos, muebles, pinturas…) de las 16 capillas laterales, y de la Sacristía. Igualmente, les mencioné datos históricos complementarios y de contexto: que el edificio se levantó sobre templos paganos aztecas, que el incendio ocurrido en 1967 fue muy destructivo (la restauración duró hasta 1979), que el edificio, dado el subsuelo húmedo y arcilloso, ha sufrido desde siempre un proceso paulatino de hundimiento e inclinación (frenado hoy en día gracias a los trabajos de estabilización), y que aquí se escenificó la coronación de Iturbide y Maximiliano, así como el cierre temporal de los oficios religiosos en virtud de la guerra cristera en los años veinte del siglo pasado.

Al salir de la Catedral, la mañana ya era muy calurosa. Decidimos echarle un ojo al edificio del Sagrario, con su espectacular fachada ultra-barroca y su remodelado interior neoclásico. La pila bautismal es una joya, empero una ceremonia colectiva de bautismos nos impidió contemplar las obras de mayor valía. De todos modos, salimos estéticamente gratificados, listos para caminar unas cuantas cuadras hasta nuestro siguiente destino, un lugar emblemático: el Antiguo Colegio de San Ildefonso, que fuera connotado centro educativo virreinal y semillero de las mentes más gloriosas de principios del Siglo XX: La Generación del Ateneo, Los siete sabios, etc. En efecto, la otrora Escuela Nacional Preparatoria (fundada por Juárez y su primer director fue Gabino Barreda), no sólo fue el germen de la actual UNAM (en 1910, bajo el liderazgo educativo de Justo Sierra), sino que también se convirtió en la cuna del magno proyecto vasconcelista de los años veinte: ofrecer los muros de los más importantes recintos públicos para que en ellos se plasmaran  temas capitales como la gesta revolucionaria, el origen de nuestra identidad nacional y el crisol conflictivo pero enriquecedor de nuestro peculiar mestizaje. Y aquí, en este bello edificio barroco de tezontle, pudimos apreciar la grandeza de esa primera etapa del muralismo mexicano, probablemente el movimiento artístico más importante que ha dado este país al mundo. Y no obstante la variedad de propuestas: Diego Rivera, Álva de la Canal, Fernando Leal, etc., nos concentramos en admirar los murales de José Clemente Orozco, en los cuales hizo una feroz sátira social de los hitos y mitos del convulso proceso de nuestra historia patria. Particularmente simbólico es la imagen de Hernán Cortés y la Malinche, concebidos ambos, sin resentimientos ni victimismos, como el origen de nuestra loable pluriculturalidad. Asimismo, aún resulta impactante la genialidad plástica con la cual el artista jalisciense pintó la tragedia y el dolor de la guerra civil en esa magnífica estampa que es La Trinchera. Por suerte, encontramos abierto el “Generalito”, el magnífico espacio donde los jesuitas celebraban los actos oficiales del Colegio, teniendo ante sí la imagen de San Agustín y la Catedra, obra maestra del siglo XVIII. Una maravilla de la ebanistería es la sillería tallada que perteneció al Coro de la Iglesia de San Agustín y que ahora luce espléndidamente en este augusto salón. El edificio en sí está saturado de historia, grandeza arquitectónica y creaciones artísticas de primer orden. Antes de comenzar el recorrido, situados cómodamente en el magnífico patio central, les comenté al azorado grupo algunos pormenores que avivan el interés por este lugar prodigioso: el efecto nefasto que para la educación tuvo la expulsión de los jesuitas, en 1767; y el dato curioso de que fue aquí donde se avivó el Movimiento Estudiantil de 1968, luego de que los granaderos afectaran con un bazucaso una de las puertas de acceso al recinto, en su afán de acallar las protestas libertarias de los jóvenes.

Ya era tarde, y aunque estábamos saciados en el plano cultural, teníamos hambre y sed. Comeríamos en la cantina La Peninsular, la más antigua de México, situada frente a la agradable Plaza de la Alhóndiga. Desdichadamente toda la zona, justo atrás de Palacio Nacional y rumbo al mercado de La Merced, dado que era sábado y por coincidir con la víspera de la entrada a clases el siguiente lunes, se encontraba repleta de vendedores ambulantes y de multitud de padres en afanosa búsqueda de útiles escolares baratos. Yo había recorrido estas mismas calles en días convencionales y descubrí iglesias y viejos palacios, aún sin remodelación, pero muy atractivos; sin embargo, las circunstancias esta vez no fueron favorables y tuvimos que caminar abriéndose paso entre aquel gentío. La cantina misma estaba rodeada de puestos y saturada de comensales. Por fortuna, teníamos reservadas las mesas del grupo. La suerte va y viene, y no es pareja: la mayoría recibimos atención rápida y comimos platillos sabrosos. A otros compañeros no les fue tan bien, la mesera ni siquiera tomó bien el pedido y el servicio resultó pésimo; finalmente, ya cansados de esperar, decidieron buscar otro lugar para comer, lejos de ese popular barrio. La mayoría nos quedamos, y tuvimos una sorpresiva recompensa: a poco se instaló un cuarteto de música caribeña en un costado del bar y su música alegre nos hizo que, con la “panza llena, y el corazón contento”, sabrosamente le rindiéramos honores al baile.

De común acuerdo, ya satisfechos de la intensa jornada turística del día, elegimos suspender la visita programada por la tarde a la Iglesia de La Profesa, en cuyo interior analizaríamos una muestra excelsa del estilo neoclásico, obra de Manuel Tolsá. Ya no había ánimo para actividades culturales, era tiempo de puro deleite cómodo y relajado. Algunos alumnos se fueron a descansar, pues a las siete de la tarde comenzaría una función de ballet de homenaje al gran coreógrafo Marius Petipa en el Palacio de Bellas Artes y todos teníamos boleto para el espectáculo que nos regalaba el destino. Y como era temprano, la mayoría de los compañeros decidimos gastar el tiempo plácidamente, tomándonos una copa o un café en el Gran Hotel de México, cuya decoración Art Noveau en el patio central, en los dos elevadores y en sus vitrales es un buen ejemplo de ese estilo artístico. Además de la elegancia decorativa del lugar, pudimos aquilatar desde la terraza del hotel el soberbio espectáculo que representa la imagen del Zócalo y sus señoriales edificios públicos y religiosos que lucen una conjunción estética sin parangón en el orbe. Tal como esperábamos, la Compañía Nacional de Danza cumplió su cometido de alborozarnos el alma, algo que prosiguió -con el goce del cuerpo- en el Café Tacuba, lugar emblemático, ahora convertido en un restaurante caro y suntuoso, donde las viandas y los vinos cerraron el ciclo virtuoso del día pues abrevamos conocimientos, satisfacciones culinarias, experiencias sociológicas y altas dosis de camaradería. A resguardo de una noche agradable, con ligera llovizna, el grueso del contingente retornamos al hotel haciendo un último recorrido por la siempre atractiva Alameda. Los antros de los alrededores proyectaban un bullicio festivo; mientras que nuestros rostros mostraban esa peculiar placidez que está más allá del puro jolgorio etílico.

Domingo 20: A las diez de la mañana estábamos listos, desayunados y maleta en mano, a fin de abordar el autobús que nos traería de regreso a casa. Antes de salir de la gran ciudad, pasamos un par de horas en el Museo Soumaya. El encuentro estética con obras importantes de la pintura y estatuaria universal, algunas de orden menor aunque de firmas célebres, confirmó la necesidad de planear una próxima visita a este sitio con mayor disponibilidad de tiempo. Al llegar a Uruapan y poco antes de arribar al lugar donde nos esperaban los amigos y familiares, se dijeron algunas palabras a modo de moraleja y despedida. Se habló de ese México tan pluricultural y diverso, tan rico y pobre, tan contradictorio y fascinante que habíamos tenido ocasión de palpar y disfrutar durante el corto viaje recién finalizado. Todos ahí seguíamos siendo las mismas personas, con nuestros defectos y cualidades, empero algo especial ahora nos hacía un tanto distintos y mejores: el haber sabido adaptarnos unos a otros y, sobre todo, el poseer ahora una riqueza cultural y espiritual muy reconfortante, misma que podremos compartir con los que nos rodean.

 

17 de septiembre de 2017, Sés Jarháni, Uruapan, Michoacán.

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