BigMetra o la verdadera vocación de Zara Xamena en llamas

 

 Raúl Casamadrid

 

El día de hoy nos reúne aquí la presencia de un libro: se trata de la novela BigMetra, de Pablo Salvador Guilliem Díaz Mercado quien, simplemente, firma como PS Guilliem. Esta novela la presenta, en una reciente edición muy bien lograda, Thyrso Editorial, en su colección BibliOdisea. Hay que felicitar a la editora, Norma Angélica Juárez Retana, por un producto tan bien logrado.

Se trata, esta, de una obra que no esconde nada; es decir: una narración que se presenta sin tapujos, a sí misma, desde el principio; aún más, desde su íncipit. Y aquí debo añadir que, por esta razón, no me preocupa spoilear al amable auditorio cuando platico sobre esta novela, …ya saben ustedes: anticipar la trama de BigMetra, o peor todavía, contar el final y provocar que el apreciable lector pierda la oportunidad de sorprenderse al leerla; no, no anticipo nada que la propia obra no deje ver. Pero es que, desde un principio, desde su primer párrafo, queda bien claro que el personaje principal, la estudiante Zara Xamena, alias Yuriko, fallece (junto con otras seis personas) el viernes 10 de abril de 2015, luego de ser herida por la policía durante una manifestación frente a la Bolsa Mexicana de Valores, sobre el Paseo de la Reforma, en la Ciudad de México

Y es que la novela, desde sus epígrafes, nos conduce a considerar un ámbito de lucha y confrontación: el primero nos dice: “Soy la venganza descarada de un fulano”, frase entresacada del filme El club de la pelea (Fincher, 1999) –basado, a su vez, en la ópera prima del novelista Chuck Palanhniuk (Fight Club, 1986)–. El segundo epígrafe, de la pluma del anarquista colombiano José María Vargas Vila (1860-1933), reza así: “Hay quien escribe para divertirse, y otros para divertir; yo no pertenezco ni a uno ni a otros… escribo para combatir, y el combate es en serio”. Inmediatamente, aparece un tercer epígrafe, menos paratextual pues forma ya parte integral de la novela: corresponde al “Segundo presagio funesto” de La visión de los vencidos, obra compilada por el recientemente fallecido Miguel León Portilla (1926-2019); y dice: “…sucedió aquí en México: por su propia cuenta se abrasó en llamas, se prendió fuego: nadie, tal vez, puso fuego, sino por su espontánea acción ardió la casa. Rápidamente, en extremo, el fuego acabó todo”.

La novela recuerda, asimismo, a otras dos muy trascendentes obras de la literatura contemporánea en México: se trata de Guerra y sueño (1977), obra cenital de Salvador Mendiola, donde la voz narrativa describe la inmolación de su novia (quien en la vida real fuera pareja del autor), la adolescente guerrillera urbana Dení Prieto Stock, alias María Luisa, integrante de las Fuerzas de Liberación Nacional, quien fuera ejecutada sumariamente cuando el Ejercito Mexicano y otras corporaciones policíacas asaltaran el cuartel guerrillero de la organización, con armas de alto poder, el 14 de febrero de 1974, en Nepantla de Sor Juana Inés de la Cruz, Estado de México. 

Otra obra que trae a la mente BigMetra es Teoría de las catástrofes (2012), del zacatecano Tryno Maldonado, novela situada en la ciudad de Oaxaca durante el conflicto del gobierno estatal con la Asamblea Popular, y que narra las vicisitudes de la pareja de profesores conformada por Mariana y Anselmo, quienes se ven inmiscuidos en el corazón de la lucha magisterial al tiempo que sufren un violento encuentro con fuerzas paramilitares en las plazas centrales del Centro Histórico de la colonial Antigua Antequera.

Les comento que tuve oportunidad de conversar (guatsapear, más bien, porque fue un intercambio de palabras vía whatsapp) con el autor de BigMetra; Guilliem me platicaba sobre la estructura de su obra y la necesidad de imprimir en ella un fuerte grado de oralidad. Y a mí, en este sentido, me parece una narración muy bien lograda. Indistintamente (salvo algunas notas periodísticas –impresas con distinta fuente tipográfica– como las que aparecen al mero principio al final de la obra) se intercalan monólogos o pensamientos de diversos actores, utilizando para ello la más pura habla coloquial del dialecto chilango actual, con fluidez y sapiencia. 

Pero no se trata solo de un trabajo de corte etnográfico, que recoge el habla popular de los jóvenes (masculinas y femeninos) de la capital de nuestro país: toda la novela, de principio a fin y a través de muy distintas voces (Juancito, el Abuelo, Yuriko, las morritas de apenas 19 años, Martín, Laura, Juan Revueltas, Big Metra, Yuridia, Los Changos del Sur, Zara, Flor de Cielo, la mamá y el papá Juan) se halla compuesta por una multitud de voces que se mezclan y, en ocasiones, se mixturan a la manera de un coro griego donde, muchas veces, se distinguen claramente algunas, entre ellas las que sobresalen estentóreas por encima de los monólogos íntimos. También hay pasajes, en esta intensa narración, que destacan por su brillo: 

 

Entre los que lo rodean pasa la gorra beige de un viejo cilindrero de piel ajada y frente pesarosa; su piel es casi del color de su uniforme, tal vez más tostada; su pelo es cenizo. Arriba de la banqueta está la otra parte del binomio musical, un hombre joven que está acompañado, a su vez, por un pequeño niño que se le fija al pantalón mientras él hace sonar el organillo: tres generaciones de angustia: por el clima que se viene, por el hambre que no se va, por el cansancio continuo; la mirada del infante va rumbo a los autos sin tristeza, pero mostrando temor, agobio por la inmensidad que aparece frente a ellos y se les escurre (2019: 23).

 

El relato está escrito a partir de distintos momentos y se encuentra narrado (como ya se mencionó) por distintas voces; mismas que, al originarse desde diversos tiempos, nos permiten tener una mirada diacrónica de los hechos descritos. Pero también sincrónica, pues todo sucede al mismo tiempo: los gritos, los golpes, las consignas, la represión, el fuego, el asombro, el dolor, la noche…

No solo parece que todo sucede sincrónicamente, sino que, en efecto, así lo confirma su autor en nuestra conversación: la novela tiene la estructura de un cuento: termina donde comienza. Así es: todo acontece durante el lapso de unos veinte minutos: desde que el protagonista queda atrapado en un congestionamiento vial en el Paseo de la Reforma hasta que sale corriendo de su auto tratando de rescatar a Zara Xamena (Yuriko) de la furia y las llamas que la envuelven en una muerte casi segura. 

Este es el punto crítico y nodal en donde se desarrolla prácticamente toda la novela: se trata del interior del auto de Juan Revueltas (Big Metra), situado en medio del tráfico y frente a la Glorieta de La Palma, a un costado de la Bolsa Mexicana de Valores, sobre Paseo de la Reforma y junto a las calles de Niza y Río Rhin. Podemos afirmar que es ahí, en un espacio de aproximadamente dos metros cúbicos al interior de su automóvil y durante poco más de veinte minutos que es donde sucede toda la novela. Y es en ese espacio y en ese lapso cuando aparece la palabra; la palabra en la voz de Juan Revueltas o Big Metralleta… pero ¿qué es la palabra? 

Y, esta palabra, ¿de quién es?; ¿del autor?, ¿de los personajes?, ¿nuestra?, ¿de todos?…

En la gramática tradicional una palabra es cada uno de los segmentos limitados de la cadena hablada o escrita; puede aparecer en variadas posiciones y está dotada de una función. Lingüísticamente, el concepto de palabra es mucho más complejo y su composición fonética o morfosintáctica continúa siendo un problema abierto para los especialistas. Antiguamente las palabras se confundían, pues nuestros remotos ancestros las escribían sin espacio alguno intermedio que las diferenciara o separara unas de otras. La prosodia analiza estos elementos de la expresión y determina que las palabras pueden ser: adjetivos, sustantivos, verbos, determinantes, cuantificadores, conjunciones, adverbios, preposiciones, interjecciones y más. 

Y es que la palabra tiene un valor que va más allá de lo que, en sí, nos pudiera señalar un diccionario. Por eso, cuando queremos ser serios y veraces, decimos “te doy mi palabra”. La palabra define al hombre y lo hace un ser social –pues, aunque los cotorritos y los loros hablen y sean sociables, no tienen conciencia de sí mismos–. De todo lo anterior resulta el que le otorguemos a la palabra un valor esencial. Por eso decimos: “esta es la Palabra de Dios”; o, “es mi palabra contra la tuya”; o, “lo resumo con una palabra”; o “me quedé sin palabras”; o, “este sujeto no tiene palabra”, etcétera.

Entonces, la palabra del novelista que escribe BigMetra, la palabra de PS Guilliem, es una palabra que tiene peso; y es, además, una palabra que contiene estilo. Pero, ¿qué es el estilo? El estilo o estilete era el punzón utilizado para escribir, la pluma con que se escribía un texto. Para Michel de Montaigne (inventor del género ensayístico) el estilo es el hombre; es la manera en la que cada quien escribe (caligráfica y estilísticamente), y se refiere a lo que cada quien tenga que decir –en sus propias palabras, en sus propios términos– sobre un determinado tema y de una manera indiscutiblemente particular y única. En el caso de Guilliem, sus palabras y su forma de escribir nos permiten vislumbrar a un escritor único, con madurez y potencia narrativa; con palabras nos conducen –como lectores– sobre un camino a veces fragoroso, a veces impetuoso, impactante, lacerante o proverbial; de ahí su fuerza y su valor. Aquí va otro ejemplo: 

 

Casi todo quien atacaba lo hacía en grupos, y eran de mujeres, casi todas tenían la cara tapadas y todas traían con qué atacar, no podría decirle armas a esos cohetones, martillos, piedras, tubos y molotovs Yo vi todo eso desde donde estaba. Vi cómo les pegaban a los policías que trataban de resguardar la puerta del edificio e la Bolsa (…). Mujeres de todas formas y sabores con botellas prendidas en gasolina jugando al tino al blanco contra hombres uniformados, hombres uniformados que resistían sólo porque tienen que resistir, porque son hombres y porque están uniformados. Los pobres no podían defender nada, ni a ellos mismos. (…) Yo veía todo desde un cristal en un autocinema. Podía tocar a las agresoras, podía oler el fuego, sentir el miedo de los pocos que huían contraflujo, también vi cómo aquel hombre no podía soltar el volante (2019: 91).

 

o la descripción de Yuriko:

 

Vi a una chica correr, girar, tirar patadas, gruñir, brincar, correr más; en cada mano una botella con una mecha encendida. La vi azotando una botella con la mecha encendida en la línea policiaca que se presentó frente a ella. Dos policías rodaron en el piso como cerillos muriendo. La vi sonreír y tomé otra foto: pómulos, frente, labios, ojos: en suma, la imagen de una mujer feliz, pero dolorida. Igual estoy exagerando, a lo mejor me estoy inventando todo. Me impresionó la determinación de esta chica. Iba hacia la Bolsa de Valores, ella y otras chicas, pero los policías no podían permitirlo. Mucha policía ya, desmedida en estos casos, siempre insuficiente. Policía por todas partes. No quiero llorar otra vez. Lo que hicieron esas chicas fue desafiarnos a todos. (…) Los nubarrones toman por asalto el cielo, el cielito lindo.

 

Impacta también, y con esto cierro mi intervención, el vislumbre futurístico y premonitorio de una novela que nos acerca de lleno a un México no solamente presentido sino, más bien, presagiado. La obra se imprime apenas en abril de este año y, durante los días 12 y 16 de agosto de 2019 se lleva a cabo una nutrida protesta feminista y de género encabezada por chicas que incendian una central de policía y destrozan la estación de transporte público en Insurgentes y Paseo de la Reforma, en la colonia Juárez, a unos pasos de donde Guilliem escenificara –apenas unas cuantas semanas atrás– las escenas proverbiales de BigMetra

Y a lo largo del año las protestas continuaron. Y no solo en la CDMX y en ciudades de interior, sino en muchas otras partes del mundo. En algunas universidades del país, agrupaciones y colectivos femeninos decidieron realizar paros y tomas de diversas instalaciones y planteles, exigiendo el cese de los asesinatos a nivel nacional, las violaciones contra estudiantes en general y el hostigamientos de algunos profesores en particular; alegando que los protocolos de alerta de género en muchas instituciones educativas no funcionan apropiadamente –en el mejor de los casos– o son inoperantes u obsoletos –en el peor de los escenarios–.

Se hicieron virales en las redes sociales las manifestaciones con cantos y bailes donde las chicas entonan y performan –a la manera del colectivo chileno de Las Tesis, que el 25 de noviembre lanzara, en la ciudad de Valparaíso, lo que luego fue calificado como un himno feminista– Un violador en tu camino. Un canto que replicaran luego otros grupos, tanto en la CDMX, Santiago de Chile, Buenos Aires, Barcelona, Lima, Madrid, Bogotá, París, Vancouver como en muchas ciudades más, en el mundo y al interior de la República Mexicana.

Termino ya comentando que, en mi conversación con el autor de BigMetra, decidí preguntarle por qué las chicas están tan enfurecidas; y su respuesta fue lacónica: “están enojadas”. 

Pero no es solo enojo lo que refracta la novela y refleja la realidad de las manifestaciones: también existe un fenómeno de implicatura global y de ultramodernidad. En la rebeldía de las chicas que salen a manifestarse y a incendiar (metafórica, aunque a veces literalmente) a la sociedad con sus voces, sus cantos, sus pintas graffiteras y sus bailes (en ocasiones, provocativos) destaca su juventud y su sincera identificación con las causas que defienden; hay arrojo, hay esperanza y existe una incontestable naturalidad en sus acciones. Más, en el caso de los paros universitarios, la actividad se torna ciertamente política (en el sentido agorero del término) y, en esa medida, un tanto siniestra; sus colectivos no están conformados por gente tan joven y las peticiones, en lo social, lindan con lo académico, lo partidista y revindican oportunamente ciertos cotos de poder. 

Finalmente, BigMetra añade, de forma paratextual, una portada que me atrevo a calificar de exquisita: se trata de la fotografía de una niña que camina sola, precisamente frente a la Bolsa de Valores –y por en medio del arroyo vehicular– sobre Paseo de la Reforma; al fondo las vallas y las patrullas policiacas presagian un negro devenir e impiden el libre tránsito al cerrar el paso. La niñita está retratada de espaldas a la cámara y mira al frente hacia la Glorieta de La Palma; está solita y de su mano cuelga un listón de donde va amarrada la pequeña lagartija que camina a su lado. 

La foto es autoría del propio novelista y, la niña, es su hija. La contraportada de esta obra también tiene una virtud: en este caso, la de la premonición; su texto termina así: “Quien sabe: tal vez esta revuelta imaginada esté más cerca de lo que pensamos, fuera de la ficción, aquí, a punto de suceder”.

 

Raúl Casamadrid 

presentación de Big Metra EN EL UNAM CENTRO CULTURAL MORELIA

Morelia, miércoles 31 de diciembre de 2019

 

Guilliem, PS, 2019. Bigmetra. México. Thyrso Editorial, 104 p.

 

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