Cristóbal Nonato, de Carlos Fuentes: la metáfora de la grotesca realidad mexicana

Luis Alfonso Martínez Montaño

Con enorme sensatez debo reconocer que el tiempo, y sólo éste, encumbra o echa por tierra la vigencia de los libros. En particular, la proteica novela posee la rara virtud de resistir el paso de los años y permanecer vigente y tan llena de vitalidad y lucidez para el público y la crítica.

Sin duda, me aventuro a considerar que Cristóbal Nonato (1987), de Carlos Fuentes, cumple de manera cabal con dicho aguante y vigencia. Una novela extensísima, cuya lectura dejaría exhausto a más de un lector (como apuntó en cierta ocasión un crítico), pero cuyas posibilidades de apropiación son tan abundantes.

Un texto donde el autor plantea una jocosa distopía, exhibe un irreverente lenguaje y logra desconcertar con la presencia-ausencia de un narrador “inmaterial” que necesita de los lectores para ser él.

Reparo en el primer aspecto señalado, a saber, la antiutopía de Fuentes, reboza de elocuencia y a su manera es la contracara de la patria “impecable y diamantina” que está presente en la célebre composición velardiana “La suave patria”, poema que viene a representar el texto base sobre el que se teje la novela en cuestión.

Obra que no tiene empacho en exhibir a un país “sucio y turbio”, donde ya no tienen razón de ser las visiones idílicas, de hecho, éstas serían por demás estúpidas. Precisamente, lo escabroso de la novela, por nombrarlo de alguna forma, consiste en que el lector siente, respira y se ahoga con la áspera patria, lugar, dentro de la ficción, donde la tragicomedia de la realidad mexicana adquiere momentos alucinantes, absurdos y salpicados de humor.

La instantánea de la Ciudad de México, sin un ápice de esplendor, testifica la existencia de un espacio narrativo grotesco y ominoso; aun nostálgico de su pasado monárquico. Una ciudad que “se hundiría en la mierda” si su sistema de bombeo dejara de funcionar durante un par de minutos. Un espacio superpoblado y sometido a la lluvia ácida y negra que cumple con un ritual particular: bautizar la podredumbre (tanto física como espiritual).

Ésta se vincula estrechamente con el nombre que el otorga el autor: Makesicko City. Nombre que surge de la transcripción fónica de un angloparlante al referirse a la otrora ciudad de los palacios. En este sentido, vale recordar que en una novela no hay nada gratuito o inocente, pues si se parte el primer vocablo y se prescinde de la “o” se obtiene la expresión “Make sick”, la cual alude en cierto sentido literal a provocar un padecimiento. Más todavía: el autor la denomina “defecacity”; clara alusión al antiguo nombre oficial de la capital de la República Mexicana.

Si bien la ciudad no es merecedora de una postal decente y digna de presumir. Todavía se advierte la irrefrenable fascinación que la urbe ejerció en los textos de Carlos Fuentes y que se vio reflejada en otras obras novelísticas; aspecto que constata la siguiente afirmación: “La ciudad es la poesía de la pasión y el movimiento; la quietud es parte de esa poesía; es rara; es definitiva; su temor es la muerte disfrazada”.1

Es inocultable la presencia de esa ciudad de México tan cara a Fuentes y que desde su primera novela, La región más transparente, adquirió el estatus de personaje significativo, el cual dentro de Cristóbal… viene a representar un centro de poder marchito y decadente que ejerce su férrea influencia sobre su entorno.

Ciudad que en el curso de la historia provocó la fascinación inexcusable del viajero y que aún representa los anhelos colectivos de lo que se considera moderno. No obstante, el relator advierte: “[…] no olviden sus mercedes electores que la vasta cittá del Messico [sic] está totalmente circundada de basureros, su cadena genética es una montaña circular de desperdicios eslabonados unos con otros como anunciándole a la Ciudad su Destino: el Desperdicio, y ahora parece que está ocurriendo lo previsible:”. (506)

En este sentido, parece que el autor lanza una premonición para su querida ciudad; quizás en algunas décadas vivamos rodeados de podredumbre. Incluso no puede pasarse por alto que en el texto se realiza otro presagio: la presencia de un partido de oposición en el gobierno.2 Un grupo que se encentra sometido, dentro de la narración, a la fuerza política de un omnipresente partido de estado, el cual le echa la culpa de todo a sus adversarios políticos y con ello desviar la atención sobre sus actos infames y gobernar sin escrúpulo alguno (situación que hace evocar la advertencia de las películas: cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia).

Ahora bien, ¿qué decir del peculiar narrador? En primera instancia su personalidad lúdica se marca desde su primera intervención en la novela: “MÉXICO ES UN PAÍS (sic) de hombres tristes y niños alegres dijo Ángel mi padre (22 años) en el instante de crearme” (11); la afirmación parece que tiene su complemento con las palabras que dan término a la primera novela del autor.3

Asimismo, su “rareza” (un ser humano en proceso de formación) y encanto radican en que es un narrador “agobiado” por su consciencia. Un narrador que usa a la menor provocación la desfachatez, la antisolemnidad, la gracia y la sabiduría (en su peculiar estilo) para hacernos navegar en el mar textual que representa su relato. Considero pertinente mencionar que nuestro Cristobalito bien podría ser, atenido a las cualidades señaladas, un idóneo narrador-protagonista de una novela de la “literatura de la onda”; aún más joven que cualquier relator que pertenezca al subgénero.

¿Y que agobia a Cristóbal? La elección entre permanecer en el interior del vientre materno, aspecto que lo hace un verdadero navegante en el líquido amniótico de Ángeles, su madre, o salir expulsado del mundo interno para testificar la realidad exterior. Ésa que lastima tanto a sus padres como a los millones de compatriotas jodidos de su país de origen. Por ello no deben extrañarnos sus palabras:

O México: Aquí voy a nacer? Donde ustedes saben? Voy a salir a este país? Debiendo mil dólares, muera o nazca? Voy a ser conducido a la ciudad Dé Fé? a respirar desde mi nacimiento once mil toneladas de azufre, plomo y monóxido de carbono diarios? […] Voy a salir a este país? A que me digan que gracias al petróleo ya la hicimos? […] SEÑORES ELECTORES, RESUELVAN USTEDES MI DILEMA: Vale la pena nacer en México en 1992? (557)

Más allá de la pregunta retórica, el nonato durante nueve capítulos (estructura de la novela que imita el periodo de gestación de un ser humano; bordeada de un prólogo y un epílogo) quiere ser escuchado con desesperación, volver al lector su cómplice. Por ello, intenta ser el más simpático miembro, pese a dárselas de sabiohondo, de una sagrada familia en clave paródica. Y que busca identificarse con los lectores:

Los individuos somos diversos pero más nos vale parecernos también. En el mundo todo es diverso pero sólo si todo se relaciona. No conozco, electores, otro secreto más cierto después de mis ocho meses de gestación: Hay que estar en la situación constante de diferencia en tensión como una semejanza. Somos reconocidos porque somos diferentes pero también porque somos semejantes”. (505-506)

Nótese que el nonato nos denomina electores. En este orden de ideas, los llamados que realiza en diversas ocasiones al destinatario del texto, plantean una pregunta no explícita: ¿eliges ser mi lector o no? Claro está que los llamados ponen en la palestra una preocupación central de las novelas autorreferenciales: el papel que se le otorga al lector para completar el sentido de la obra: “ELECTOR: PIENSA EN NOS. No nos abandones, excitado tu morbo por las aventuras de mi padre en la casa de la familia López […] Por eso te pido, Elector: Ahora más que nunca, no nos abandones! Date cuenta que tu lectura es nuestra compañía, nuestro único consuelo! […] No hay que ser! Sigue leyendo!” (390-391).

Vale aclarar que el nonato habla en plural porque se refiere a él y su madre. Además, el instante narrativo es la mar de divertido. Incluso hace tener en cuenta un aspecto que por su obviedad se suele pasar por alto: los (e)lectores somos unos verdaderos entrometidos al fisgonear en las vidas ajenas (que en este caso pertenece a la ficción); algo de lo que tiene consciencia el irreverente narrador.

Por otra parte, deseo reparar en otro aspecto relevante de la novela: el lenguaje. Éste se relaciona de manera estrecha con lo que estima Roland Barthes a propósito de la novela, pues él filósofo francés indica que en aquélla no pasa nada, solo es lenguaje, la celebración de su advenimiento. En este orden de ideas, se advierte “la novela como experimentación del lenguaje se efectúa en un territorio distinto al de la poesía y plantea una estética novelística que se erige en el cuerpo mismo de lo narrado, o en la materia narrativa misma, en la <<escritura>>”.4

De hecho, el libro guarda un fuerte vínculo con otras obras transgresoras del lenguaje: Palinuro de México (de Fernando del Paso) y Terra Nostra (del propio Fuentes); las cuales se refieren directamente en la obra. En particular, el aspecto señalado en la novela dista de ser una entidad correcta (gramaticalmente) e inmaculada, así como dicta la academia, pues el autor de la novela se burla de ese tipo de lenguaje a través de la inclusión de un personaje denominado el tío Homero Fagoaga, quien pule, fija y da esplendor a la lengua.

El lector de la novela notará que el “lenguaje correcto” no tiene cabida. En este sentido, la lengua escrita se somete a los dictados de la oralidad. Por ejemplo, se prescinde de algunos signos gramaticales, a saber, oraciones exclamativas sin el signo de apertura. Y traducciones literales y fonéticas de vocablos del español al inglés: “Mel O’Field Road” (Calzada Melchor Ocampo); “Makesicko City” (Ciudad de México”); “Frank Wood Avenue (Avenida Francisco I. Madero); incluso pochismo “Four Jodiditos”.

Juegos de palabras, derivación de nuevos vocablos, parodia con los nombres propios; y anuncios publicitarios (insertos en la narración) que sin duda conminan a la risa o a la reflexión acerca de lo que dice entre líneas el relato. Asimismo, nuestra novela se opone y rechaza la corrección del lenguaje poético presente en su propio texto base, “La Suave Patria”, ya que pretende postular que el lenguaje es irreductible, proteico y capaz de definir una identidad. Por ello, el motivo principal de la obra se explícita en el cuestionamiento que realiza Ángeles: “¿Qué lengua hablará mi hijo”. Más todavía: el propio Cristóbal posee conciencia del problema:

[…] mi lenguaje y sus símbolos se desarrollan muchísimo antes de que yo tenga que hacer uso práctico de la lengua para comunicarme; mi actual vida intrauterina ya es parte de ese largo desarrollo del lenguaje y sus signos; mis genes han propuesto un cimiento nervioso que asegura este hecho: yo voy a comunicarme (sic) independientemente del vocabulario, la sintaxis y los símbolos del mundo que me espera al nacer:” (105)

Vale mencionar que el leitmotiv, que implica el cuestionamiento, se responde o se pretende hacerlo, durante toda la novela; incluso podría pensarse que la obra en sí misma funge como la respuesta a la pregunta. Y sin duda Cristóbal… se inserta en la añeja tradición de las novelas preocupadas por la escritura, no obstante, en el texto de Fuentes la problemática se enuncia de la manera más amena y antisolemne. Acto que lleva a cabo el protagonista inmaterial del relato, quien no dialoga con ningún personaje de la novela (incluidos sus padres) y sólo monologa. Paradójicamente así logra comunicarse con el lector.

Éste, destinatario esencial de la obra, no deja de ser increpado por el nonato. Incluso el (e)lector, como buen voyeur, testifica los avatares del singular relator. Sabe de la tradición que precede al libro; testifica que la realidad es moldeada por la ficción5 (incluso a nivel político, pues la novela anticipó la llegada de un partido de oposición a la presidencia del país); y puede representar el verdadero rol de coautor de la obra; al respecto, recordemos que el libro exige una intervención directa, a saber, intervenir textualmente en el apartado denominado “Intermedio festivo” o bien elaborar un poema con algunas pistas que provee Cristobalito en alguna parte del tercer capítulo.

Para terminar, es posible señalar que el texto representa una de las últimas novelas destacadas de Carlos Fuentes. En cierto sentido, es una suerte de notable cierre contemporáneo de su primera novela. Los lectores advertirán que el retrato de la ciudad de México es por demás oportuno, pese a lo grotesco y repulsivo que pudiera resultar. La distopía del autor no podía ser revelada de mejor manera que a través de un peculiar narrador inmaterial, el cual posee la esquiva virtud del humor y que logra convertirnos en sus cómplices.

Aun representa una puerta de acceso a un singular mundo del lenguaje. Entidad que en el relato impele a la reflexión, es proteico y devela que somos hechos de éste y nos reconocemos a través del mismo, en otras palabras, logramos forjar una identidad.6 Tarea que la novela emprende sin reticencia alguna y que culmina de buena manera. Además, no olvidemos que se devela una metáfora de la grotesca realidad mexicana.

1 Carlos Fuentes, Cristóbal Nonato, Seix Barral (Biblioteca Breve), 2001, p. 293. Para las siguientes citas textuales de la novela sólo se indicará el número de página entre paréntesis en el cuerpo del texto.

2 La historia en la realidad política mexicana es de sobra conocida: un partido (de logo blanquiazul) que llegó a la presidencia de la república en el año 2000; una generación después de que se publicó la novela.

3 “Aquí nos tocó. Qué le vamos a hacer. En la región más transparente del aire”; palabras que cierran La región más transparente.

4 Afirmación de Margo Glantz en el ensayo denominado “Onda y escritura: jóvenes de 20 a 33” (texto perteneciente al volumen Esguince de cintura).

5 A manera de anécdota quiero señalar que cuando releía la obra, a principios de septiembre de 2017, ésta habla de un terremoto devastador en la Ciudad de México. Días después un fuerte movimiento sísmico azotó la capital del país.

6 En términos de Paz: “no el lenguaje como una dimensión del hombre, sino el hombre como un ser verbal, como una dimensión del lenguaje”; a propósito de la valoración que realiza de la literatura joven de México.

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