LA REVELACIÓN DEL HÉROE

Por Miguel Tonhatiu

 

Así lo escuché en la hora en que la noche era inmensa, ya había cerrado los ojos. “La luz organiza el universo”. No recuerdo si fue hace algunos años o es algo ocasional que deriva de un recuerdo escalonado, escondido en algún sitio. Entre ocasiones vagas esa memoria llega en noches profundas y desastradas cuando me encuentro solo. Aún sigo vivo para contarlo. 

Me habían expulsado por intentar salvar a una mujer. No había tomado, solo entré a echar un vistazo al lugar y entré en desacuerdo. El lugar se encontraba entre la calle Independencia y Revillagigedo. Confieso que entré por un interés estrictamente lúdico y terminé en la calle por una trifulca que se organizó por sacarme del lugar. El tipo de la puerta me gritaba insultando a mi madre. No solo extravié mi corbata, sino también mi reloj de arena. Estaba molesto. En un visillo largo y extraño comprendí lo que significaba la palabra alba. Extrañamente, solo había perdido el objeto y mi dinero seguía en mi cartera.

Recordé la escenografía del lugar: un barco encallado en mitad de la ciudad. El frío no me permitía desistir de esa abstracción, el cuerpo finalmente se me entumecía. Comenzaba a sentir un leve dolor de cabeza.

“Cuando nuestro deseo se colma. Es mejor buscar la destrucción”. Me apresuré a esa luz, las calles eran sinuosas, algunas de ellas se encontraban en reparación. La ausencia de iluminación parecía limitar los cuerpos en formas bidimensionales. Quizá solo era el estado eufórico en el cual me encontraba, de forma desconocida. “Cuánta lluvia dulce había en esa sombra”, dijo en voz baja y me sorprendió. La madrugada desprendía un olor de rocío, se percibía un paisaje limpio. Era una ilusión, la ciudad mostraba así las calles del centro, especialmente la calle Independencia. Nunca estaba sola.

La sombra que hablaba se acercó. La había olvidado. Tropecé con la acera y trastabillé sin caer al suelo mojado. Me sentí bien. Seguía asustado y no comprendía del todo qué sucedía a mi alrededor.

–Vengo por ti– dijo la sombra que poco a poco se hizo irregular: era un hombre toro. ¿Un hombre disfrazado de bestia en mitad de la ciudad casi a las tres de la mañana? Quizá se había perdido la procesión de muertos que cruzó la ciudad tan solo unas horas atrás.  

En ese instante un barrendero comenzó a recorrer las calles en busca de basura y restos por el costado de la acera, se escuchaba su escoba hacer el mismo ruido monótono y lento que se combinaba con el sonido de algún automóvil que de pronto cruzaba desde el semáforo y venía hacia nosotros. 

–Yo percibo tu olor, ¿lo olvidas?–  agregó la sombra del Minotauro.

Lo vi mientras me limpiaba con la mano y seguí adelante intentando ignorar su voz. El barrendero se acomodó las ropas, levantó la escoba y trató de crear una forma de desdén ante esas alucinaciones. 

Era la primera vez, tampoco yo no debía ponerles atención o me llevarían a un estado de locura. “Es mayo”, dije como único mecanismo que me pudiera devolver a la realidad.

El monstruo volvió a embestir y me golpeó de costado, sin daño. Sólo atravesó mi saco. Entonces el barrendero trató de alejarse. La sorpresa no dejaba calmo al hombre. A diferencia de la bestia, se mantenía inmóvil y luego dio unos pasos hacia atrás de forma defensiva. Levantaba ingenuamente su escoba de varas para defenderse del ataque de la bestia. 

Debo decir, era seguramente el demonio. No. Nada era así. La cabeza de toro era hermosa a pesar de su innegable apariencia vacuna. Era un toro blanco bellísimo. Nunca sospeché que un demonio fuese así.

El sonido del trombón lejano lo confundió más “es la música, creo que me está haciendo daño”, pensó. El frío comenzaba a calarle y la manera de reducir todo a una expresión lógica fue pensar en la procesión de rostros y formas bestiales.

No quise apresurar el paso, dejé que todo sucediera. El toro trotó con un ruido extraño, después de un bufido; parecía que salía del disfraz para hablarme directamente.

Tuve una sensación de seguridad al despojar al otro de su personaje, quitarle la hipócrita apariencia de farsa y hablar con él frente a frente.

El barrendero se posó delante para esperar a la sombra y nunca vio que se retirara la máscara. El hombre no dejaba de hacerse hacia atrás, en espera de que la escena se cortara. “Corre, corre. Yo me voy, es el diablo”, oí que decía desde lejos. Después un grito y solo una sombra desaparecía.

Luego, con esa voz de ultratumba dijo: “Vi el reloj de arena que te quitaron”, me asombró su inquisición. ¿Ahora estaría de mi lado? No entendía nada, pero algo era claro. Yo había perdido el miedo. Alguna extraña vicisitud me hacía indemne a sus actos. No me parecía extraño que mencionase el reloj, mucho menos la acción negativa. Yo en este mundo creí de cierto que la bestia era mi enemiga, deseaba destruirme; sin embargo, la sorpresa me llenó de desasosiego.

– En un sueño parecido a éste. Tu voz era fragante y esperanzadora. Me traías una noticia que mi padre me negó saber: soy mortal.

Las palabras se hacían oscuras cada vez más. Reverberaban por los edificios de la noche y buscaban una salida. El lugar era tan familiar para mí como si hubiese vivido en ese sitio durante siglos.

–Sé que eres Teseo. Te he encontrado.

Un cúmulo de formas me trajo de vuelta a mirar hacia el fondo de la calle y observar que el barrendero había dejado su escoba sobre la acera. El sonido de un silbato de policía rompía la noche y las luces de la avenida y la alameda eran todo lo que tenía para contemplar.

–Ese no es mi nombre– reaccioné tarde.

El Minotauro no dejaba de acercarse peligrosamente, pensé que volvería en embestir. Una leve esperanza aparecía en forma de estrella en ese cielo cerrado y ruin.

Entonces el hombre toro sacó el reloj de arena de la nada.

–Era mío. Es…– dije ebrio de entendimiento. Nos quedamos solos, al fin veré su rostro, pensé. El Minotauro se acercó aún más.

–Son las tres y media– dijo–; ya no queda mucho por hacer. Va a salir el sol en unas horas, Teseo.

Miró el reloj dándole un golpe para romper el cristal con el pitón. Mi ademán fue incomprensible y me arrojé con ira al cuerpo de la sombra. La inutilidad de mi reacción obedecía al desconcierto, no lo estaba robando, me lo devolvía. Mi acto fue intempestivo. La destrucción era el único vocablo que mi sangre pudo distinguir.

–Ya oiré tus pasos de nuevo. Te libero, te estoy salvando, Teseo. Estaba dispuesto por los dioses a llevarte conmigo. El reloj de arena es un motivo. Era el momento oportuno de que conocieras la muerte. ¡Vete! Te obsequio más tiempo–  me dio un golpe con un asta que desgarró mi traje sastre y me lanzó con fuerza descomunal con solo un brazo hacia el suelo. El olor del Minotauro me aturdió, justo comprendía que no era un juego, pude percibir los aros de la nariz y el morro gesticulando; miré las astas al deslumbrarme por el marfil de las lámparas y el pecho lleno que terminaba en la forma humana desde la cruz al vientre, todo era blanco. Tarde descubrí que no era una máscara.

―No será fácil, derribarme― respondí, el aire de la madrugada se mezclaba ya con el ruido de carruajes que caminaban solos con sus motores. Estaba en un mundo desconocido.

El Minotauro contenía toda su fuerza y me dejaba ir en banda.

“¡Retírate ya!”

 

Escuché “La luz organiza el universo”, palabras que después escuché al abrir los párpados y olvidar el sueño. Me despabilé con el ímpetu del mes de thargêlión. El sol de la mañana había devuelto mi fuerza y reverberó en mi espada de bronce. Las fiestas de Artemisa estaban muy cerca. Miré la edificación antes de hablar con Ariadna para internarme en el laberinto que olía a carne putrefacta. Mi padre Egeo me bendeciría con su bastón.

Ella arribó con el hilo mágico que Dédalo le había obsequiado. Me reveló el nombre de la bestia Asterión. El presagio de mi destino estaba echado. Ya conocía al Minotauro: era blanco. 

 

0 Shares

This article has 2 comments

Leave a comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*