Una fabulación extraordinaria: La importancia de llamarse Daniel Santos

Luis Alfonso Martínez Montaño

En el presente texto relato la manera como inicio mi complicidad con uno de los escritores puertorriqueños más importantes de la literatura latinoamericana: Luis Rafael Sánchez. Asimismo, celebrar las tres décadas que cumple de publicada su propuesta narrativa más significativa, me refiero a La importancia de llamarse Daniel Santos.

Luis Rafael Sánchez: un autor predilecto

Hace algunos años egresé de la carrera de Letras Hispánicas en la Universidad Autónoma Metropolitana (plantel Iztapalapa). Aquel periodo de formación académica lo disfruté mucho porque lo hice de una manera consciente y plena. Goce al cual contribuyeron las diversas lecturas que se tornaron en compañeras incondicionales.

Claro está que uno lee diversos libros antes de ingresar a la universidad. Acto que resulta posible gracias a la pequeña biblioteca de casa; libros que, en ocasiones, sin querer descubres y que al paso del tiempo incrementan tu invaluable capital cultural. De hecho, éste no permanece inmutable, pues los compañeros, amigos y docentes de la época universitaria te sugieren iniciar el diálogo y la complicidad con nuevas obras y autores; labor que por sí misma puede abarcar muchos años.

Al respecto, es necesario mencionar que gracias a la siempre inteligente y noble profesora Laura Cázares, yo pude dar el primer paso para iniciar mi complicidad con el autor en cuestión. Fue justo en una grata plática fuera del aula que ella refirió a ese autor destacado, y entrañable, de la literatura caribeña.

Me refiero al escritor boricua Luis Rafael Sánchez (17 de noviembre de 1936); nombre que a partir de aquel instante no pude olvidar jamás y que me exigió e invitó a conocer más de su persona y su peculiar obra. Reconozco con vergüenza que en aquel entonces sabía muy poco de su país natal. Sólo tenía noticia de Puerto Rico, isla que aún es una anacrónica y absurda colonia, a través de algún celebre deportista, usualmente el béisbol, o de alguna personalidad del mundo de la música. No obstante, la realización de mi tesis de licenciatura, que asesoró con gran acierto la profesora Cázares, ayudó a resarcir (en parte) la ignorancia sobre el escritor y su país natal.

Autor cuya obra posee una gran versatilidad que se manifiesta a través del cuento, la novela, el ensayo y el teatro. Una obra que revela una enorme maestría en el uso del lenguaje, el humor y la actitud irreverente y crítica.

Labor creativa que sigue fielmente una directriz: “Mi obra no quiere hacer otra cosa que biografiar, más que mi persona, mi país. Mas no el plácido que halla su deformación en la postal que lo promociona como un paraíso sin serpiente. El otro país me interesa a la hora de literaturizar. El caótico, el despedazado, el hostil”.

La declaración revela una poética muy personal y que recuerda algo esencial para la creación literaria: la materia prima de la que puede echar mano el escritor para alimentar su obra es su propia vida y sus experiencias: algunas alegres, otras dolorosas. En el caso de Sánchez, el escenario de dichas experiencias lo constituye un país al que no le escamotea ni un ápice de cariño y que a su vez le duele tanto; de cierta manera, la crítica a su cara isla puede mirarse como una manifestación del amor que siente por ella.

Asimismo, las palabras del escritor adquieren un sentido muy especial, pues tras leer los textos novelísticos de Sánchez, en especial el segundo, uno de inmediato los convierte en obras entrañables, capaces de hacerme sentir como un viajero en suelo borinqueño y que aún dejan su huella en mi existencia cada vez que revisitó ese cúmulo de excepcionales obras.

¡Todo cabe en una fabulación sabiéndolo textualizar!

Resulta un deleite mirar sin prisa un libro que ostenta sobre la portada la imagen de una vellonera y después pensar, de manera inevitable, en una pregunta imitando el estilo del narrador de la obra: lector, diga usted ¿cuál es el título de una de las novelas más divertidas y notables de los ochenta en Hispanoamérica? Para responder, cada amante de la lectura hará un recorrido personal por sus obras predilectas y quizás muchos de ellos coincidan conmigo: La importancia de llamarse Daniel Santos (1988); texto que celebra tres décadas de publicado.

La fabulación, según el autor, parte de una hermosa mentira: recuperar el mito del bolerista puertorriqueño Daniel Santos. Claro que la voz narrativa, un recopilador, hace un viaje por diferentes territorios americanos con el fin de estructurar un relato por medio de los testimonios que consigue obtener en torno a la figura del cantante.

En dicho accionar, Sánchez se biografía con atractivo descaro, en el texto, siguiendo la misma actitud que en su primera novela. Menciono que el denominarla con un nombre genérico peculiar recalca el hecho de que concretó una mescolanza donde el lector puede advertir la presencia de otros géneros, como el cuento, el ensayo, aun la poesía y el teatro.

Y tener noticia del elaborado proyecto literario que con plena consciencia culmina el autor: “Una prosa danzadísima me impuse, una prosa que bolericé con vaivenes. Los apremios de la carnalidad, el cuerpo que tatúa otro cuerpo con los filos de la caricia, la legalización de la cursilería, las absoluciones del melodrama, son algunos de los escaparates verbales que iluminó tal imposición […]”.

Resulta un deleite escuchar la prosa, más si se realiza la lectura en voz alta, y en efecto lo que se encuentra el lector al emprender el viaje con el recopilador consiste en excepcionales y lúdicos aparadores del verbo, los cuales no sólo demuestran la exuberancia del lenguaje —el inocultable barroquismo que la crítica ha estudiado en la obra—, sino también las reflexiones del escritor a propósito de uno de sus tópicos predilectos: la identidad isleña.

Se piensa en ésta a partir de su nexo con el resto de América (latina y anglosajona), para ello el narrador se sale de Puerto Rico para recorrer diversos territorios en Panamá, Venezuela, Cuba, Ecuador, Estados Unidos, etc. Narrador-recopilador que no duda en desplegar a cada instante su erudición sobre la música popular latinoamericana —fragmentos de letras de boleros y otros géneros se intercalan en los párrafos del relato—, que cede, en ocasiones, el discurso a los variopintos personajes y que juega a pasar inadvertido durante la fabulación.

En dicha actitud juguetona no se olvida del lector, figura a la que constantemente se invita a participar en el universo narrativo: “Amasijo de ocurrencia y fantasía hasta dar con el embuste verosímil, la realidad inventada rodó como bola de candela, impuso el delirio rematado de sus fuentes, nadó por los mares del chisme, desajustó el punto medio. ¿Más graffiti oral quiere el lector? Lector tenga”. (33) Aspecto que se vincula, de manera estrecha, con el escritor que se encuentra en los agudísimos ensayos —recopilados en volúmenes como Devórame otra vez. Artículos de primera necesidad (2004)— que critican la realidad del amado territorio isleño.

Vale precisar que Daniel Santos es el motivo central de la novela, no obstante, es también el gran ausente, pues su presencia en la narración se limita a lo que los otros entes de ficción digan de él, en otras palabras, es el rumor, bembeteo, que se teje en torno a su figura.

En este orden de ideas, los demás agonistas que desfilan en el texto permiten que el escritor lance sus reflexiones sobre “la América amarga, la América descalza, la América en español” que convirtió a Santos en un héroe del bolero. Incluso en el gran festín de la sonoridad y del color (de acuerdo al crítico Manuel Maldonado Denis) se configura un alter ego, el recopilador, que nos habla a través de la ficción de ciertos aspectos de la vida del autor de “carne y hueso”.

Al respecto, gran deleite causa el episodio donde el recopilador dialoga con su padre: “Un domingo yo le escuché en el Venecia Dancing Park en la playa de Humacao donde el entretenimiento lo hacían el baile sano y el sano de vez en cuando cubalibre […] El hombre se presentó en la playa de la Ciudad Gris, como se llama también, esta ciudad en que naciste tú y nació tu hermana Elba Ivelisse y nació tu hermano Néstor Manuel […]” (50). Sin duda, al pensar en ese alter ego no resulta difícil advertir que el autor real teje una especie de traviesa autobiografía.

Por un lado, un gran despliegue de humor consiste en la intervención de Persio Almonte (un personaje de origen dominicano) quien sugiere al recopilador (Luis Rafael Sánchez de la ficción) el género del libro: “Coherente es, muchísimamente, el hombre que usted anda novelando. ¿No es una novela? […] Persio Almonte sospecha que si usted no está novelando a ese hombre lo estará biografiando. ¿Cualquier género literario menos biografía? ¡Una fabulación! […]” (62); en este punto el nexo con cierto personaje de Unamuno es innegable.

Igualmente, la irrupción de Guango Orta (puertorriqueño residente en Nueva York) permite decir que el “otro yo” es más cercano tanto al autor como al bolerista, para el primero porque el personaje reflexiona sobre las dificultades del acto de escribir y para el segundo ya que “El Jefe” fue un inmigrante que residió, antes de ser famoso, en la ciudad estadounidense. Y la cosa no para ahí, pues Orta nos remite al autor real cuando habla de él para hacerlo una figura digna de la parodia y del elogio:

¡Qué bella sonrisa de finado esboza Miguel De [sic] Cervantes mientras se enhechiza la voluntad con mi manejo de  [sic] español! ¡Qué poéticamente prosifico! Que se cuide el Mario Benedetti. El día que yo me siente a escribir van a ser dos las esquinas rotas de su primavera. Y cuídate tú, Wico Sánchez. El día que yo me decida a escribir peligra tu fama. A propósito de tu fama, Wico Sánchez, quiero comunicarte que tu obra narrativa me gustaría menos que tu obra dramática, si no fuera porque tu obra dramática no me gusta absolutamente nada. [….] Anúdate la bufanda. Y húndete el sombrero que te queda criminal. El frío de Gringolandia es delincuente. La bronquitis no se conmisera. Y si te mueres, Wico Sánchez, ¿contra quién proyecto los colores sin temperar de mi envidia? […] El único escritor regio, apocalíptico y triunfoso de la literatura antillana eres tú. (67-68)

 

Por otro lado, Puerto Rico no deja de aludirse en el relato, donde la evocación tanto de la persona como de la música de Daniel Santos funciona como el pretexto para discurrir profundamente sobre el país caribeño. Precisamente en la segunda parte de la novela, el autor, aparte de intentar derribar el mito del bolerista, consigue realizar una aguda crítica valiéndose de una pasmosa capacidad de síntesis, en cierto sentido, sus indagaciones sobre la realidad (social, cultural y política) puertorriqueña se condensan en el aleccionador apartado que bien puede leerse como un ensayo, aspecto ya consignado por otros críticos, que versa sobre una gran variedad de temas: lo esencial de la música en el continente americano; las diferencias entre el bolero y la guaracha; el carácter bohemio de Santos; la vellonera; el melodrama hiperbolizado (“el melodramón”); la falta de conciliación de las clases sociales a propósito de su noción de la cultura; el machismo en Latinoamérica; y la imposibilidad de dar al traste con el mito moderno del bolerista. Dicha temática con sus peculiaridades trasciende la isla para instalarse en un espacio continental, el cual alberga a lugares como Tierra del Fuego, Pinar del Río, Veracruz, etcétera.

Cabe destacarse otro tópico que se problematiza en la fabulación, a saber, lo complicado del oficio del escritor: “Lo difícil es vestirse de paciencia y reescribir una vida. Lo difícil es atreverse a todo en la reescritura, incluso borrar mil veces lo reescrito” (79). En suma, el trabajo es mucho más complejo de lo que aparenta. De hecho, en el último apartado de la novela, los “cinco boleros aún por melodiarse”, se retoma el pensamiento sobre la dificultad de la escritura –en unos episodios donde se ensalza la sabiduría que encierran las historias de los boleros, cuyas letras son poesía popular efectivísima– y se revela el método (en realidad un artificio) que el autor aplica: rebajar el dramón con mentiras.

En este orden de ideas, el segundo bolero destaca porque consiste en una disertación sobre los vasos comunicantes entre la vida y la literatura, situación que Sánchez plantea de la siguiente forma: ¿la literatura viene después de la vida o ésta se parece a la literatura? La respuesta que se expone en la novela es aleccionadora:

Vida y literatura. Texto abierto y texto cerrado. La afirmación no es sólo una perogrullada divertida. Es, también, el rescate de una llave verbal que abre cualquier discurso –La literatura siempre llega tarde. Tras iniciar el discurso con el resplandor de esa abracadabra se procede a argumentar, perogrulladamente, que la literatura llega después que la vida se pronuncia, extralimitada, desconcertante. Y mucho después que una idea prende entre los asombros que la vida contiene y obliga a decir estupendo– Si parece literatura. Porque la vida parece literatura, artificial organización de espacios y fingimientos, embuste madurado por el trabajo fabulador y sus rigores, parecería que necesita mirarse en el espejo de lo inventado para reconocerse: espejo que es espejismo que se despeja. […] ¡Texto cerrado es la literatura, obligatoriamente verosímil, cada página un cálculo, finalmente édito [sic] lo reescrito mil veces! ¡Texto abierto es la vida, por lo regular increíble, una casualidad tramposa cada día, de fijación imprecisa! (149-151)

 

Se advierte que Sánchez complejiza aún más la relación entre las dos entidades, pues ambas se equiparan con el texto, no obstante, la vida consiste en un texto sobre el que uno está imposibilitado de llevar el control de todos los elementos que se entretejen, no así con la literatura, pues el autor tiene el control del universo literario que artificiosamente construye.

La comparación de la vida con lo textual es llamativa, de suyo compleja, ya que otra vez se pone sobre el cuadrilátero la vieja pugna entre la realidad y la ficción; lucha presente en otras obras destacadas. No está de más precisar que, en los episodios bolerísticos, también se realiza la biografía de Puerto Rico a través de la alusión de lugares como Canóvanas o Río Grande (ambos municipios de la isla) o el Bosque de la lluvia; espacios que se rinden a la sensualidad de la interpretación efectivísima del cantante Daniel Santos. Figura sobre la que construye una novela excepcional sobre la que es posible afirmar: ¡todo cabe en una fabulación sabiéndolo textualizar!

 

Wico Sánchez es Wico Sánchez es…

Echo un vistazo a mi pequeña biblioteca y ojeo brevemente los títulos de mis obras favoritas. Extraigo y miro sin prisa aquel libro cuya portada sólo exhibe la imagen de una rocola. Me asedia una pregunta: ¿por qué me gusta la novela? Mis respuestas son varias, quizás anecdóticas, una de éstas sería porque es un colega de viaje y un querido amigo, desde hace mucho tiempo, que jamás me ha escamoteado sus momentos de humor y su sabiduría. Incluso la obra representa un brillante desafío para el lector y posee una vitalidad irreductible que le permite resistir el paso del tiempo.  

Otra respuesta estriba en el hecho de la fidelidad que Sánchez le profesa a su (insobornable) poética, es decir, la convicción plena de biografiar a su persona y a su país, accionar en el que revela recursos narrativos, como el lenguaje, por demás notables, capaces de sustentar una propuesta creativa a la que los lectores no permanecen indiferentes y que han hecho de su obra una de las más trascendentales de las letras latinoamericanas.

Propongo otra respuesta para decir que las palabras de Unamuno (en el cierre del texto introductorio de sus tres novelas ejemplares) a propósito de cierto escritor francés, bien pueden vincularse con el entrañable autor boricua: “Balzac no era un hombre que hacía vida de mundo ni se pasaba el tiempo tomando notas de lo que veía en los demás o de lo que les oía. Llevaba el mundo dentro de sí”. Y vaya que Sánchez porta un mundo lleno de gran peculiaridad.

Una última respuesta consiste en señalar que vale la pena leer o releer su obra porque, aquí me escudo en la tautología que permite ahorrar palabras: Wico Sánchez es Wico Sánchez es Wico Sánchez es…, como bien se sabe detrás del nombre está lo que se nombra.

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