En el comienzo de hostilidades y en la declaratoria de invasión a Ucrania por la Federación Rusa, Vladimir Putin ha puesto todo en juego: un ajuste de cuentas por lo que Ucrania ha sido para la Gran Rusia, un intento por impedir la expansión de la OTAN hacia sus fronteras, tratar de restaurar la vocación imperial que viene del Gran Imperio Otomano y hacer de Rusia un eje dominante para el orden mundial del siglo XXI.


Lo que defiende Putin en la zona de Donbass son las regiones de Donetsk y Lugansk, con alrededor de 5 millones de habitantes de origen ruso, descendientes de la tradición del Rus de Kiev, donde se constituyó la primera federación de pueblos eslavos, en el siglo IX, de la cual proviene el nombre de Rusia. Es decir, Rusia nació en lo que hoy es el territorio de Ucrania.


Putin invoca los acuerdos de Minsk, por los que la OTAN no se extendería al Este, pues entre 1991 y 2020 la organización pasó de 14 a 28 países miembros, como resultado de la desintegración de la exURSS y el fin de la Guerra Fría. En la forma Putin tiene razón, en el fondo no.


Los acuerdos de Minsk, en Bielorrusia, poco después de la caída de la Cortina de Hierro, son una serie de cláusulas sujetas a revisión constante y en las que Occidente hizo prudentes concesiones al vencido para no ser gañán ni verse arrogante.


En la cumbre de Minsk y a lo largo de la posterior aplicación de sus acuerdos, Putin ya se apellidaba Putin y ascendía en el escalafón de la KGB hasta llegar a ser director. El punto es que el zorro de la nieve, sangre fría del espionaje y el contraespionaje internacional, capaz de eliminar con veneno o terrorismo a quien no se le somete, tenía ciertas lecturas del mundo pero le hacían falta otras.


Lo que Putin pretende ignorar y que ignoremos, es un hecho por todos conocido: el irreal “socialismo real” de la Unión Soviética mordió el polvo en su último estertor en 1991, cuando las naciones sometidas por el duro despotismo del Kremlin conquistaron su libertad y pasaron a ser repúblicas independientes, sin pactos de sumisión ni de subordinación hacia Moscú.


Desde siempre la geopolítica está en movimiento, es un territorio de arenas movedizas que cambia según los remolinos de la historia o la dirección del viento.


La libertad no es una concesión de nadie. El único dueño de su libertad es su propietario: aquel que ha hecho de ella, además de una conquista cultural, un ejercicio cotidiano indeclinable e imprescriptible.


La legitimidad con que otras naciones del Pacto de Varsovia, luego de ser liberadas, añoraban la figura del “padrecito Stalin” o el yugo de Moscú y optaron por seguir siendo satélites menores, es la misma que permitió a países como Alemania Oriental, Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Yugoslavia, Lituania, Letonia, Estonia y otros, integrarse a la comunidad de estados libres de la OTAN.


La legitimidad con que en la crisis actual Chechenia apoya a la Rusia de Putin, es la misma con que Ucrania ejerce su derecho a disentir y, junto con Suecia, Finlandia y otras naciones tramitan su pronta incorporación a la OTAN.


Vladimir Putin ha dicho que tolerar el ingreso de Ucrania a la OTAN, sería tanto como aceptar los perros del vecino en la frontera de su casa, rasgando e hiriendo el aire del traspatio con sus ladridos. Tiene razón y no: la casa de cada cual es la de cada quien, y el aire es todavía un bien ambiental sin propietario. También diría que en cuanto a razas de perros hay niveles, y los de Putin ciertamente son del Cáucaso, pero también de fango y guerra.


La historia enseña que aquel que no tolera la libertad de los países vecinos ni su derecho a decidir por cuenta propia su destino, es en el fondo una de tres cosas: un desalmado que no tolera el bien ajeno que él no tiene; rehén de una emocionalidad turbia que ha hecho de él esclavo predilecto de su pasado o, al final del día, víctima de las psicopatologías totalitarias que conoció el siglo XX y que amenazan con extenderse al XXI.


Para Putin la batalla por Ucrania y su invasión es una pelea por recuperar su propio pasado y una cruzada por la posesión de una memoria histórica en la que se mezclan el gen otomano, el gen del Gran Imperio Zarista y el gen del viejo poderío de la exURSS, que vistos a distancia desde el Palacio del Kremlin podrían ser una invitación a escribir poesía épica los domingos por la mañana, o una convocatoria a erigir el templo al dios desconocido de la Gran Rusia.


Sin embargo, el héroe de las horas que rasgan el velo del mundo no es Putin sino Volodímir Zelénsky, el presidente de Ucrania que no le pidió a EU un “aventón” sino “municiones” para derrotar los intentos de invasión de Rusia.


Rusia tampoco es el centro de esta historia, porque su vieja tecnología militar podrá vencer y ocupar a Ucrania (cosa que puede dudarse), pero cien victorias juntas contra un pueblo que enfrenta la máxima prueba de su historia con pundonor, dignidad y heroísmo a toda prueba, serán vistas como cien derrotas juntas el día de mañana, cuando Rusia se vea a sí misma como el país más aislado y sólo de la tierra.

 



Pisapapeles
Me preguntaron si creía que Putin tuviera sangre de Oso o de Búfalo en las venas. Respondí: “Lo más probable es que tenga sangre de algún ADN autoritario o de cavernícola del Cáucaso, no de otra cosa”.

leglezquin@yahoo.com

 

 

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