La máscara que vela un mito: Salamandra, de Efrén Rebolledo  

Luis Alfonso Martínez Montaño

La figura de Efrén Rebolledo (1877-1929) porta una máscara enigmática incontestable. Su misma biografía carece de relatos acerca de su niñez y se constituye de sucesos que sólo admiten suposiciones y escasas certezas. Por ejemplo, cuándo y cómo cambió su nombre original, Santiago Procopio, por el sencillo Efrén o bien de qué medios se valió para asistir a la primaria y luego (ya adolescente) permanecer en el Instituto Científico y Literario de Pachuca.

Incluso, la carta del hijo de Rebolledo que abre el volumen Obras reunidas (2004) quita muy poco de la sombra que envuelve la vida del poeta actopense, pues el hijo reconoce no poseer un recuerdo preciso de su padre; quien murió cuando aquél era muy pequeño:

Apenas había yo cumplido cinco años, cuando mi padre murió en su último puesto diplomático en Madrid. No retengo ningún recuerdo preciso de él. Sí me recuerdo de su fisonomía. Su expresión era la de un hombre muy serio, lo cual contrasta con lo que me cuenta mi hermana, Gloria, dos años mayor que yo. Ella me dice que se recuerda de haber jugado con su padre y que él se reía mucho de ella”. (Rocha, 2004, p. 9)

 

En líneas posteriores el autor de la misiva, Efrén Rebolledo Blomkvist, manifiesta la admiración al padre por su energía y su dedicación a los estudios; su facilidad para adaptarse y entrar en la vida y las costumbres de los lugares donde realizó misiones diplomáticas; y “su capacidad de aprender nuevos idiomas. Dominaba el francés y el inglés, y hasta llegó a hablar japonés […]” (Rocha, 2004, p. 11).

Más allá del contenido anecdótico de las líneas precedentes, sí se puede afirmar que Rebolledo poseía un fuerte sentido del deber para con las tareas que realizó como miembro del servicio exterior mexicano a partir de 1901; labores que abandonará sólo hasta su muerte. Dicho rasgo se vincula, de acuerdo al crítico Luis Mario Schneider, con el desconocimiento y la escasa propagación de la obra del autor hidalguense, pues su vocación de diplomático lo llevó a establecerse y publicar en naciones (Guatemala, Japón, Noruega y España) ajenas al movimiento al cual se adscribía, el Modernismo, o la dificultad de establecer un trato personal con escritores de ideas afines.  

Tiene pertinencia señalar, siguiendo a Schneider, que en la obra del autor hay dos etapas bien definidas a propósito de su preferencia creativa. La primera, correspondiente a la poesía con la publicación, en Guatemala, de Cuarzos (que incluye composiciones de 1896 a 1901) en el año de 1902 hasta la aparición de Caro Victrix y Libro de loco amor, ambos de 1916; la segunda etapa, 1916 a 1922, testifica que la creación lírica disminuye mientras que la producción de textos en prosa culmina en cuatro libros: El águila que cae (el único drama que escribió), El desencanto de Dulcinea, Salamandra y Saga de Sigrida la Blonda.

Del cuarteto anterior, centro mi interés en la inquietante Salamandra (1919) que crea textualmente Rebolledo. Novela que celebra su primer centenario de publicación y que revela a un autor por demás hábil en la utilización de la máscara para reelaborar o versionar un mito, en este caso el de Circe; aspecto que funge como el motivo de origen del presente escrito.    

La máscara (como se dijo) está ligada esencialmente a Rebolledo desde la adscripción a la literatura modernista que cultivó. Considero que en un primer momento, él elige portar una careta simbólica que le permita despojarse de su nombre original con la intención de, algo que sólo supongo, configurar a su personaje público, tanto el hombre de la diplomacia como el de las letras. Además, el objeto incide en su propuesta literaria, sea en verso o en prosa:

Rebolledo era esencialmente erótico, aunque se arropaba con almidonado traje diplomático. Su personalidad es gemela a la de Swinburne, quien disfrazaba su morbo con careta de gentleman y su goce en el sufrimiento con un refinado gusto por lo decorativo. Rebolledo, latinoamericano al fin, decimonónico total, solía salpicarse de moralista. Era consciente de sus predilecciones, pero hacía uso de la máscara porque sabía que su literatura iba a ser leída por una sociedad conservadora, perjuiciosa [sic] y tradicional. (Schneider, 2005, p. 11)     

 

Estoy de acuerdo en que el autor oculta “sus gustos” valiéndose de la máscara y considero que ésta le permite reelaborar con gran libertad el mito de Circe. De hecho, en los albores del siglo XX, Rebolledo incluye en su poemario Estela (1907) una composición denominada, con acierto “Nueva Circe”, texto donde él ensaya la configuración de la “mujer fatal” que protagonizará su novela doce años más tarde. Al respecto, el único cambio significativo entre la figura femenina del poema y de la novela reside en el color de la cabellera, pues en el primero es rubio mientras que en el segundo es negro azabache.

Rebolledo desde la primera estrofa anuncia que la destinataria del poema tiene una comparación adecuada con una presencia mítica: “Maligna como Circe la encantadora, / El pecho con tus artes hieres traidora, / Pero no satisfaces ansia ninguna, / Porque siendo como eres, provocadora, / Eres inaccesible como la luna” (Rebolledo, 1968, p. 47).

En la siguiente estrofa el yo lírico declara: “Con el fulgor extraño de tu mirada, / Con tu dulce sonrisa que gracia expresa, / Produces el hechizo de ser amada, / Porque el alma conservas alucinada / Con el vano espejismo de la promesa” (Rebolledo, 1968, p. 47). La caracterización de la figura femenina del poema tiene su equivalente en la caracterización de Elena Rivas, protagonista de la obra, figura de la que aclara el narrador, en las primeras líneas de la novela, que sería una de las “Diabólicas” de Barbey d’Aurevilly y que en el cine su equivalente es la actriz Pina Menichelli. Además, precisa: “Era monstruosamente coqueta. Nació en Sonora, y siendo hija de un rico ganadero se educó en Los Ángeles, donde adquirió esa independencia que distingue a las mujeres […]” (Rebolledo, 1919, p. 17), la oración que abre el fragmento tiene gran elocuencia y alberga una curiosa paradoja (en poesía es un oxímoron). Aun, de sus ojos añade: “No es posible definir el color de sus ojos, como no es posible definir el color del océano, pero eran más bien obscuros, y cuando no los cambiaba la coquetería eran duros como los de las aves de presa” (19); equiparar a Elena con un animal es una constante de la obra.

Retomo la quinta estrofa de “Nueva Circe” que precisa: “Soy el trópico ardiente, tú eres el polo, / Yo te digo mis cuitas y tú me engañas, / Y en las aras sangrientas en que me inmolo, / Codiciando tu cuerpo suspiro solo / Sintiendo quemaduras en mis entrañas” (Rebolledo, 1968, p. 47). La afirmación del primer verso va en sintonía con el temperamento del propio Rebolledo y el último verso guarda relación directa con el poema inserto en Salamandra.

Además, el yo lírico (del poema referido) confiesa, más adelante, que la mujer es indiferente a sus aflicciones: “Con tus crueldades siento que me lastimas, / Tus besos son deleites que me escatimas, / Y aunque tus formas ciño como la hiedra, / Tú, diosa inexorable, nunca te animas, / Porque eres impasible como la piedra” (Rebolledo, 1968, p. 47). El comportamiento áspero de la figura femenina, enunciado en el fragmento, toma cuerpo en la obra narrativa si se considera la actitud que asume Elena, aun la comparación del último verso es evidente para el lector en el final de la novela.

La actitud cruel, señalada en el fragmento lírico precedente, tiene su correspondencia con los versos finales de la primera estrofa de la composición, presente en la novela, denominada “Un raudal de promesas”: “Un raudal de promesas son tus lánguidos ojos, / Y un jardín de jazmines son tus mórbidos brazos; / Mas tú eres un abismo de peñascos y abrojos / Que las almas atraes para hacerlas pedazos” (27).

De hecho, “Nueva Circe” y el poema de Salamandra, se vinculan directamente, como se dijo antes, porque expresan un sufrimiento del mismo tipo. En el tercer cuarteto de “Un raudal…” se puede leer: “Tus besos son más dulces que la miel de las flores, / Más sabrosos que el jugo que destilan las cañas; / Pero infeliz quien pruebe tus labios tentadores, / Porque una sed eterna quemará sus entrañas” (27).

Eugenio León, protagonista masculino de la novela, es el artífice de ese poema que en la última estrofa incluye una declaración propia de un suicida: “Y una espesa mortaja, una fúnebre ajorca / Es tu lóbrego pelo; mas tanto me fascina, / Que haciendo de sus hebras el dogal de una horca, / Me daría la muerte con su seda asesina.” (27). Es cierto que el lenguaje de “Un raudal…” es modernista, no obstante, me interesa subrayar que en los versos aludidos se plantea la fatalidad inherente a la figura femenina (aspecto semejante a los desastres provocados por las sirenas) cuya cercanía es funesta y mortal.

Dicha fatalidad se advierte en el segundo apartado de la novela, pues a Elena se le exhibe como una cazadora en un ambiente exótico. Ella se ubica en un salón con piso brillante, viste una bata muy delgada color paja y está recostada en un diván que recubre una piel de tigre:

La luz se amortiguaba al atravesar el emplomado del comedor que representaba un paisaje irreal de árboles nunca vistos y de aves maravillosas, haciendo arder con mortecino brillo los cristales de colores; sobre el papel ocre del muro recortaban las palmas sus abanicos verdes, y como única nota cálida, en el florero que adornaba la mesa, descollaba un ramillete de rosas tintas, que parecían un racimo de corazones chorreando sangre. (25)      

 

La escena alude a un sacrificio. Éste se concreta simbólicamente porque Elena, quien aún no conoce a Eugenio León, coloca, a manera de atril, un ejemplar de El independiente Ilustrado, periódico donde escribe el cronista, sobre una cabeza disecada (supongo del tigre) provista de ojos verde claro y colmillos afilados.

Ella, después de leer con prisa y en silencio el poema “Un raudal de promesas”, se dispone a “cazar” a su presa, un hombre con apellido de animal salvaje, por ello decide que contribuirá para que el escritor logre concretar su más bella obra de arte, a saber, que cumpla al pie de la letra con el deseo de morir que enuncia en la última estrofa de su composición.

El primer encuentro entre ambos, Elena y Eugenio, se da en una antigua casa de la época colonial. Ella acude al sitio, en compañía de su amiga Lola Zavala y Fernando Bermúdez (uno de sus pretendientes), para mirar una exposición de pintura. Un instante después de que Lola refiere un crimen perpetrado en el lugar, el narrador precisa: “Le hacía falta un brillante florón rojo a la frialdad gris y el azul de esta arquitectura –repuso Elena, que como tenía fuerte la imaginación, vió [sic] relampaguear una daga de Toledo delante de sus ojos y correr sobre la piedra la sangre escarlata” (34).

Se advierte que ella no se escandaliza por la referencia a un crimen, por el contrario se regodea con la escena violenta que creó en su cabeza, escena que reitera la imagen del sacrificio. Posteriormente, Bermúdez presenta a Elena con Eugenio, quien al sentir la cercanía de los dedos de aquélla se imagina estar frente a una dogaresa, la mujer de un dux (un General). En el final del apartado, Elena le extiende una invitación al escritor para que acuda a su casa cualquier viernes.

A partir del segundo encuentro, en una reunión muy concurrida que celebra la  protagonista en su casa, Eugenio es incapaz de sustraerse al encanto de Elena, la cual considera al baile y al cine como diversiones modernas en comparación con el teatro que a su parecer es lento y monótono. Mujer que ante el aburrimiento recurre, según sus palabras, a pasearse por los barrios, donde encuentra más exotismo que en una travesía al oriente.

La fuerza del influjo de Elena sobre el escritor se marca de manera evidente en el principio del quinto apartado de la novela: “Desde aquella vez, Elena Rivas no había vuelto a ver en su casa a Eugenio León, muy remiso para cumplir con sus deberes de sociedad; pero cada vez que lo encontraba, tendía un hilo de la red en que había de hacerlo prisionero” (47). La última parte de la afirmación cobra un significado especial porque hay una alusión a Circe, personaje que en la Odisea, de Homero, ocupa su tiempo en trabajar en un gran telar.

A partir de aquel momento, Eugenio está atrapado por la coquetería (la red) de Elena. Incluso ésta llama a la redacción del periódico donde trabaja aquél para invitarlo a su casa. Ya en su encuentro, ella le confiesa que es una gran admiradora suya y le muestra sus obras encuadernadas bellamente. Aún más: Elena le pide al escritor que le recite el poema “Un raudal de promesas”, Eugenio accede y después logra besarla por primera vez.    

Él vive, posterior a ese encuentro, una época de exaltación plena que le fue propicia para elaborar muchos escritos. Además, Elena incentiva los sentimientos desmedidos de él, al respecto la voz narrativa dice de aquélla: “[…] Daba pábulo a la pasión en que Eugenio se abrasaba, pero ella se debatía impunemente en la llama escarlata. No era macho ni hembra, como dice Plinio de algunos animales. Era una salamandra” (56-57); de hecho, ella acepta visitar a Eugenio en su apartamiento; promesa que no se verá cumplida.  

Estimo que Rebolledo hace que el personaje femenino adopte la máscara de un ser dueño de un carácter sorprendente y algo fantástico, un ente que posee múltiples y fuertes facetas: “La salamandra es mujer-síntesis, una astuta hembra hechizadora como Cleopatra, monstruosa como Medusa, dañina como Salomé e inviolablemente sensual como una hermafrodita. Vive entre las llamas que su amor despierta y a más fuego […] más se reviste de frialdad […] Su existencia sólo se justifica en su vicio: el de la muerte” (Schneider, 2005, pp. 9-10). Sin duda, Elena es un ser al cual Eugenio es incapaz de oponerse. Además, se advierte que la salamandra constituye su esencia con base en portar una diferente máscara. Por ello, la equiparación con Elena es la más pertinente que encuentra la voz narrativa.

En el séptimo apartado de la novela, el “destino” de Eugenio es inexorable. Elena para hacerlo sufrir lo deja plantado, pues nunca acude al apartamento, sin embargo, envía un paquete (que contiene su larga cabellera) y una carta donde le dice al escritor que da por terminada sus relaciones con él. Después, ella decide irse a una hacienda en las afueras de la ciudad. En su retiro, que no durará mucho, espera con morbo una noticia: que los periódicos anuncien la muerte del enamorado iluso.

Precisamente, en el penúltimo apartado de la novela testificamos la búsqueda desesperada de Elena que emprende el escritor. Éste la ve en cierta ocasión en Chapultepec, junto con su amiga Lola, pero ella finge no conocerlo y lo ignora; en los siguientes encuentros que se dan padece lo mismo. Asimismo, se pone en ridículo al escribirle cartas y versos en el periódico donde trabaja, lugar del que terminan despidiéndolo.   

Aun observamos la degradación plena de Eugenio, quien de ser un dandy, amante de la limpieza y residente en un apartamento de la calle Orizaba en una colonia de clase alta, a principios del siglo pasado, como la Roma, se convierte en un hombre alcohólico y sucio. Una persona cuyos antiguos conocidos y admiradores terminan despreciando.

La última humillación es la más dolorosa: Eugenio mira a Elena que acude a un teatro, acompañada de Lola y Fernando, para presenciar una función de ópera. El contraste entre ambos es enorme, pues ella porta un espléndido vestido y joyas finas mientras él luce como un mendigo. Elena al reconocerlo, hace un gesto de disgusto y le “dedica” una sonrisa burlona. Luego coquetea descaradamente con Bermúdez a la par observa el sufrimiento que le produce a su antiguo amante. Un Eugenio fuera de sí abandona el teatro rápidamente.

El escritor retorna a su casa. Aquí resulta de interés considerar el escenario donde Eugenio concreta su suicidio:

Ya no vivía en su apartamiento de la plaza de Orizaba, sino en una casa de vecindad por el rumbo norte de la urbe, donde entró, sufriendo como todas las noches, los ultrajes de la portera porque no le daba propina. Cruzó el patio, tropezándose con las pértigas que sostenían las cuerdas de los tendederos, y abrió la puerta de un cuarto interior, prendiendo una lámpara de petróleo, que alumbró con su flama humeante la miseria de la pocilga. (79-80)

 

La referencia al espacio posee gran relevancia porque más allá de proveer un rasgo del lugar, afirma que el protagonista masculino, en esta parte del relato, ya se convirtió simbólicamente en un cerdo que habita un chiquero muy pobre, a consecuencia de las artimañas de una implacable Elena-Circe. Figura que cumple su deseo: aniquilar a su presa, en otras palabras, conseguir que Eugenio se mate con la cabellera negra que le obsequió.

En este orden de ideas, resulta “curioso” que ambos protagonistas se desempeñen como cazador-presa. La crítica señala que Elena asume el papel de sádica y Eugenio el de masoquista. Además, aclara con pertinencia el carácter de la naturaleza de los protagonistas:       

Creo que una de las virtudes de esta novela es el retrato moroso de dos naturalezas opuestas pero complementarias: Eugenio, perdido en la molicie del deseo, anulada la voluntad viril; Elena regocijada y satisfecha en la provocación del macho y la huida graciosa. Ambos personajes son, a su modo, modelos de frivolidad. Ninguno cree en el amor, sólo la pasión carnal los mueve. Pero en ambos no se consuma. En Eugenio porque la presa huye; en Elena, porque le basta la provocación tortuosa. En el mejor de los sentidos, esta obra me parece un homenaje al valor de lo superfluo, un señalamiento de que en la superficie está acaso nuestro verdadero espíritu. (Rocha, 2004, p. 32)

 

En la reflexión anterior es posible advertir una alusión velada a la máscara, objeto que en la relación de los personajes tiene un rol trascendente, es decir, que el verdadero ser reside en la superficie, por ello es necesario usar un artilugio, en este caso simbólico, para no develarse tal cual uno es.

Ardid del cual se vale Efrén Rebolledo para la construcción de su personaje público perteneciente al mundo exterior al texto, el real, el de la vida diplomática, y para mostrarnos al escritor que se vale, sin cortapisa alguna y fiel a su propia poética de creación, del objeto para la configuración de su propuesta literaria. En este caso, versionar el mito de Circe que representa el trasfondo adecuado de una novela excelente y digna, en gran medida, de revisitarse a un siglo de su publicación, me refiero a Salamandra.

 

Bibliografía:

 

Rocha, B. (2004). “A manera de prólogo”. En Benjamín Rocha (comp.), Obras reunidas (pp. 13-40). México: Océano / Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Hidalgo / Dirección General de Publicaciones (CONACULTA).

Rebolledo, E. (1919). Salamandra. México: Talleres Gráficos del Gobierno Nacional.

__________.  (1968). Obras completas. México: INBA (Colección Ayer y Hoy no. 6).

Schneider, L. M. (1968). “Introducción”. En Luis Mario Schneider (edición), Efrén Rebolledo. Obras completas (pp. 7-10). México: INBA (Colección Ayer y Hoy no. 6).

_____________. (2005). “Rebolledo, el decadente”. En Luis Mario Schneider (pról.), Efrén Rebolledo. Salamandra. Caro Victrix (pp. 9-12). México: Factoría Ediciones (Colección La Serpiente Emplumada no. 2).

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