El mes de marzo es mundialmente conocido como el de la primavera; salvo que, en la mitad del mundo, no es así. Como dijera el divino Borges: “cuando aquí es allá, y allá no es nada, a la mitad de todo, está el Aleph”.

El corazón se estremece y comienza a latir de manera desacompasada a medida que avanza el año. Así sucede en México y en todo el mundo; y así pasa con la poesía, también. Late su pulso, tañe en la campanilla de la garganta, palpita dentro de la sien y contrae rítmicamente las válvulas cardíacas.

Casi al comienzo de este mes, en la revista Letra Franca se publicó un texto del poeta originario de la región de Basilicata Michele Brancale, quien radica en la cuna del Renacimiento, la ciudad de Florencia. Escritor y periodista –cuya poesía ha sido traducida, entre otros idiomas, al castellano–, Brancale da cuenta, en su texto, sobre la lírica de un autor mexicano que –a su vez– se ha traducido al italiano; el poemario, publicado en una notable y pulida edición bilingüe por Giuliano Ladolfi Editore, lleva como título Ti nomina il paradiso, y pertenece al vate que aquí saludamos: Carlos Higuera.

En su nota el poeta lucano nos habla de la capacidad inventiva de los italianos y de la magnífica montaña artificial que representa el Domo de la Catedral de Santa María de las Flores, “a la sombra de la cual” –narra Michele– “he podido encontrar a Carlos Higuera”. Y, precisamente, situada a la entrada del Baptisterio de San Juan, en la Catedral florentina, está colocada La puerta del Paraíso, creación de Lorenzo Ghiberti en oro y bronce, con un peso de ocho toneladas: 5 m de alto por 3 m ancho y 11 cm de grosor. Poéticamente sólida.

En su reseña, Michele Brancale nos comenta sobre los autores latinoamericanos que ha leído, y acerca de que, en los más actuales, encuentra un claro sentido del amor y de la belleza en una mezcla detonante, junto a manifestaciones de sentimientos de fragmentación, de tristeza y desesperación que conducen al espasmo.

Sin duda, esta visión de la poesía contemporánea tiene muchos aciertos en su descripción. Además, al identificar a Carlos Higuera como representante de la nueva modernidad actual, el escritor ítalo encuentra, en lo político y existencial de su obra, una “doble modalidad expresiva que se manifiesta sin gradaciones, en una suerte de todo o nada”.

De Carlos, he tenido la suerte de ser, además de amigo, también su editor. Y, él mismo –lo aclaro, pues, el poeta Carlos Higuera es un multifuncional cuentista, ensayista, maestro, coordinador y editor de libros– también me ha publicado, favor que le agradezco cumplidamente

Por mi parte, decía, edité dos de sus poemarios, además de una antología con sus cuentos. En ellos, desde su íncipit, es posible apreciar la calidad fragmentaria (y, a la vez unitiva) que mencionaba Brancale; hacia esto voy: no solo los poemas son buenos, sino que, en sus nombres, se aprecia ya el derrotero de su rico contenido. Me refiero a La última arquitectura del viento, de 2016, y a Canciones de las ciudades rotas, de 2020. Ambos títulos, constituyen, por sí mismos, ya versos poéticos de alto valor.

 Y ahora, recientemente, me encuentro con la edición bilingüe de El paraíso te nombra y apenas salido del horno, con el poemario que hoy nos reúne: Escaso y amargo material para hacer una fogata. Si Tito Monterroso no hubiera existido quizá estaríamos ante la presencia, frente a este título, de uno de los mejores micro cuentos escritos. No quiero ser lacio en mis elogios ni lanzarlos al viento, en un vano intento de retribuir inmerecidas amistades o por el halago fácil que cuesta tanto como lo que vale; para muestra, baste un botón:

 

               MORIR

          Morir en lugares extraños

          Como un parto negro

          Mis labios dan a luz una palabra brumosa y desecha.

 

Y bien: si el experimento de hablar fue puesto en marcha por la incipiente humanidad giratoria hace más de 50 mil años, la teoría de hablar para dar muerte a la palabra es lo de hoy. En ese tenor, la lectura de Brancale, siempre asertiva y vital, señala:

 

               En Carlos Higuera estos dos aspectos coexisten como un mismo canto, a veces dulce, no pocas veces doloroso. Para explicarme mejor intento utilizar una de sus imágenes: aquella de la separación de la fragmentación de los espejos o de los vidrios hechos añicos que sin embargo reciben luz del sol que surge de nuevo sobre la ciudad.

 

No dejan de coincidir, en la lírica de una poética madura y una nueva modernidad en riesgo, distintas facetas dentro de una sola imagen; por ello, es de llamar la atención que un poemario como Canciones de las ciudades rotas incluya sendos versos:

 

                  SEGUNDO CANTO

          Dintel, madrugada sangrando en las alcobas,

          Alcobas, niños huérfanos sin luz,

          nudos imposibles

          mujeres de manos frágiles

          cuidando civilizaciones

          un grito a lo lejos

          un canto blanco al final de la batalla

          el mar impasible

          se cae el silencio en el silencio

          la ciudad destruida.

 

Un horrendo presagio de la guerra y de las guerras totales se gesta en este poema nodal de Higuera: ahí se halla la ciudad destruida, fragmentada, hecha cenizas frente a mujeres de manos frágiles cuidando civilizaciones.

Y si esto no describe acciones como los demenciales bombardeos rusos sobre la noble tierra ucraniana, sería ya imposible decir algo más; pues no deja de coincidir, en la lírica de una poética madura y sobre los niños que buscan un espacio de juego en la periferia, la irradiación que se palpa como posibilidad de una vida reconstruida, no entregada a los sepulcros:

        Dice Brancale:

            La reconstrucción de las ciudades, de las ciudades despedazadas, necesitan también de la pausa y la reflexión, sentimiento y razón que nos ofrece el lenguaje poético que -lo advierto siempre- es una forma profunda de lógica, que puede alcanzar el corazón de quién lee, diría con Borges, que es una “rosa profunda”.

 

        Y, en la contraportada de Canciones para las ciudades rotas, yo apunto:

 

             Para Carlos Higuera la nostalgia es una ensoñación que toma forma en las ciudades destruidas. Pero los cantos y las oraciones, entre los murmullos o a toda voz, despiertan a las generaciones recuperadas entre las ruinas de los edificios derruidos y vuelven, entonces, los sueños a florecer entre muros utópicos y espejos despedazados. En Canciones de las ciudades rotas se eleva una melodía primigenia, un canto al origen de la humanidad.

 

No se trata tanto de intentar una suerte de literatura comparada para volcarla en crítica lírica; la pregunta latente es, más bien, el cómo se factura la creación poética y literaria en castellano. En el prólogo de esta edición Brancale recuerda la cuestión que formulara Carlos Monsiváis en Apocalipstick: “¿Podrá la metrópolis verse en el espejo?”; y comenta: “Carlos Higuera desde su contribución parece tomar un paño para hacer que la imagen sea más pulida, dejando que la luz desvele también lo que parece empañado…”. Su señalamiento sobre la estructura de los versos y poemas que fraguan en el discurso poético evidencia una rítmica que va más allá de los temas que toca su retórica.

En realidad, diría yo, la poesía de Escaso y amargo material para hacer una fogata trastoca al tiempo y al espacio que aparecen reformulados en cada poema: el material no se muestra, sino que refleja, refracta. No nos dice tanto de lo que está hecho, sino que nos dice más sobre la materia de la que nosotros –los que observamos refractado nuestro reflejo– estamos hechos: esa es la magia de la poesía y, particularmente, de la creación lírica de Higuera:

 

        No solo quemar las naves imposibilita el regreso

        O dejar de pensar en el mar

        Dejará de haber espuma desolada

        En Veracruz o en Morelia

        Seguirán apareciendo.

        Con la ceniza de tus huesos pinto tu cara en esta cueva.

 

La concepción que late en un pasaje lírico, aunque es aleatoria, no es obra del azar. Quizá los temas de que trata llegaron al poeta por casualidad; quizá pergeño su poesía una tarde o una noche porque viajó o porque el día fue festivo; tal vez nosotros lo leemos gracias a que la suerte puso el libro en nuestras manos. Pero todo esto y más, junto, no puede ser una casualidad ni es obra del destino o simple azar: por el contrario: el poema, en sí, determina su propia poesía y determina también la lectura del lector. Yo me siento afortunado, sin embargo, cuando leo:

 

 

        LUNA

     La luna de prosa

             Sosenida por cuchillos crispados

                     De la tradición oral

o

           PARPADEAS EN MI OIDO…

      Parpadeas en mi oido

      se escucha el aleteo de palomas

      volando en la plaza de la ciudad

      con un claro silencio

      a mi lado tú

      inventando la lluvia

      paraíso de arena humedo

      entre mis dedos.

 

Gracias por su tiempo y gracias al poeta por regalarnos su tiempo en versos y palabras unidas y ligadas por el modelo que abandona su origen en la búsqueda de sus orígenes. Todo es un espejo en una tarde lluviosa cerca del Parícutín; y la imagen que refleja es la de una pura neblina, y, detrás de ella, está otro espejo que refracta la espuma de las nubes.

En el medio, estamos nosotros; una tarde de la segunda quincena del mes de marzo. De cualquier día de cualquier año de cualquier marzo maravillatorio.


Raúl Casamadrid

Texto leído en la presentación del poemario
Escaso y amargo material para hacer una fogata

 Ciudad de Morelia, 18 de marzo de 2022

 

 

 

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