Octavio Paz: una poética de lo mexicano

Por Rosario Herrera Guido

Todas las visiones de la historia son un punto de vista. Naturalmente no todos los puntos de vista son válidos. Entonces, ¿por qué me parece válido el mío? Pues porque la idea que lo inspira —el sentirse solo, escindido, y desear reunirse con los otros y con nosotros mismos— es aplicable a todos los hombres y a todas las sociedades.

Octavio Paz, Itinerario.

I.

En este ensayo espero mostrar que México en la obra de Octavio Paz es un pensamiento crítico y poético sobre la experiencia poética de la soledad individual y colectiva. Desde sus reflexiones sobre la soledad del laberinto, la soledad de la cultura náhuatl, tensando el arco y la lira, hasta el sueño de Sor Juana y el Itinerario de un peregrino en su patria, cual viajero en busca de un santuario, Paz pregunta por la unidad de  la identidad y la diferencia: una experiencia poética individual y colectiva de nuestra identificación con el pensamiento universal. El sentimiento de soledad y el deseo de reunirse con los otros y con nosotros mismos es una experiencia universal: filosófica y poética, donde toda tentativa por resolver nuestros conflictos mexicanos debe alcanzar una validez universal.

 

 

II. 

Octavio Paz, temprano piensa el arte de México como una materia con sentido (Cf. Prólogo al catálogo de la Exposición de Arte Mexicano en Madrid, 1977). Por ello canta la historia de una estatua colosal que emerge de las profundidades de la tierra náhuatl, el 13 de agosto de 1790. Se trata de la diosa Coatlicue Mayor, con sus enaguas de serpientes, primero llevada a la Real y Pontificia Universidad de México, después por decisión de los doctores universitarios vuelta a enterrar por siniestra, más tarde llevada a la gran sala de la cultura azteca del Museo Nacional de Antropología e Historia. Coatlicue pasa de monstruo a obra de arte y especulación antropológica, gracias a la progresiva secularización que distingue a la modernidad. Pero Coatlicue sigue siendo la misma: una poética del misterio. América, como la Coatlicue, es un poema de piedra que canta los poderes invisibles de lo sagrado.

 

Paz advierte que las culturas mesoamericanas sucumbieron frente a los europeos no sólo por su inferioridad técnica, sino por su soledad histórica: jamás tuvieron la experiencia del otro. En su pensamiento estaba el otro mundo y sus dioses, pero no otra civilización y sus hombres. El otro, el extraño, sólo podía ser visto como un dios: “Cuando los Aztecas caen en la cuenta de que los españoles no son mensajeros de Tula, ya es demasiado tarde”. Una experiencia parecida vivieron los europeos. Las nuevas tierras eran desconocidas. El Viejo Mundo estaba gobernado por la Trinidad: tres tiempos, tres edades, tres continentes; los indios estaban regidos por los cuatro puntos cardinales, cuatro destinos, cuatro trasmundos. Para los misioneros españoles, las Indias eran un misterio teológico. América no cabía en ese mundo. La cuarta dimensión era siniestra.

 

Paz muestra que en el arte mexicano sobreviven las culturas que lo crean. No sentimos como un maya el relieve de Palenque, pero estamos condenados o salvados por nuestras interpretaciones, que son una metáfora del misterio original. La historia de México, la Conquista y la Independencia, están marcadas por dos grandes rupturas: con el pasado indio y el novohispano. La Revolución Mexicana es la monumental empresa de tejer los lazos rotos por la Conquista y la Independencia. Descubrimos, con Ramón López Velarde: “una tierra castellana y morisca, rayada de azteca”. La conciencia estética moderna, en el alba del siglo XX, al descubrir las artes de África, Oceanía y América, permite comprender el arte antiguo de México. Porque gracias a la estética moderna, lo antiguo deviene actual.

 

Paz se inclina conmovido ante la cultura mesoamericana: por su originalidad, su soledad, la homogeneidad en el espacio y la continuidad en el tiempo, un sistema ético-religioso severo, una cosmología que rige la piedra de sol del tiempo, un panteón religioso en metamorfosis, la danza de los dioses enmascarados que bailan la poética pantomima de la creación y la destrucción de los dioses, los mundos y los hombres, un arte que maravilló a Durero, Baudelaire y los surrealistas, una poesía tan suntuosa en imágenes poéticas como las meditaciones metafísicas.

 

La civilización mesoamericana nació y creció sola. Separada por dos océanos, entre desiertos y selvas, tuvo que inventarlo todo: la escritura, los dioses, la astronomía, y hasta el maíz, que no es una planta silvestre, sino un híbrido, una creación humana, tan monumental como sus pirámides, sus mitos y sus poemas. Por ello el maíz se convirtió en un dios comestible. El maíz fue  la semilla de la vida y el modelo de la creación humana.

 

Todas las obras mesoamericanas tienen un alma en común. Las formas artísticas son el lenguaje cifrado de las civilizaciones. La civilización mesoamericana, además de ser un hecho estético, histórico, económico y religioso, es una visión poética del mundo. Lo resalta Paz: “[…] una de las piezas más impresionantes es el monumento que erigieron los aztecas en 1507 para conmemorar la edificación del Gran Teocalli. El ‘signo de agua quemada’ (lucha de los contrarios hasta su sangrante fusión) se impone con una plenitud y una ferocidad grandiosas. Imposible describirlo: no es un monumento sino un poema / Octavio Paz, México en la obra de Octavio Paz. Los privilegios de la vista, Arte de México, III, México, F.C.E., 1987:64). En compañía de Claude Lévi-Strauss, Paz afirma que la cultura mesoamericana es un sistema de signos, cuyas combinaciones crean textos diferentes, como las variaciones musicales o las imágenes y ritmos de un poema.

 

Coatlicue es una metáfora original que revela el tiempo primigenio, inexpresable en conceptos, ya que es la semilla primera que vive una vida pasada y futura. Su presencia es enigmática, porque su vacuidad es amenazante. Es el pasado que retorna como futuro, en el tiempo verbal del futuro perfecto: Coatlicue es la diosa que habrá sido siempre un instante de eternidad, el único tiempo real —según Sören Kierkegaard—, el tiempo del mito y la poesía, el tiempo del inconsciente, la otra voz: lo que siempre está sucediendo.

 

El pensamiento de Paz sobre lo mexicano deslumbra, más cuando atiende el arte de Silvestre Revueltas o Rufino Tamayo. En ambos contempla las bodas entre la imagen poética y la música, así como entre la poesía y la pintura. Los dos son magos que sacan con su batuta o su pincel los acordes y los colores de sus propios corazones y sus mentes, como si fueran esos objetos mágicos que todos llevamos dentro, como la alegría o la angustia, el placer o el dolor de todos nuestros nacimientos y muertes cotidianas. Silvestre Revueltas es un campo de batalla: “[…] desataba las oscuras e infernales potencias de la música, que duermen en el silencio, y las sometía a su poder, llevándoles a un silencio más alto y tenso del que salieron” (Octavio Paz, “Silvestre Revueltas”, Las peras del olmo, Barcelona, Seix-Barral, 1987:188). Silvestre amaba la poesía y a los poetas; le disgustaban las personas ruidosas, pues defendía su soledad y su silencio: “Y el silencio reconcentrado se volvía un mágico surtidor de imágenes. Temporadas de locura, de alegría, de infierno”. Silvestre había encontrado el misterioso vértice donde la poesía y la vida se acarician: la cuerda tensa de la creación. Lo que guía la obra de Silvestre Revueltas es la piedad frente a los hombres, los animales y las cosas. Es por la piedad que este hombre herido por los dioses y los hombres, levanta el vuelo cual sinfonía hacia una poética de la música. Por ello su música tiene todos los sabores y los colores de una feria de cualquier pueblo de México.

 

Como las artes contemporáneas, la pintura es hija de la Revolución Mexicana, un movimiento que condujo a una inmersión de México en su propio ser, al liberar las formas que lo dominaban, para que se encontrara a solas consigo mismo. Como su tradición, el catolicismo y el liberalismo republicano no podían resolver los conflictos de México, la Revolución Mexicana fue el regreso a sus orígenes y a la búsqueda de una tradición universal.

 

La búsqueda de Rufino Tamayo, por un sendero distinto al de los fundadores de la pintura moderna mexicana (Rivera, Orozco y Siqueiros), es pictórica y poética, una radical aventura artística. En Tamayo, la gracia del color devora el resto del cuadro. La pintura de Tamayo no narra, hace hablar al espacio, crea animales terribles, perros, leones, serpientes, coyotes, personajes solitarios, petrificados por una fuerza secreta o danzando; los antiguos elementos, las sandías, las mujeres, las guitarras, los muñecos, vuelan cual astros hacia la luna y el sol, las fuerzas enemigas que presiden el universo y evocan el infinito. Lo canta Octavio Paz: “Tamayo ha traspuesto un nuevo límite y su mundo es ya un mundo de poesía. El pintor nos abre las puertas del viejo universo de los mitos y de las imágenes que nos revelan la doble condición del hombre: su atroz realidad y, simultáneamente, su no menos atroz irrealidad” (Octavio Paz, Las peras del olmo, Barcelona, Seix-Barral, 1987:201). Como el poema, la pintura de Tamayo es un mundo de conflictos y reconciliaciones que se dan la mano: “Tamayo ha redescubierto la vieja fórmula de la reconciliación”.

 

Y en su libro Sor Juana Inés o las trampas de la fe, Octavio Paz advierte que el combate de Juana Inés por encontrar la causa primera de todo, el Ser, se repite como un sueño universal que desvela, hasta dejar en puntos suspensivos un “segundo sueño”. En un ensayo “El sueño de Sor Juana y el insomnio de Octavio Paz” (Herrera, “El sueño de Sor Juana y el insomnio de Octavio Paz”, Ramírez (Coord.), Filosofía de la cultura en México, Plaza y Valdés, 1997:393-403). propongo una hipótesis posible: que en el tintero de Juana Inés dormía un “segundo sueño”, en el que busca llegar a esa unidad de conocimiento a través de la poesía, pero que este segundo sueño no lo escribe Sor Juana sino Octavio Paz, en su poema Pasado en Claro (1975)El primer sueño no es —como dice José Gaos— el relato del fracaso de una monja, sino de los límites del conocimiento. Sor Juana muestra que no es el sexo femenino el que fracasa, sino el lenguaje que no puede decir el ser. Sor Juana es moderna: denuncia los límites de la razón. El segundo s­ueño de Sor Juana es la metáfora del insomnio de Octavio Paz, en su poema Pasado en Claro (1975), que produce el deseo de conocer, el conocimiento que conduce a los más grandes desvelos, pues todo deseo de conocer es también una exigencia existencial y poética de autoconocimiento. Pasado en Claro es el desvelo no de una noche, sino de toda la vida de Octavio Paz, ante la belleza, la luz y la pavura. Como en su poema Árbol Adentro, Paz sugiere que no somos más que nuestro nombre, un sendero que nos pone, como en El mono gramático, de camino al habla, que es nuestro ser, pero que nunca llega; una metáfora que evoca el ser de lo mexicano que también se nos escapa, pero que se puede expresar poéticamente.

 

 

III.

La cultura mexicana no es el reflejo de los cambios históricos producidos por la Revolución Mexicana. Los cambios en la cultura mexicana expresan las tendencias, incluso las contradictorias, de la parte de México que asume la responsabilidad y el goce de la mexicanidad. La historia de nuestra cultura no es diversa a la de nuestro pueblo. Una relación que no es estricta ni fatal, pues el arte, como han advertido Unamuno, Freud o Deleuze, entre otros, se adelanta poéticamente al pensamiento, más aún, la cultura misma suele adelantarse poéticamente a la historia, hasta profetizarla (Octavio Paz, “La consagración del instante”, El arco y la lira, México, F.C.E., 1979). La poesía, como enseña Paz en El arco y la lira, cuyo instrumento es la palabra, diluye la historia, no porque la desprecie sino porque la trasciende. Reducir la poesía a sus significados históricos es limitarla a su contenido lógico y gramatical. La poesía escapa a la historia y al lenguaje, a pesar de que ambos son su alimento.

 

La inteligencia mexicana y la imaginación poética han sido una actividad vital,  como el arte mexicano: el olmo que sí da peras. Su obra se encuentra más en su acción política que en sus textos. José Vasconcelos es el que mejor encarna esta fértil y desesperada ambición intelectual y poética. Su empresa dilata la labor iniciada por Justo Sierra (ensanchar la educación elemental y perfeccionar la enseñanza universitaria), pues pretende fundar la educación sobre los principios de la tradición, que el positivismo expulsa de su teoría y práctica. Vasconcelos pensaba que la Revolución iba a redescubrir el sentido de nuestra historia, buscado por Justo Sierra. La nueva educación se instituiría en “la sangre, la lengua y el pueblo”. De aquí que el movimiento educativo que impulsa Vasconcelos es orgánico: colaboran poetas, pintores, prosistas, maestros, arquitectos, artistas y casi toda la inteligencia mexicana. Su obra social exigía un espíritu capaz de encender a los demás. Vasconcelos concibe la enseñanza como viva participación. Se fundan escuelas, editan silabarios y autores clásicos, se abren institutos y promueven misiones culturales en los rincones más apartados de México. La inteligencia descubre al pueblo y se inclina hacia él. Resurgen las artes populares olvidadas, se entonan las viejas canciones, se bailan las danzas regionales. Nace la pintura mexicana contemporánea. La literatura vuelve al pasado indígena y colonial. Surge la novela de la Revolución. México es descubierto por “Hijos pródigos de una patria que ni siquiera sabemos definir […] Castellana y morisca, rayada de azteca” (Octavio Paz, El laberinto de la soledad, México, F.C.E., 1993:165). Vasconcelos, miembro del Ateneo de la Juventud, participa en la lucha contra el positivismo; sabe que la educación exige, además de una visión del mundo, algo más concreto que la educación laica del artículo tercero constitucional. Como no era católico ni partidario, anhela una enseñanza enraizada en la tradición, al modo de la Revolución, empeñada en crear una nueva economía en el ejido. Pero nuestra tradición no podía redescubrirnos más que la tradición universal, donde la nuestra se insertaba, prolongaba y justificaba: la tradición universal de España. Una tradición fundada no en la España cerrada al mundo, castiza y medieval, sino en una España abierta, heterodoxa, amante del espíritu libre, que concibe el continente como una unidad superior: Hispanoamérica. La filosofía de la “raza cósmica” de Vasconcelos, aspira a disolver todas las oposiciones raciales y el conflicto entre Oriente y Occidente, a través del nuevo hombre americano. Para Vasconcelos el nuevo continente es futuro y novedad: “[…] la América española es lo nuevo por excelencia, novedad no sólo de territorio, también de alma” (Octavio Paz, El laberinto de la soledad, México, F.C.E., 1993:166). El tradicionalismo de Vasconcelos no se ancla en un pasado puro, sino que se justifica en el futuro. La filosofía iberoamericana de Vasconcelos es el primer intento de resolver un conflicto latente desde la Revolución, como revelación de nuestro ser y anhelo de comunión, revelación poética y filosófica de nuestro ser, búsqueda de la filiación rota por el liberalismo. Vasconcelos resuelve, gracias a la invención poética e intelectual, la cuestión de la filosofía de la raza iberoamericana. Y el lema del positivismo, “Amor, orden y progreso”, es sustituido: “Por mi raza hablará el espíritu”. Pero —como afirma Octavio Paz—en la obra de Vasconcelos laten pensamientos e intuiciones poéticas, pero no el fundamento de nuestro ser y de nuestra cultura.

 

Alfonso Reyes es el gran estímulo para la cultura mexicana, ejemplo de rigor intelectual que convive con la creación poética. Para Reyes la literatura es un destino, una religión. El lenguaje es signo y sonido, nota y canto, trazo, magia, reloj y vida. Reyes es el obrero, el jardinero, el amante y el sacerdote de las palabras. Su obra es historia y poesía, reflexión y creación. A Reyes se le acusa de no habernos dado una filosofía. Pero al enseñarnos a decir, nos ha enseñado a pensar. Para Reyes el primer deber del escritor es ser fiel al lenguaje, purificar poéticamente las palabras, para expresar lo nuestro. En palabras de Reyes: “buscar el alma nacional”. Una tarea difícil pues hemos tenido que recurrir al lenguaje de Góngora, Quevedo, Cervantes y San Juan, para hablar de un hombre que no termina de ser y que se desconoce. Hay entonces que deshacer poéticamente el español para que se vuelva mexicano sin dejar de ser español. La vida y la historia de nuestro pueblo se manifiestan en una voluntad poética que se empeña en crear la forma que la exprese y la trascienda, sin traicionarla. Soledad y Comunión, Mexicanidad y Universalidad, son los dos extremos que devoran al mexicano. Los dos extremos de este conflicto están en la base de nuestras relaciones, formas políticas, artísticas y sociales.

       

Leopoldo Zea y Edmundo O’Gorman pesaron poéticamente nuestro pasado intelectual. Para O’Gorman, América no es una zona geográfica, sino una invención poética del espíritu europeo. América es una utopía, el momento en que el espíritu se universaliza, se desprende de sus particularidades históricas y alcanza una idea universal, que encarna en una tierra y en un porvenir. En América la cultura europea se concibe como una unidad superior. Para Leopoldo Zea, América es el monólogo de  Europa, la encarnación de su pensamiento. Un monólogo que hoy es diálogo intelectual, social, político y vital. La enajenación americana consiste en no ser nosotros mismos, además de ser pensados por otros. Una enajenación que ha sido nuestra forma de ser. Pero como es una situación de todos los hombres, hay que tener conciencia de ello para ser conscientes de nosotros mismos.

 

IV.

En compañía de Octavio Paz, traté de mostrar que la reflexión y la imaginación poética deben ser un tema universal. Pues como el mundo moderno ha agotado sus imágenes e ideas, los mexicanos debemos encontrarnos con nuestra realidad, que es la del resto de los hombres y las mujeres modernos: la soledad.

 

Pensar y poetizar son las únicas experiencias humanas que pueden hacer posible que la mexicanidad de nuestra filosofía sea reconocible, más por el acento o el estilo que por el contenido del pensamiento. Porque las circunstancias del México actual exigen buscar y encontrar una filosofía mexicana, por el camino de un pensamiento poético sobre nosotros mismos y la humanidad. La filosofía sólo será mexicana, si es filosofía. Cuando la mexicanidad sea la máscara que al caer deje ver el verdadero rostro humano.

 

La crisis de nuestra cultura mexicana es también el conflicto de la humanidad. Vivimos como el resto del mundo, pero con un porvenir por pensar y poetizar. El laberinto es el camino por un pensamiento poético sobre una experiencia individual y colectiva de nuestra identidad y una búsqueda del pensamiento y la creatividad universal.


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