Mi reino por un botón. Es cierto, Ricardo III jamás pidió un botón, sino un caballo, y fue precisamente por no tenerlo que perdió su reino; sin embargo, este del que escribo no es él, sino otro rey inglés. Eduardo VII, el gobernante al que se le atribuye haber puesto de moda el jamás abotonarse el último botón del saco, lo cual no fue resultado de ningún tipo de apreciación sobre la elegancia, sino de una inmensa barriga que se lo impedía por lo que, para no ofender al monarca, todos sus súbditos dejaron de abotonarse el último botón de la chaqueta y con ellos, poco a poco, el mundo entero. Así, quedan de manifiesto dos cosas: primera, sí se puede hablar tan solo de un botón y segunda, si un buen número de personas se ponen de acuerdo, pueden hacer pasar por aciertos las fallas más grandes de cualquier soberano. Lecciones necesarias para entender la visita de nuestro Presidente la semana pasada a Washington, la reunión en la oficina Oval y el botón del saco de nuestro mandatario.

Un botón. Muchos se quejaron de que ese fuera el tema más comentado sobre la reunión con nuestro más importante socio comercial al que nos unen temas tan delicados como el tráfico de armas y drogas, además de la migración. El hecho de que nuestro mandatario se hubiera sentado sin desabotonarse el botón del saco y hubiera pegado las rodillas para poder sostener el atado de cuartillas que contenían su largo discurso de más de media hora, lo hicieron lucir pequeño y con poca dignidad, concluyeron los que lo criticaron. A pesar de ello, el hecho de solo hablar del botón no necesariamente es malo, tiene un lado provechoso.

Todo aquel que centró su mirada en el botón tratando de calcular el momento exacto en que soltaría amarras y saldría disparado como un proyectil, no escuchó el discurso. Qué suerte. Era un discurso flojo al que Biden corrigió por contener datos imprecisos y equivocados. China no es el gran vendedor del mundo, Estados Unidos es el principal proveedor de productos agrícolas, el de menor inflación y el de mayor incremento en tasa de empleo. Lo de la migración ya se había discutido en la Cumbre de las Américas, le dijo, y lo demás ya se verá más adelante. Un tanto bochornoso. Lo bueno es que además del botón del saco de nuestro mandatario, estaba el elástico del calcetín de Biden. Flojo, vencido, caído por debajo de la línea del pantalón, lo que centraba el pensamiento en tres preguntas clave: ¿es lampiño el presidente de Estados Unidos?, ¿los hombres de 80 años todavía tienen la facultad de generar vello en las piernas?, ¿aún debajo del calcetín?

Lo cierto es que mientras se hacían cientos de fotos a un botón y a un calcetín, se firmaba un acuerdo conjunto en donde México se comprometía a invertir la insólita cantidad de mil 500 millones de dólares en cámaras y tecnología de seguridad destinadas a proteger la frontera ¿Un muro virtual finalmente pagado por México? Trump debe estar sonriendo mientras se ajusta su larguísima corbata, el saco y hasta los calcetines.

El tema es, ni el botón ni el calcetín son tonterías, son de lo que la gente habló toda la semana. Solo por eso son importantes, nos guste o no. Todo comunica. Basta con abrir el saco antes de sentarse o, si el discurso no es muy bueno, esperar hasta que el botón estalle.


Leer artículo en Milenio:

https://www.milenio.com/opinion/ana-maria-olabuenaga/bala-de-terciopelo/el-boton-y-el-calcetin

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