Criminalizar la crítica

Por Leopoldo González

Mientras el país se descompone, sufre los agobios del ruido verbal y continúa inmerso en una espiral de desconcierto, el presidente López Obrador no deja en paz a sus críticos.

Durante la campaña, después como presidente electo y más tarde en su calidad de presidente constitucional, Andrés López emprendió una ofensiva encarnizada y brutal contra los analistas que no creían, no aplaudían, no aprobaban y, muy al contrario, desplegaban con franqueza una gran actitud crítica hacia alguna o algunas de sus políticas.

Antes fueron Jesús Silva-Herzog, la genérica “prensa fifí”, los ideólogos “conservadores”, los intelectuales “orgánicos”, los “comajanes”, ciertos presidentes de organismos autónomos y el propio Enrique Krauze, los destinatarios de la inverecundia verbal de Andrés López y su primer círculo.    

Hoy, con la publicación de “Juntos hicimos historia” de Tatiana Clouthier, vuelve a ser Enrique Krauze el foco de la intolerancia y el linchamiento gubernamental.

Basada en una versión -que no se tomó el trabajo de comprobar- que le habría filtrado un señor de apellido Sevilla, Tatiana Clouthier (cuyo papá, Maquío, seguramente se avergonzaría de las andadas actuales de su hija), en el libro ya mencionado, echa a andar la especie de que Enrique Krauze, durante la pasada campaña presidencial, habría participado en una reunión, allá por los rumbos de Coyoacán, donde supuestamente se armaba una conspiración entre intelectuales y empresarios para impedir el triunfo de Andrés López.

Si la versión fuese cierta y, en efecto, Enrique Krauze hubiera asistido a dicha reunión (cosa que el propio Krauze ya desmintió), conociendo a Enrique, imagino que no habría tenido empacho en reconocer su participación en ella y, de ser el caso, hasta habría salido a argumentar que no es delito ni pecado, sino algo perfectamente válido y legítimo, ejercer el derecho a fijar las posturas que sean necesarias -en reunión cerrada o abierta- frente a lo que se juzgaba como dañino, ominoso e inconveniente para el país.

Krauze y su revista, “Letras Libres”, lo mismo que “Letra Franca” y otras publicaciones nacionales, han sido muy consistentes en su labor de revisión y crítica de lo que escriben, dicen, “analizan” y postulan AMLO y sus seguidores.

El caso es que la versión a la que dio crédito sin investigar Tatiana Clouthier, se convirtió en “nota fácil” del poco honesto facilismo periodístico de Carmen Aristegui, que luego fue retomada por el reportaje de “Eje Central”, en los que socarronamente se dejó correr una gran insidia: “confundir” a Enrique Krauze con Fernando García Ramírez, nada más para golpear como sea y según se pueda a quienes “osen” criticar, exhibir la ignorancia, desvelar las contradicciones del Mesías.

El Diccionario on line de la Real Academia define “Insidia” de este modo: Insidia.- “Engaño oculto a disimulado para perjudicar a alguien”. Por tanto, parece que tres gentiles damas (una en Palacio Nacional, Tatiana Clouthier y Carmen Aristegui), esta vez “confabularon” tres raciones de astucia para descalificar a coro a Enrique Krauze y de paso criminalizar a la crítica.           

Además de subrayar que el linchamiento gubernamental contra Krauze, con el que se quiso enviar un mensaje intimidatorio al resto de los intelectuales del país, se le ha revertido y con creces a sus promotores oficiales y oficiosos, puesto que se ha respaldado al historiador y editor más allá de nuestras fronteras, lo cierto es que este episodio muestra lo que algunos todavía no quieren, o no alcanzan a ver: el ascenso de un personalismo autoritario que puede llevar a México al desfiladero de su historia.

Al margen de que se pueda o no coincidir con Enrique Krauze y su tarea intelectual, en los libros que publica y en la revista que edita, en este caso le asiste completamente la razón: el derecho a disentir se funda en la libertad y el conocimiento, es propio de la tradición liberal a la que pertenece Krauze y no puede, no debe ejercerse a contentillo de los usufructuarios del poder.

Un verdadero demócrata no sólo respeta al diferente, también reconoce sus aportes y le brinda facilidades para el desempeño de su función. No obstante, bajo el actual gobierno al diferente no se le respeta, no se le reconoce y menos se le brindan facilidades: ha de ser víctima de señalamiento, persecución, marginación y oprobio.

Un verdadero demócrata no sólo alienta y brinda facilidades para el ejercicio de la crítica: puede verla hasta con simpatía, porque la crítica es el mejor antídoto que se ha inventado contra la anestesia social y el autoritarismo político.

El problema radica, precisamente, en esto: Cuando no se tiene un entendimiento racional de lo que es la democracia, se corre el riesgo de que cualquiera que haya oído hablar de ella se crea un demócrata. La consistencia de un demócrata es como la consistencia del caminante: se demuestra andando.

Pisapapeles

A un paisaje cotidiano dibujado con los pinceles de la uniformidad, algo le falta: la pluma o el pincel de la disonancia crítica.

leglezquin@yahoo.com

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