EL DILEMA AEROPORTUARIO: TEXCOCO Ó SANTA LUCÍA

Por: Héctor Ceballos Garibay

Hoy en día estamos sumidos en una tragicómica discusión sobre cuál será el destino del futuro aeroportuario de este país. Comienzo por puntualizar que este kafkiano embrollo podía haberse evitado: bastaba con que el presidente electo, respaldado con la legitimidad de 30 millones de votos, hubiera tomado una valiente decisión al respecto sobre la base de una rigurosa asesoría técnica, administrativa, sociológica y ecológica que le permitiera arribar a la mejor decisión posible: o el aeropuerto de Texcoco o el de Santa Lucía-Toluca. Justo para asumir este tipo de decisiones es que los pueblos eligen a sus gobernantes: a fin de que éstos se responsabilicen de sus disposiciones cruciales en el orden de las políticas públicas, y para que más tarde no pretendan lavarse las manos cuando lo mandatado eventualmente genere resultados infructuosos. El precio, entonces, se pagaría en la siguiente liza electoral. Así sucede en cualquier dinámica democrática.

Además de ser una manera mañosa de esconder el bulto, la convocatoria a una consulta ciudadana en el caso particular que nos ocupa presenta varios problemas éticos, metodológicos y políticos, que enumero a continuación: 1- Aunque se esté a favor de la democracia participativa y del uso de referéndums, en este tema específico para nada es una idea inteligente convocar a una consulta nacional. En efecto, dada la enorme complejidad multifactorial de la problemática en cuestión y debido al distanciamiento informativo que tiene la población en general sobre los asuntos técnicos aquí involucrados, la ocurrencia de consultar “democráticamente” al pueblo no es otra cosa que demagogia pura. Máxime si se piensa en la facilidad con la cual es posible inducir el voto ciudadano de los militantes y simpatizantes de AMLO, quien durante su campaña electoral se manifestó en contra de la opción Texcoco. Enmascarada en una supuesta “neutralidad”, la preferencia de parte de los principales portavoces del presidente electo a favor de Santa Lucía ha sido corroborada en estas últimas semanas. Y si la decisión ya estaba tomada, y si la línea a seguir para aquellos que acudan a votar también resulta manifiesta, ¿por qué armar tanto teatro, por qué desperdiciar tanto tiempo y recursos, para qué provocar tanto desgaste y polarización política? 2- Para colmo, la planeación concreta de esta “consulta” revela problemas graves de organización, evidentes en el apresuramiento, la confusión, las indicaciones cambiantes y la parcialidad de quienes llevarán la realización de la consulta: simpatizantes y militantes de MORENA quienes de esta manera son juez y parte. Asimismo, hay problemas en cuanto a la legalidad de su financiamiento, la cientificidad técnica de su diseño y la validez vinculatoria de sus resultados, a lo cual debe sumársele la opacidad y discrecionalidad de todo el proceso en curso. ¿Para qué tanto desaguisado si ya se sabe que será él y sólo él, López Obrador, quien impondrá a la postre su decisión inapelable? 3- Cualquiera de ambas opciones, Texcoco o Santa Lucía, tiene pros y contras. Pero en el primer caso existen los informes técnicos y los proyectos ejecutivos, en el segundo, en cambio, únicamente hay esbozos y todo está por hacerse. La construcción del nuevo aeropuerto ya está avanzada y suspenderla generará costos incalculables: el dinero invertido, las multas por cancelación de contratos, las innumerables demandas ante tribunales, el descrédito nacional e internacional de cara a los inversores y las calificadoras de la imagen financiera del país. El aeropuerto en marcha tiene un aliento estratégico a largo plazo y favorece la conectividad, amén de tener fuentes seguras de financiamiento con los derechos de uso aeroportuario; Santa Lucía, por el contrario, no tiene respaldos técnicos de viabilidad para su operación mancomunada con el aeropuerto Benito Juárez. A los problemas orográficos de Santa Lucía y Toluca se le añaden las inundaciones y los hundimientos como eterno viacrucis de buena parte del Valle de México, no sólo de Texcoco. La afectación ecológica se enfatiza en este último caso, pero en aras del señuelo del progreso no se menciona en proyectos contaminantes y onerosos como la construcción de la refinería en Tabasco.

 

Finalmente, si Texcoco no es alternativa por las razones que arguyen sus detractores, mal hace AMLO en plantear siquiera la posibilidad de concesionarlo a la iniciativa privada: un aeropuerto que es técnicamente inviable debe ser clausurado por razones de seguridad nacional, sea quien fuere el que lo opere. Hablando de los costos sociales y de los peligros que correrán los aviones en lo sucesivo, no hay duda de que será el nuevo presidente -y no el “pueblo sabio”- el que pagará los costos políticos si México se precipita hacia una grave crisis económica a consecuencia de la cancelación de la opción Texcoco. También, por cierto, habría una debacle en su credibilidad ética y política si ocurriera un trágico accidente aéreo en ese viejo y saturado aeropuerto que hoy absurdamente aún se haya en las entrañas de la caótica Ciudad de México.

Sés Jarháni, Uruapan, Michoacán, a 21 de octubre de 2018.

 

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