En los últimos días, dos de los megaproyectos insignia de la administración encabezada por el presidente de México Andrés Manuel López Obrador, el recién inaugurado Aeropuerto Internacional “Felipe Ángeles” y el denominado “Tren Maya”, se han logrado posicionar, con justa razón, en la agenda pública nacional.

En principio, no habría nada de extraordinario en que el debate gire en torno a la decisión de haber optado por la base militar de Santa Lucía por encima del proyecto de Texcoco, o sobre la pertinencia de construir un tren que conecte los estados de la Península de Yucatán con los del sureste mexicano. Más allá de cuestiones técnicas sobre su construcción, asunto que no abordaré en este texto, ambos tienen numerosas implicaciones ambientales y que modifican el paisaje, tema del cual sí me ocuparé en las siguientes líneas. 

El problema empieza cuando se leen en redes sociales comentarios que cuestionan a diversos activistas que se han posicionado en contra de alguno de ambos proyectos. “¿Porqué te oponías al NAIM en Texcoco y no dices nada del Tren Maya?” y “¿Porqué te opones al Tren Maya y no dijiste nada del NAIM en Texcoco?” son las dos preguntas con las que se ha instalado un falso debate sobre la posición que se debería esperar de quienes nos interesamos por conflictos territoriales y problemáticas ambientales. Nos han hecho creer que debemos estar forzosamente a favor de un proyecto para estar en contra del otro.

No hay nada más falso, manipulador y mezquino que este debate maniqueo, el cual me preocupa por dos razones, las cuales desarrollo a continuación:

Primero: El proyecto del aeropuerto en Texcoco y el Tren Maya se desenvuelven en contextos espaciales y temporales completamente diferentes. El primero representaba una amenaza debido a que las condiciones del suelo no habrían soportado una construcción de las dimensiones que presentaba. Además, se habrían generado severas inundaciones en las zonas donde se pretendía construir la llamada “Ciudad Aeroportuaria”, al mismo tiempo que se habrían acentuado la sequía y hundimientos en gran parte del Valle de México; todo esto, por el destino que se le habría dado a los cauces del agua que ahí desemboca.

Por su parte, el Tren Maya supone el cambio en los usos del suelo: la evidente pérdida de cobertura vegetal conduce entre, otras cosas, a la fragmentación de ecosistemas, que a su vez se traduce en pérdida de hábitat para especies vegetales y animales, muchas de ellas sujetas a alguna categoría de protección especial. Además, no se ha consultado a la población local, específicamente a integrantes de pueblos originarios, conforme lo marca el derecho internacional. Por si fuera poco, el proyecto no cumple con las herramientas de gestión ambiental (Manifestaciones de Impacto Ambiental y Ordenamiento Ecológico del Territorio, el cual apenas se está iniciando) correspondientes para determinar su viabilidad.

Segundo: Lo que menos importa es si los megaproyectos son de Enrique Peña Nieto o de Andrés Manuel López Obrador. El priorizar agendas partidistas-electorales por encima de conflictos territoriales como los que he citado, habla de un profundo desconocimiento de la naturaleza compleja de los problemas ambientales, de un escaso interés genuino por la conservación del patrimonio natural de nuestro país, y evidencia la urgencia de la clase política de legitimar sus agendas personales o de grupo.

Lo que se debe cuestionar es el modelo de desarrollo que sustenta este tipo de obras de infraestructura: la naturaleza como fuente inagotable de recursos y la ganancia económica como la principal vía para garantizar la calidad de vida para la población. En estos términos, de hecho, ambos proyectos tienen mucho en común.

Por todo lo anterior, me parece urgente que dejemos atrás dicotomías como ser pro/anti 4T, pues como bien diría Víctor Toledo, la composición derecha-izquierda hace años que se ha desdibujado; lo que nos encontramos ahora, son proyectos por la vida (no solo la humana, sino la de otros seres vivos que componen la biósfera) y proyectos contra la vida (aquellos que destruyen la naturaleza). Es en torno hacia esta construcción que deberíamos girar la opinión pública y definir nuestras posturas.


Francisco Viveros Dávalos es Licenciado en Ciencias Ambientales por la UNAM- ENES Morelia. Interesado en temas de comunicación y políticas ambientales.

 

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