Idilio presidencial

Por Leopoldo González

El presidente Andrés López mantiene una relación idílica consigo mismo y una visión idílica de sus hipótesis, tesis y propuestas de gobierno. Tal vez cree que todo el chiste y la esencia del arte de gobernar radica en el yo, en las inflamaciones del ego y en todo lo que apuntale el aire denso de un personalismo político.

Es muy probable que el presidente López Obrador no se haya dado cuenta, pese a la experiencia histórica de las décadas y los años recientes, que la filosofía y las técnicas del gobierno unipersonal no necesariamente son mejores que la filosofía y las técnicas del trabajo en equipo, donde el peso del “nosotros” contribuye a normar, a enriquecer y a articular de mejor manera la tarea de gobierno.

Tal vez el presidente no ha caído en cuenta que el vértice del poder es él, pero sólo el vértice, porque en una democracia no es el absolutismo personal lo que cuenta, sino el compartir y delegar responsabilidades y decisiones de poder; el no invadir esferas de competencia reservadas a otros poderes y órganos de gobierno; el asumir que todos los titulares de despacho, las cabezas de sector y los directores de área tienen facultades y atribuciones que desempeñar en el oficio de gobernar; en suma, el entender que los hombres son para las instituciones y no las instituciones para los hombres.

La fidelidad al yo -a lo que se cree y se piensa en el plano personal- puede ser una cualidad elevada o una virtud excepcional en ciertos aspectos de la vida. Pero la sobresaturación de sí mismo puede terminar intoxicando al yo, cuando del ejercicio de poder se trata. La severidad sin concesiones al imponer a otros una idea o una visión a rajatabla, con exclusión de los demás puntos de vista, no es una aliada confiable en la función de gobernar.

El presidente de la República Andrés López cree -así lo proyecta en sus palabras y actitudes- que cuando habla le asiste, invariablemente, la razón.

El presidente de la República cree, asimismo, que cuando no le asiste la razón, lo que sí le asiste es, invariablemente y sin lugar a dudas, la verdad.

En ambos casos, cuando se cree tener la razón y cuando se cree tener la verdad, lo que se pretende indicar o insinuar es que el señor presidente de la República tiene el “don de la infalibilidad”: o sea, no miente ni se equivoca. Esta premisa es falsa: por supuesto que el presidente puede mentir o equivocarse, independientemente de que se piense o considere que encarna un liderazgo “providencial”, que una profecía lo puso en México para dar forma a un angelismo político o que polvos mágicos lo iluminan para conducir al país -en automático- por la senda granítica del tino, el acierto y el orden.

Por ejemplo, antes y el día de su toma de posesión, el presidente de este país “bendito” mintió o se equivocó en los siguientes aspectos: al señalar que la esclavitud terminó en México en el periodo presidencial de Don Venustiano Carranza, lo cual no es exactamente así; al decir que la cancelación de las obras del NAIM se sitúa en la perspectiva correcta, lo cual no es -desde el punto de vista que se lo vea- enteramente cierto; y, por último, al asegurar que el IVA disminuirá del 16 al 8 por ciento, sin reparar en el hecho elemental de que no es atribución del presidente, sino del Congreso de la Unión, legislar en materias tributarias e impositivas.

Creer que se sabe de todo con autoridad y con solvencia y creer que se es versado en todo, tanto como para desplazar o suplantar a los responsables de cada área en beneficio de la centralidad del yo, es tanto como alentar la idea de que “el principio de Peter”, la pedagogía del trabajo en equipo y la ecología de la organización están equivocadas. Algo no suena bien ni hace sentido en esta visión idílica del poder personal.

En lo que toca al ejercicio del poder, las ideas fijas no ayudan al despliegue de una obra positiva de gobierno. Permanecer abierto y alerta a lo que pueda aportar el punto de vista ajeno, es una condición del liderazgo democrático. En cambio, el que no escucha ni atiende el punto de vista que no coincide con el suyo, puede ser un Narciso o un dios para sí mismo, pero no un gobernante a la altura de la encrucijada que le plantea la historia.

Si el presidente Andrés López desea, en realidad, hacer un buen gobierno, debería comenzar por gobernar su propio yo, desentenderse de su “alter ego” y reinventarse a sí mismo. Si no lo hace, es probable que esté sentando las bases de una gran equivocación histórica.

 

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