La corte del rey bueno

Por Jaime López Rivera

La manera en la que el Presidente electo de México está integrando su gabinete, mucho me recuerda un cuento que leí en la época dorada de la juventud. Se titulaba: La corte del rey bueno.

    Resumiendo, podría decirse que el cuento trataba de un monarca que, estando próximo a recibir la coronación, decide estudiar las diferentes monarquías que se registraban en la Historia tanto de su reino como de otras latitudes. Encontró que, en todas, los monarcas habían escogido a los hombres más preparados, a los de mayor experiencia, a los más honestos y asaz trabajadores. Sin embargo, él determina cambiar el procedimiento de selección y convoca a los sabios de su tiempo para conocer sus opiniones sobre el particular.

    Podemos imaginar las deliberaciones de aquellos sabios, mismas que probablemente se dieron en términos como estos:

    —Nuestra Majestad es un hombre terco y difícilmente lo haremos entrar en razón —quizás dijo uno.

    —De todas formas —pudo apuntar otro—, es nuestra obligación decirle cuáles serían las más sensatas decisiones.

    —Se ve que vosotros no habéis tratado a Nuestra Majestad —apuntó tal vez un tercero—, la capacidad y el trabajo de los cortesanos no le importan. Ya habéis oído que desea nombrar a lo peor del reino con el argumento de que todos merecen una segunda oportunidad.

    —Como yo veo las cosas —acaso dijo el más sabio de ellos— os propongo que le digamos que tiene razón, y que, para evitar que la barca del reino se hunda con tantos hombres de tan mala estofa, le sugerimos que la mitad de su séquito sean hombres probos y la otra mitad la integren personas de la peor calaña.

    Y así fue. En aquella singular corte se codeaban los capaces con los brutos, los honestos con los corrompidos, los prudentes con los malhechores, los trabajadores con los holgazanes y los de la más rancia prosapia con la peor ralea de la sociedad.

    A manera de moraleja, lo único que nos queda es esperar para ver cómo funciona la corte obradorista, sin olvidar que, a diferencia de lo que ocurrió en el cuento, el virtual Presidente electo de México no pidió su opinión a los sabios. Así funcionaban las monarquías y así funcionan las dictaduras.

 

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