LA PRESIDENCIA DE AMLO, ENTRE LA UTOPÍA Y LA ANTI-UTOPÍA

Héctor Ceballos Garibay

Juego, alegría, felicidad y liberación son palabras de gran trascendencia en el discurso filosófico de Charles Fourier, uno de los más interesantes socialistas utópicos del siglo XIX, precursor del psicoanálisis, el surrealismo y el feminismo. Gracias a sus teorías sobre las pasiones como expresión loable de la personalidad individual, a la crítica contra la estructura monogámico-patriarcal que relega y discrimina socialmente a la mujer, y a la búsqueda de una organización cooperativista (los falansterios) donde el trabajo sea igualitario, justo y lúdico, es que las tesis de este autor siguen generando una benigna veta polémica en pleno siglo XXI. Aparte de su vertiente luminosa, igualmente existe un lado problemático en Fourier: su planteamiento de la utopía como realización de un mundo idílico, cuasi perfecto. Ya las propias experiencias fracasadas de los falansterios decimonónicos, así como la debacle mundial de todas las formas de totalitarismo comunista y nazi fascista a lo largo de la pasada centuria han corroborado que, por desgracia, los anhelos de lograr un igualitarismo total o una homogeneidad étnica absoluta terminan en la patética experiencia de los campos de concentración y en el exterminio de los opositores políticos. La humanidad, infortunadamente, no podrá nunca ser perfecta; sólo puede aspirar, en tiempos progresistas, a la consecución de menores cuotas de imperfección en la convivencia social.

 

Los únicos países que a la fecha han alcanzado mejores niveles de igualdad y bienestar, sin afectar las libertades y respetando el estado de derecho, han sido los países nórdicos, los cuales se caracterizan por tener modelos de economía mixta (empresas públicas y privadas) y un sistema fiscal progresivo y alto en recaudación que permite al mismo tiempo la redistribución de la riqueza y el crecimiento económico. Este exitoso modelo asistencial se ha preservado desde la segunda posguerra europea, no obstante los vaivenes de las crisis capitalistas mundiales y sin afectación de la loable alternancia en el poder de los partidos conservadores y socialdemócratas que coexisten democráticamente en estas naciones escandinavas. La efectividad del Estado Benefactor resulta más impresionante al constatar sus altos índices educativos, sus bajos niveles de corrupción e inseguridad, así como sus conquistas en derechos humanos y preservación ecológica.

A nadie le gusta que le suban los impuestos, pero hay situaciones especiales y épocas en que ello es muy conveniente y hasta impostergable. En el caso de México resulta contradictorio que el programa de gobierno de AMLO, quien se reclama como parte de la izquierda latinoamericana, no vaya a proponer en el proyecto de egresos de la federación 2019 una reforma fiscal que grave progresivamente los impuestos a nivel nacional, una loable medida que le permitiría obtener los recursos financieros necesarios para intentar cumplir con sus cuantiosas promesas electorales, la mayoría de ellas utópicas en el doble sentido de ser ilusorias e irrealizables. (Por cierto, optar por reducir impuestos, tal como el presidente sugiere para la frontera norte del país, constituye una medida típica de ese neoliberalismo que tanto aborrece.) Asuntos diversos y cruciales como: los efectos nocivos de un entorno internacional desfavorable (visos de recesión e inflación globales), la intrínseca improductividad económica del sistema de dádivas sociales en marcha, el lastre de los gastos y las demandas que generará la cancelación del aeropuerto de Texcoco, la persistente continuidad de la corrupción y la inseguridad, el desmesurado centralismo político que debilita el pacto federal, las faraónicas y voluntaristas empresas como el tren maya y la refinería de Tabasco, el demencial error de cancelar las reformas educativa y energética, y el progresivo choque político entre el poder Ejecutivo y otras instancias fundamentales de la democracia como el poder Judicial, los organismos federales autónomos, los medios de comunicación, las ONGs y los intelectuales críticos, etc., todo ello hará que emerja la cruda realidad y entonces se hará comprensible el aserto de que una cosa es ser candidato opositor al sistema y otra muy distinta es actuar como gobernante eficaz. Es muy temprano, y sin embargo ya estamos atestiguando cómo la utopía morenista se transmuta en amarga distopía.   

 

Uruapan, Michoacán, Sés Jarháni, 9 de diciembre de 2018

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