La travesía poética del infierno a la ciudad celeste

Por Rosario Herrera Guido

Conocí a Reyna Carretero Rangel en el horizonte de la elaboración de la “Ley de hospitalidad y migración” —más tarde aprobada por la Asamblea Legislativa del Distrito Federal— que recién aterriza en políticas públicas y programas sociales para tratar de darle cabal cumplimiento. 

 

Nos encontrábamos en cafés de Morelia, cuando ella cursaba su posdoctorado en El Colegio de Michoacán y elaboraba su tesis de grado sobre La comunidad trashumante y hospitalaria como identidad narrativa —de la que tuve el honor de ser replicante— y que publicó El Colegio de Michoacán en 2012. Desde entonces Reyna Carretero aborda un tema relevante para nuestro tiempo: la hipótesis de una trashumancia ontológica, que coloca en el corazón de su discurso e investigación, como exilio de los hombres y las mujeres desde el vientre materno, con el trágico paso por el canal estrecho del parto, la primera castración, a partir de pensadores y filósofos como Freud, Bataille y Trías, entre otros. Una hipótesis que extiende hacia una realidad planetaria de un exilio imperioso de los pueblos del mundo, por guerras fratricidas, imperialistas y religiosas, o de catástrofes geológicas y desastres naturales por cambio climático que arrastra hacia el telúrico deterioro del planeta. Sin olvidar la obscena concentración de la riqueza en cada vez más pocas manos, que conduce a un éxodo de parias, para aplicar su red conceptual al doloroso y vergonzante fenómeno de la migración y ofrecernos una ética de la hospitalidad que se materializa en la elaboración de una ley de hospitalidad para Ciudad de México. 

Un tema que desde un principio se anunciaba como una saga, donde Reyna Carretero emprende una travesía por el pensar-poemar, en el que se escucha su peregrinar por el camino de Galta, con el pas, pas, paso del camino, en busca del Mono Gramático, entre mendigrinos y pajarabías hacia su plétora trashumante, que va del infierno a la ciudad celeste. Una línea de investigación que le lleva años, en compañía de una multidisciplinaria gramática de la hospitalidad, sobre una problemática de la sociedad contemporánea, originada en la aciaga mezcla entre la indigencia y la migración forzada; un tipo de experiencia humana y social, lejos de las nuevas épicas del desarrollo globalizado, a la que bautiza como indigencia trashumante (una tesis doctoral que transforma en un libro co-autoral con Emma León Vega, Indigencia trashumante. Despojo y búsqueda de sentido en un mundo sin lugar de 2009).

Carretero, con su pasión sin fin por el ser y su imperiosa hospitalidad, le da al   problema y su interpretación un aire de eternidad. Una exaltación que la llevó al pensamiento filosófico y a doctorarse en filosofía, con una tesis en la que, en compañía de Ibn Arabi, la realidad misma tiene un tono de “aparición teofánica”, reflejada en aquel a quien aparece, como condición del conocimiento de sí (Ibn Arabi citado en Corbin, 1993: 271).

Una partida inicial que descubre el impulso de salir para ir de caza tras la presa imposible, como decía León Felipe: “no importa si al final encontramos un palo sucio o una estrella”, y que devela a la trashumancia como búsqueda renovada del humus, terruño ajeno a la casa materna. Trashumancia, trans-humus, que evoca y refleja la experiencia de salida, búsqueda y retorno de una tierra a otra, y en la que después de partir tratamos de permanecer, habitar una lengua distinta a la lengua materna, devenida no-lugar, que se vuelve búsqueda infinita, circularidad trashumante, de la madre tierra a la errancia, al lado de Juan García Ponce y La errancia sin fin: Musil, Borges, Klossowski (1981).

Carretero resignifica la hospitalidad-trashumancia, para colocarse en la habitación interna: el “Rostro del Otro” —como lo expresan los ilustres espíritus de Grecia—, y  desplegar teofanías, potencias de la vida humana, estados de ánimo, formas divinas que tocan al hombre —su ser infinito y eterno— y obran en el mundo terrenal y cósmico. Formas epifánicas inspiradas en la divinidad primigenia de Phanês (luz), deidad originaria de la procreación y la generación de nueva vida: phaenomeno, aparición del brillo, lo que deslumbra allí, revelación del paso de la oscuridad a la luz: acto de imaginación divina primordial (Corbin, 1993).

La trashumancia y la hospitalidad como teofanías —Carretero dixit— nos colocan en una “geografía mística”, una “ciencia de la imaginación”: una poética aristotélica, como la dimensión más vasta de la creación. Una geografía mística que se deslinda de la experiencia de lo sagrado y la trascendencia como hechos aislados y excepcionales, propia de santos o consagrados a la adoración divina. Pues la contemplación teofánica, la “ciencia de la visión”, en realidad es el carácter primordial de todo ser humano, de la relación con la otredad, la epifanía como exhalación divina y la teofanía como contemplación de este destello. Por ello da cuenta de la relación social basada en la justicia, según Emmanuel Lévinas: “Es necesario obrar con justicia —la rectitud del cara-a-cara— para que se produzca la brecha que lleva a Dios; y la ‘visión’ coincide aquí como obra de justicia” (Lévinas, 2006: 101). Su vivencia confirma y da fe de la existencia ascética, de la ascensión de los seres, que comienza con el desnudamiento del nudo de las creencias dogmáticas, justo cuando la ciencia ortodoxa deja lugar a la ciencia de la visión. 

Reyna Carretero nos invita a su peregrinación trashumante donde convergen las voces pasadas y presentes de la humanidad, en una temporalidad cíclica infinita que evoca poéticamente —como dice Octavio Paz— eso otro que nosotros mismos somos y que la poesía nos revela por instantes; otro modo de ser, nuestro existente errante, ambulante, vagabundo, nómada. Permitiendo el tiempo hospitalario, donde la trashumancia y la hospitalidad se revelan como los fundamentos de una ética ineludible: una ética hospitalaria. Porque Carretero es muy consciente del panorama social del nuevo milenio: la transición del trabajo fijo al trabajo “desterritorializado”, la movilidad forzada por guerras, por las catástrofes ambientales y la ubicuidad del sistema tecnológico, que en su conjunto dan paso a una “sociedad movediza”, limitada por un marco institucional y jurídico —que funciona como “estado de excepción” (Agamben, 2007) para trashumantes— que impide el libre flujo de las poblaciones, pues está diseñado para el sedentarismo. 


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