El “carajo” es un lugar indeterminado e intangible, que no aparece en la traza urbana de ninguna ciudad, en un croquis de lugareños, en una Guía Roji ni en un mapa.

La palabra, de acuerdo con sus distintas acepciones, puede utilizarse para expresar alegría, admiración, entusiasmo o enojo, aunque la última connotación es la más usual en estos tiempos.

Viene a cuento el tema por lo que ocurrió el domingo pasado en Sonora, donde el titular del Ejecutivo, reunido en olor de multitud con Alfonso Durazo Montaño y el pueblo Yaqui, dio en la manía de agregar una simpática expresión popular a su ya amplio repertorio, cuando -sin ambages ni matices- mandó “al carajo” a los conservadores que, según él, le hacen la vida imposible.

El vocablo y la expresión “mandar al carajo” vienen de los mexicanismos del siglo XVI, pues se usaba para mandar a alguien tan pero tan lejos, que aquel lugar al que era enviado podía ser el confín del mundo, un territorio del otro lado de la sombra o un lugar situado más allá de donde se produce lo que se le unta al queso.

Pese al hecho de que “el carajo” sea un lugar indeterminado e intangible, una parcela de polvo molido en el viento o un rumor de oscuridad que recorre el país, de cuerpo generalmente etéreo y de naturaleza invisible, esto no significa que ese lugar “incorpóreo” no exista.

Desde que el lenguaje nombra “algo”, ese “algo” existe, porque nombrarlo es darle existencia, rostro e identidad, y en eso consiste una de las tareas de la cultura: en animar las cosas, en dotarlas de un “ánima” y una “imagen”, sacarlas del territorio amorfo e inanimado de lo que no es para darles vida a partir del lenguaje.

El “carajo” no es el centro ni la orilla de nada, pero es un “lugar verbal” con el que se puede jugar retóricamente para ensalzar a alguien o mandarlo a “freír espárragos”, dependiendo de la intención con que se empleé la palabra.

El Colegio de México (ColMex), en su sitio en línea, define la expresión “mandar al carajo” como “dejar de tomar en consideración algo o a alguien y abandonarlo o echarlo lejos de uno”. Aquí, lo que hay es claramente una expresión de intolerancia, de molestia y enojo ante aquel a quien se ha mandado a la lejanía o a la región de las sombras.

En el “Diccionario del español de México”, la expresión significa “no valer nada o no importar nada una cosa”, o en su defecto “valer un reverendo carajo”.

El sitio www.aulafacil.com define que cuando mandamos al carajo a alguien, “estamos diciéndole de una manera vulgar que nos deje tranquilos, que pare de molestar y se marche”.

De acuerdo con esto último, el “carajo” no es sólo un “lugar verbal” sino también un “lugar emocional” que expresa hartazgo, fastidio, exasperación, irritación y otras palabras aún más fuertes.

Yo no soy ni me siento conservador (de hecho, soy más de izquierda y progresista que muchos de los que se asumen de esa alineación) y, por esta razón, tampoco me siento mandado al carajo. Ese saco no me va ni se ajusta a mi complexión: lo dejo en mejores manos.

Lo que preocupa es el lenguaje del presidente, ni más ni menos, porque al margen de cómo se llame y de que pertenezca a Morena, es la máxima autoridad del país y debería conducirse con el respeto, la dignidad y honorabilidad que incumben a la investidura.

La palabra de un jefe de Estado y Gobierno ha de ser institucional, reflexiva, mesurada, aseada y de convocatoria a la unidad y a la acción por la República, en lugar de salpicada de senilidades y demencias y prototipo de un estilo barbaján. Esto no ayuda al presidente, no ayuda a su causa ni ayuda a la República.

López Obrador quería ser Presidente de México, depositario de la investidura presidencial y símbolo de lo que todo ello representa. Lo que no sabía ni calculó es que el ejercicio del poder demanda inteligencia racional, pues en una democracia se gobierna con minorías, disidentes y voces opuestas, no únicamente con quienes idolatran el pensamiento único.

Su gobierno no está dando resultados, las cosas le están saliendo mal; así lo indican los temas de seguridad, economía, sus megaproyectos, la corrupción y la sucesión presidencial, pues exhibe la actitud y fastidio de un hombre frustrado y cada vez más sólo.

Hace días, cuando vio la reacción pública por sus declaraciones de presunto contubernio con el crimen organizado, sin empatía con las víctimas, pidió un análisis a varias áreas de la Presidencia, en el que se señaló que su posición había sido un error. En lugar de tomar las conclusiones con ánimo autocrítico, para aplicar los correctivos necesarios, despidió a las cabezas de equipo que habían hecho el análisis. Lo peor que puede ocurrirle a un presidente, es pretender que sus asesores sean fiel reflejo de lo que él cree y piensa. Así, da la impresión de que quiere mandar todo al carajo. Allá él.


Pisapapeles

Podríamos fundar un pueblo con el nombre de El Carajo: el gentilicio de ahí sería carajenses.

leglezquin@yahoo.com

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