Una sociedad se descompone -o puede descomponerse- de muchas maneras, cuando un conjunto de factores la divorcian de sus valores universales, la ingresan en una crisis de autoestima y confianza y activan en ella, por decirlo así, el germen de la autodestrucción que vulnera sus sueños y capacidades.

Los síntomas que apuntan a una descomposición (lo digo con precaución y reserva, pues no soy experto en el tema) son del más variado signo e incluyen incertidumbre sobre el rumbo del país, resquebrajamiento social, crisis de cohesión en las familias y un patrón de neurosis y conflicto en las relaciones interpersonales.

El remplazo de la cultura y los valores universales, en aras de un experimento de nacionalismo “único” en el mundo, por desprecio a cualquier expresión de elitismo y cosmopolitismo artístico y cultural, ha privado a México de los grandes aportes de otras culturas, lo ha achicado aún más y ha producido en él la idea rinconera de que es “mejor solos” que mal acompañados.

Poco se ha reparado en que las monogamias culturales, y las de otro tipo, son en realidad endogamias: nos permiten vernos a nosotros mismos, pero impiden ver al otro; empobrecen la sangre y en el corto plazo hacen del gen recesivo el huevo fecundante de incontables malformaciones.

De pronto cae el “sueño mexicano” en el que Jean-Marie Gustav LeClézio vio las raíces antropocósmicas de una civilización y, al mismo tiempo, también se debilita la ´imagen´ que los mexicanos nos habíamos hecho de nosotros mismos.

Extraviar lo que hemos sido sin saber lo que somos ahora, es la clave principal de la descomposición actual, porque en el “limbo” ninguno puede definirse, saber quién es y menos atreverse a definir lo que es el otro.

En el Libro IV del tratado sobre La República (cito de memoria), Platón hizo el trazo de una sociedad en estado de decadencia y descomposición, cuando sentenció: “El mal viene a las repúblicas por el hecho de que no hace cada quien lo que le corresponde”. Si Platón no se proponía, hace más de dos mil años, referirse al México nuestro de todos los días, indirectamente lo hizo, porque hay países que caben en el retrato hablado de los intelectuales y los filósofos.    

El fracaso espiritual lleva a la antesala de otros fracasos, incluido el material: no saber quién se es ni a dónde se va conduce a la parálisis del ánimo, a no saber qué hacer y a no acertar a encontrar nuestro lugar en el mundo.

La falta de coordenadas y sentido de ubicación hacen del individuo un ser vulnerable, perdido en la marea de los acontecimientos, movido al garete según los caprichos del azar y sin asideros ni control de sí mismo, al que pueden fácilmente manipular los moldes de autoritarismo y pensamiento único que atenazan al mundo de hoy.

Precarizar al hombre es el camino más corto para someterlo y controlarlo, porque sin satisfactores vitales se agudiza en él el instinto de sobrevivencia, que a su vez engendra el individualismo agresivo de la lucha por el pan, el empleo y las oportunidades de desarrollo, donde el egoísmo insolidario se vuelve la piedra de toque de las relaciones sociales: la ´jodidez monetaria´ como motor de una nueva lucha de clases y partera de la historia.

Es la falta de ancla en el mundo y el no-saber-qué-hacer donde radican el caos y la confusión social reinantes; a su vez, son el caos y la confusión social los climas donde afloran y se reproducen con mayor fuerza los rasgos del individuo, de la sociedad y el país que no queremos ser.

A estas alturas, viendo cómo avanza el fantasma del deterioro, a muy pocos les queda duda que las matanzas por ajustes de cuentas y las masacres por el control de plazas son una de las manifestaciones más evidentes de la descomposición que padecemos.

El incremento y la proliferación de conductas delictivas, lo mismo que la elevación en el consumo de opiáceos, psicotrópicos, barbitúricos y otras drogas, son indicios de que un clima de descomposición social avanza sobre México.

En el darwinismo biológico sobrevive y se abre paso el más apto, el que muestra más resistencia y mayor capacidad de adaptación al entorno; no obstante, el riesgo latente en una sociedad como la nuestra radica en que el darwinismo no sea sólo biológico sino económico, laboral y de psicología social, pues es en sociedades en crisis de ajuste donde más se ocupan instinto, astucia, aptitud e inteligencia para sobrevivir.

La descomposición puede ser el resultado casual de que alguien no sabe lo que hace, o, en su defecto, puede ser el producto programado de alguien que sabe perfecta y calculadamente lo que hace. Bajo cualquiera de los dos supuestos, el que pierde es México.  


Pisapapeles

La pregunta que hace uno de los personajes de Juan Rulfo, en “Pedro Páramo”, es enteramente aplicable al México de hoy: “¿En qué país estamos, Agripina?”.

leglezquin@yahoo.com

 

 

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