El banquito verde de Silvano

Por Leopoldo González

Nunca un banquito color verde se había convertido en algo singularmente perturbador en la historia de México, hasta que el Gobernador de Michoacán, Silvano Aureoles, hizo de él un ícono de la “cruzada por la legalidad y la paz”.

El día que pidió audiencia, a fines de junio, en Palacio Nacional, para presentar evidencias sobre la presunta y “dolosa intromisión de algunos cárteles” en el proceso electoral del 6 de junio, fue rechazado y mal vista su presencia por el presidente Andrés López, quien se negó a atenderlo y a hablar con él, desoyendo lo que mandan los cánones democráticos y republicanos.

Ante la descortesía, falta de respeto y desaire presidencial, el Gobernador de Michoacán no tuvo más alternativa ni empacho que esperar, a las afueras de Palacio Nacional, a que recapacitara el titular del Ejecutivo. Nunca lo hizo.

Fue entonces cuando, de entre el anonimato, la mano invisible de alguien (una señora piadosa o un ayudante del gobernador), hizo el quiebre estratégico y operó la entrada del famoso “banquito” a la escena pública del país.

A partir de entonces, el banquito verde ha sido punto de apoyo de una espera y símbolo de desprecio político: quien no cree ni piensa como Andrés López se expone al “descolón”, a la burla chaira, al ridículo público.

Entre la fanaticada de la casa guinda, con trabajos se toma en serio la causa que el Gobernador del Estado se ha echado a cuestas, y peor -peor aún- si lo hace con un “banquito verde”. Pero la inteligencia estratégica de alguien hizo ya de ese banquito un referente de la decadencia de Morena, que será recordado más allá de 2024.

Después de no ser recibido ni por Zaldívar, alfil de primer orden de la 4T en la SCJN, Silvano Aureoles hizo lo que correspondía a un político de su rodada y a una denuncia del tamaño y la trascendencia como la que trae entre manos.

En giras de medios con los comunicadores más importantes del país, y en audiencias con grupos parlamentarios y el consejero presidente del INE, Lorenzo Córdoba, Silvano Aureoles logró posicionar en un mes, ante la mirada atónita de algunos, un tema que incomoda al amlomorenismo y que no es ajeno a Washington y a la DEA: la presunta incursión de malandros en las elecciones mexicanas, los hilos de una vinculación narco-poder y el peligro de un narco-Estado en México.

Aunque fue el gobernador el que ventiló el tema con casta y enjundia, y lo volvió terminal nerviosa de la agenda nacional, expertos en seguridad y narcotráfico como Erubiel Tirado, Eduardo Guerrero, Ricardo Ravelo y Jorge Fernández Menéndez han advertido el mismo riesgo en textos recientes.

Del 6 de junio a la fallida consulta del 1 de agosto, México asistió a la profundización exponencial de las crisis de partido y de gobierno que agobian al populismo autoritario de Andrés López. Sin embargo, lo que vino los primeros días de agosto fue una semana de perros para Morena, AMLO y la 4T.

El inocuo y ridículo banquito de Silvano Aureoles hizo camino al andar. Pero el trabajo subterráneo del tiempo también hizo su parte: como el bisturí, removió lo que encontró a su paso y produjo en el actual gobierno un boquete de credibilidad del que no va a reponerse fácilmente.

En el ajedrez, un rey acorralado avanza hacia el jaque mate: su destino es la derrota y quizás el descrédito. El presidente Andrés López está empezando a conocer lo que es una cita con el destino. 

Qué peso e influencia llegaron a tener las giras nacionales, los señalamientos internacionales y las denuncias ante la OEA y la CIDH del Gobernador de Michoacán, Silvano Aureoles, será difícil determinarlo. Pero una cosa es cierta: el efecto dominó está a la vista.

Por lo pronto, la crisis iniciada en el TEPJF desembocó ya en la renuncia del magistrado José Luis Vargas Valdez, alfil de contentillo de Palacio Nacional, quien tendrá que explicar en los próximos días qué gruesas corruptelas lo beneficiaron y qué asuntos lo vinculan con el delito de lavado de dinero.

El otro peón de Julio Scherer y de Palacio Nacional, el presidente de la SCJN, Arturo Saldívar, quien estaba empeñado en la prolongación de su mandato por orden presidencial, de repente perdió interés y ya no empujó el asunto, quizás porque puso a tiempo sus barbas a remojar.

De cualquier modo, la caída del magistrado Vargas Valdez hizo visibles varias cosas: el estilo barbaján con que suele proceder y presionar el actual gobierno, para que las cosas se hagan a su modo y según su interés; el enorme desaseo y la falta de ética con que el círculo presidencial intenta imponer, en cualquier instancia, el capricho del vértice del poder; por último, el hecho de que las grandes crisis de la 4T son provocadas, precisamente, por la misma causa que hace de la cerrazón y el capricho un estilo invariable de gobierno.

Quizás la caída de un circuito de poder en el TEPJF, y la pérdida de arrestos de Arturo Zaldívar en la prolongación de su mandato, lo que indiquen es que se despeja el camino -poco a poco- para depurar parte de las elecciones del 6 de junio, entre las que figura un recurso madre que pide la anulación de la elección a gobernador de Michoacán.

El banquito verde de Silvano Aureoles ya hizo historia, y es muy probable que la siga haciendo.


Pisapapeles

Por el lado literario, el banquito colinda con el notable ensayo “Elogio de la silla”, del escritor Joaquín Antonio Peñalosa, y, por el lado político, con los “desbancados” del México que viene. 

leglezquin@yahoo.com 

 

         

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