El Fiscal General de la República, Alejandro Gertz Manero, por los presuntos negocios turbios y los asuntos que lo ligan con abusos de poder y flagrantes conflictos de interés, es un caso muestra del estilo de gobernar que trae cayendo a Morena y temblando al país.

Desde el 14 de diciembre de 2018, cuando se creó la Fiscalía General de la República y fueron decretadas su autonomía e independencia, México pareció transitar hacia esquemas de procuración e impartición de justicia más modernos, en los que la Ley y las instituciones estarían encima de las pasiones y los apetitos de los hombres.

La creación de las fiscalías era una superación de las procuradurías como apéndices del Ejecutivo, lo que implicaba casi la creación de un cuarto poder dentro del Estado, con facultades, uñas y dientes suficientes para limitar cualquier exceso y atemperar toda forma de abuso de poder.

El país, de la mano de esa reforma, pudo haber dejado atrás atavismos para transitar hacia un esquema de justicia plenamente moderno. El uso y abuso de la Ley y las instituciones para perjudicar a los sin poder pudo haber pasado a ser un mal menor en nuestra historia, porque la modernidad había llegado para quedarse. Dinamarca, Holanda y Finlandia iban a parecer tribus cavernícolas frente a la radiante modernidad mexicana.

Sin embargo, algo ocurrió entre la creación de la Fiscalía y la designación de su titular, que terminó por frustrar uno de los resquicios de modernidad bajo el gobierno de la 4T.

Si la anormal persistencia del patrimonialismo hace del Estado patrimonio personal del gobernante, la Fiscalía de Gertz Manero pasó a ser algo contrario a su diseño, fiscalía de asuntos personales, tentáculo del poder presidencial a la caza de chivos expiatorios e infieles, instancia de abuso de poder para perseguir a los que se resisten a lavar sus pecados e instrumento de venganzas familiares, como el caso de la hija de la excuñada del propio Gertz, Alejandra Cuevas, quien desde la prisión pugna por su libertad contra todo un aparato de Estado.

Gertz Manero, desde la Universidad de las Américas (UDLA) y todavía en el gobierno de Fox, cuando fue responsable de la seguridad pública, se construyó una imagen de decencia y honorabilidad que hizo de él uno de los santos varones de la derecha. Pero al Gertz Manero de hoy, el que sirve a la 4T, le han bastado tres años para perder intachabilidad y decencia, a cambio ganar en los bajos fondos de la economía política.

No se sabe con certeza qué negocios trae en Palacio Nacional y en cuántos otros anda metido el Fiscal, pero sí se sabe, por publicaciones recientes, que tiene depósitos en cuentas fuera del país por más de 7 millones 700 mil dólares.

Se sabe, también, que una de las razones de la salida de Julio Scherer de la consejería jurídica de la Presidencia, fue su confrontación permanente con el Fiscal de bronce. No se sabe quién le estorbaba más a quién, en lo que toca a abultar el cebo de la billetera, pero sí que ambos se estorbaban y eran un estorbo ya intolerable para el cielo de utopías de la 4T.

Como hipótesis de trabajo es válida y como presunción de negocios turbios también: si una estructura de extorsión política tiene lugar en los corredores de Palacio y terminales nerviosas en varios rincones de la administración federal, alguien que no es ningún anónimo podría haberse beneficiado de los millones de Juan Collado y de los que ingresan a la FGR por concepto de cohechos, confiscaciones y decomisos.

En días recientes trascendió el caso de Alejandra Cuevas, hija de la exesposa de Federico Gertz Manero, quien permanece en un penal federal y ha sido víctima de abuso de atribuciones por el Fiscal de bronce. Aparte de la resaca de heridas y enconos familiares, hay ahí mucho dinero de por medio, lo cual explica que el Fiscal haya hecho de su puesto y sus subordinados toda una fortaleza para influir en los litigios de la señora Cuevas.

Los audios que conocemos, que el Fiscal tenga en sus manos un proyecto de resolución de la SCJN y que el ministro Zaldívar salga con cajas destempladas a decir que las sentencias de ese órgano son imparciales y se fundan en derecho, son fintas que delatan la complicidad de funcionarios públicos intentando dañar las garantías procesales y los derechos humanos de una mujer, cuyo mayor error fue llegar a ser parte indirecta de la familia del Fiscal de bronce.

Los delitos en que ha incurrido el Fiscal, y no presuntamente sino desde el punto de vista de la lengua de Castilla, son varios: violación de la presunción de inocencia, abuso de autoridad, tráfico de influencias, abuso de atribuciones, conflicto de interés y, desde luego, insulto a la inteligencia de los ministros dignos de la SCJN.

La primera lección es clara: en un país que se respete a sí mismo y con auténtica vida parlamentaria, ese Fiscal ya no lo sería. La segunda también es clara: luego que se ha probado que la estatura de Fiscal le quedó grande a Gertz Manero, lo que se ocupa no es que haga de esa instancia un ente autónomo e independiente, sino independizarlo a él de la Fiscalía, para que por lo menos evite la fácil tentación de creer que su oficina es una extensión de su casa.

Algunos creyeron que sabían “dónde se alzaba el porvenir”, pero fue autoengaño o fingida impaciencia histórica la ansiada modernidad mexicana. En muchos aspectos México sigue dando vueltas a la misma noria, con la diferencia de que el pozo ha acumulado más lodo del que cabría imaginar.


Pisapapeles

La modernidad son muchas estaciones de ida y casi ninguna de retorno. Lo peor es que, al parecer, ya se nos fue el tren.

leglezquin@yahoo.com

 

 

 

 

 

   

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