El sábado 20 de noviembre, en la ceremonia por el 111 Aniversario del inicio de la Revolución Mexicana, el General Luis Cresencio Sandoval, en su discurso, cascabeleó con afirmaciones imprecisas, poco consistentes e indignas de un militar de su rango.

Sabemos que el poder no sólo conduce a traicionar principios; también distorsiona y obnubila el sentido de la realidad y envenena el entendimiento de lo que es el ejercicio público. Esto, ni más ni menos, es lo que le ocurrió al General secretario al abordar con desparpajo temas que desconoce.

Establecer equivalencias entre la gesta de Independencia, la Reforma y la Revolución del 10, como hechos ya consumados, con un proyecto en desarrollo llamado 4T, no sólo es un panegírico desproporcionado sino que subraya sus escasas luces.

Después, tomar el suelo raso para la empinada verbal de convocar a los mexicanos a respaldar el proyecto de la 4T, es algo que vino a degradar aún más al ejército y a las fuerzas armadas, porque comportarse como General exige estatura, clase, nivel y honorabilidad, pero comportarse como amanuense es acorrientar el cargo. Algo que puede explicar la actitud, quizás, es que en 2020 el 64% de los contratos de obra otorgados a las fuerzas armadas fueron concesiones discrecionales, sin concurso ni licitación.  

Y que no se entienda mal y nadie se dé por aludido: el ejército en funciones castrenses ha sido una institución histórica ejemplar y honorable, y por ello llegó a tener una opinión de respaldo social por encima del 60 por ciento de los estudios demotécnicos.

Hoy no es así, entre otras razones, porque muchos tenientes y generales han hecho de las fuerzas armadas carne de cañón de la delincuencia organizada. ¿Quién podrá olvidar, dentro de algunos años, que las peores vejaciones y humillaciones al ejército y a la GN han ocurrido de 2018 a la fecha?

Desde el inicio del actual gobierno se ha desarmado y humillado, en Tamaulipas, en Sinaloa, en Jalisco y en Michoacán dos veces, a tropas y capitanes cuya tarea central es, según el Reglamento General de Deberes Militares, el mantenimiento de la paz interna y la defensa de la sociedad.

El artículo 129 constitucional es muy claro: en tiempos de paz ninguna autoridad militar podrá ejercer más funciones que “las que tengan exacta conexión con la disciplina militar”. El colmo es que el militar, en tiempos como los que corren, es usado como peón o albañil o empleado menor, pero no como pieza clave de seguridad interior frente al crimen organizado.

El discurso del titular de SEDENA, el pasado 20 de noviembre, destruyó en pocos minutos la imagen histórica de honorabilidad de nuestras fuerzas armadas, porque “servilismo” no es igual que “lealtad” ni disciplina castrense equivale a ignominia. La ciencia de las palabras no se equivoca cuando llama a las cosas por su nombre y da en el blanco.

El General secretario, independientemente de si sus luces son satinadas u opacas, es titular de la Secretaría de la Defensa Nacional y, como su nombre indica, no está en su naturaleza constitucional ser de defensa partidista o gubernamental. Sería de pésimo gusto tener a un porrista o matraquero de la 4T como cabeza de la seguridad nacional.

La lealtad que se inculca en las aulas de la Escuela del Aire, la Universidad del Ejército y el Colegio Militar, es lealtad hacia algo incorpóreo como la nación, el Estado y la República, y de ningún modo hacia el rol transitorio de persona alguna.

El soldado no es soldado del presidente ni de ese galimatías llamado 4T, sino soldado de un estatuto de Estado y de una forma de República que los supera a todos ellos por historia y cultura.  

Hay en México, y no es poca, gente bien informada que, a partir del rollo chato y populachero del 20 de noviembre, ve venir a grandes zancadas el feo espectro de una dictadura. Lástima que los demonios de la cólera, el resentimiento y la ignorancia social sigan dando vueltas en el pozo sin fondo del fanatismo.

El Reglamento General de Deberes Militares pone en claro cuál es la función de los Generales, incluido, por supuesto, el titular de SEDENA: “Artículo 92.- Más que a ninguno de los miembros del Ejército en servicio activo, es a los Generales, por razón de su elevada posición, a quienes corresponde abstenerse, en la forma más absoluta, de inmiscuirse en los asuntos políticos del país, directa o indirectamente, ya sea por medio de su influencia o valiéndose para ello de militares o de civiles políticos, debiendo compenetrarse bien de que el Ejército debe estar por completo al margen de tales actividades”. ¿Lo sabrán quienes hacen del culto a la personalidad una debilidad de facciosos?

México no es el país de un solo hombre, sino una nación integrada por poco más de 126 millones de habitantes. Por ello, es necesario repetir que sin voces plurales ni disonancias críticas no hay verdadera cultura política.


Pisapapeles

Ojalá la tropa entienda lo que no quiere entender la élite militar: se lleva al país a una peligrosa encrucijada, y alguien debe detener tan deleznable experimento.

leglezquin@yahoo.com    

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