El poder se muerde la cola

Por Leopoldo González

El ejercicio del poder es muy importante en cualquier sociedad, pero depende de quién lo ejerce y cómo y para qué lo usa.

Por su naturaleza, el poder puede generar bienes o males públicos, pero el bien o el mal público que puede hacer es directamente proporcional a la salud o enfermedad de su titular, quien ha de representarlo y encarnarlo no como su dueño, sino como alguien puesto ahí por el interés general, para realizar el bien de todos expresado en el contrato social.

Estas tesis, desde Locke, Hobbes y J. J. Rousseau, pasando por Maquiavelo y Montesquiu, fueron la base de las clases que di en la maestría en “Estado, Gobierno y Políticas Públicas”, en las que analizamos el fenómeno del poder durante varios meses, para caer en la cuenta de que el peor sistema de poder es el autorreferencial: el del ego inflado, megalómano y enfermo.

A la luz de las experiencias de poder que conocemos, es momento oportuno para afirmar que México, bajo el actual gobierno, no va a enderezar su existencia ni a conquistar un mejor destino, sino todo lo contrario: va al precipicio seguro de un apocalipsis nacional. Me explico.

Después del 6 de junio, el titular del Ejecutivo ha vuelto a pelearse -como a lo largo de su gestión- con todo aquel que no sigue el latido e impulso de sus fantasías, obsesiones y necedades. Lo peor, con todo y que es grave, no es eso: lo peor es que ya atropella y ningunea, de muchas formas, el régimen constitucional del Estado que por ley debería defender, importándole poco si con él avanza a su autodestrucción. Al paso que vamos, México podría dejar de serlo antes de que concluya su gobierno.   

Hay otros aspectos de la vida nacional en los que se ve a un gobierno autista, delirante, fuera de la realidad, puesto a defender causas ajenas con grave descuido de la propia casa. Esto, además, es un claro ejemplo de su incompetencia para gobernar. Veamos.

Tras el surgimiento de agudos cuadros de crisis entre sus gemelos ideológicos y aliados naturales como son Cuba, Nicaragüa, Venezuela y Bolivia, López Obrador no aguantó las ganas de verse -según él- progresista y partidario de los pobres, y en un santiamén salió en defensa de sus amigos los dictadores, olvidando que esos pueblos no están mal por culpa del “imperialismo yanqui”, sino a causa de la ineficiencia burocrática de los bloqueos y dictaduras de su interior.

Al margen de que la defensa de un dictador conduce a quien lo hace a enseñar el cobre, López Obrador no se quedó corto y en un evento para conmemorar el natalicio 238 de Simón Bolívar, de plano soltó lo que oprimía su pecho cuando invitó a “cambiar a la OEA por un organismo no lacayo”, como si el que tanto sirvió a Trump tuviese autoridad moral para hablar de lacayismos.

Quizás no sea por fuerza malo que el presidente de la República asuma, de vez en cuando, posturas críticas o “desalineadas” en materia de política internacional. Lo malo, eso sí, es que crea que habla por todo un país y que coloque a México en una lista de países impresentables, de la que hasta ahora no forma parte.

Tal vez tampoco sea censurable que el titular del Ejecutivo se ponga la camiseta del activismo internacional, que lance denuestos y cuchufletas aquí y allá y se crea el cuento de que es el líder indiscutido del hemisferio. Eso, no necesariamente es malo ni censurable.

Lo malo y censurable es que el presidente de la República quiera -según él- dar lecciones de lo que ignora y desconoce. Lo malo es que pretenda vender una imagen idílica a Latinoamérica y al mundo, que no concuerda con el México descompuesto que hoy tenemos. Hay un refrán, muy mexicano, que aplica a la situación: “Ser candil de la calle y oscuridad de la casa”.

Mientras la borrachera ideológica hace estragos en los más cercanos al poder, la geografía del delito y el negocio del crimen avanzan sobre México.

Según el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, la implantación territorial de más de una docena de cárteles está tomando la respiración del país en sus manos. Pero el usuario del poder sexenal anda en “su” viaje.

La alta incidencia delictiva que reporta el Sistema Nacional de Seguridad Pública, indica que el daño a la propiedad privada ha crecido un 24 por ciento, los robos a casas-habitación han incrementado un 37%, los delitos de violencia doméstica en su pico más alto, el delito de abuso de confianza un 10 por ciento, la violación un 32%, el feminicidio al alza, el tráfico de menores un 700 por ciento y, por su parte, el asalto a mano armada suma 30 mil víctimas en el último año.

En otras palabras, cuando la incompetencia brilla y hace bulto por sí misma, los datos duros no hacen sino reflejar la dureza de la realidad. Tan sencillo, y al mismo tiempo tan complejo como eso.


Pisapapeles

El poder vive en deuda permanente con el crítico y el disidente, porque la realidad sólo puede ser lúcidamente explicada por el que ha cultivado la disonancia crítica y el investigador de la verdad que se atreve a hacer de ella un estandarte de dignidad. 

leglezquin@yahoo.com
www.letrafranca.com     

 

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