El presidente anda mal

Por Leopoldo González

La forma de comunicar dice mucho de un gobierno y de quien lo encabeza. De aquí la importancia de saber medir las palabras y saber lo que se dice, cosa que no es un rasgo que caracterice a la administración actual. 

Es posible que López Obrador, de acuerdo con su círculo rojo, haya adoptado un libreto de telenovela (quizás sugerido por Epigmenio Ibarra o algún guionista del “libro vaquero”) para orientar su discursiva y comunicación según tres premisas: (1) atacar y descalificar sin ton ni son, y además sin razón; (2) provocar a la inteligencia sensible y crítica de su gobierno, sólo para que reaccione según convenga en cada caso; y (3) hacerse la victima e inmolarse después de cada andanada, para que la comunidad chaira y fanática sienta que debe montar en cólera y pedir el paredón para los infieles que no simpatizan con el galimatías llamado 4T.

Si estos son sus ejes de comunicación, esto significa que desde el gobierno se despliega, cada mañana y todos los días, una estrategia mediática a la que no le interesa lo que siente, ve, cree y piensa México, sino única y exclusivamente lo que siente, cree, se le antoja y atina a desear un gobernante al que cada día le sientan mejor los aires del presidencialismo megalómano.

Este modelo de comunicación, si lo podemos llamar así, tiene algunas ventajas de tipo personalista y psicológico, pero también déficits, lagunas e incoherencias que no deberían permitirse y que chocan con el diseño de un Estado pluralista y democrático.

Las ventajas del estilo de comunicación personalista y patriarcal traen a Andrés López con un 59 de aprobación, lo cual no es precisamente un buen dato, pues lo que abulta la composición de la cifra, además de los sesgos metodológicos, es el trabajo de la cuñada de AMLO en el bombardeo a redes sociales, la endeble formación chaira, los “débiles de espíritu” en esa causa clientelar, el analfabetismo de la opinión común y el analfabetismo funcional de la opinión de “izquierda”.

Pero las debilidades e inconsistencias de esa forma de comunicar atañen, desde luego, a factores que vulneran y deterioran al Estado, porque es la impronta de un personalismo enfermo la que comunica y no un formato republicano, democrático e institucional que asuma y respete la pluralidad de opiniones que conforman al país.

En un sistema democrático la opinión y la discusión de los asuntos públicos corresponde a la sociedad abierta y democrática: el obrero, el politólogo, el comunicador, el académico, el ciudadano y todos los que pueden opinar desde la intemperie civil. En estos terrenos el poder no está para opinar sobre nada, porque está para decidir sobre casi todo: la mejor opinión del gobernante no está en el decir sino en el hacer.

Además, un formato de comunicación política vertical y telenovelero nada aporta al debate informado y riguroso de la problemática social, porque ni va al meollo de los asuntos públicos, ni agrega sustancia conceptual a lo que se dice y sólo se dirige a explorar y remover las emociones e instintos más básicos del ciudadano. El que habla pero no apela a la racionalidad de las personas tiene muy poco que comunicar o lo suyo es la víscera pronta, y nada más.

El titular del Ejecutivo, por el chip de rebeldía y pendencia que lo domina, frecuentemente hace de la comunicación lo que la comunicación de Estado no es ni puede ser: un rincón de barriada de pugnas de arrabal, una antesala de cónclaves neuróticos, un ring de pelea en el que él es el boxeador y el réferi. O sea, un modelo de comunicación de aldea para pieles rojas. 

Aunque a algunos les parece que el Ejecutivo es un mago de la oratoria y la disertación, un genio del verbo al que no merecen los simples mortales, un non plus ultra de la incontinencia discursiva, AMLO deja mucho que desear en el uso del lenguaje con sus “dequeísmos”, “esteísmos”, “naquismos” y otros “ismos”, amén de las muletillas verbales con que no se da abasto. Y esto sin ir a la penosa profundidad de lo que expone, que ya sería materia de otra reflexión.

Además de lo anterior, la mentira compulsiva del presidente no le permite cuidar la investidura que dice preocuparle ni lo ayuda a ser artífice del mejor rostro posible de su gobierno. Lo que ha documentado Spin-Comunicación Política, que suma ya poco más de 67 mil afirmaciones falsas y no verdaderas en tres años de gobierno, no sólo indica una manía clínicamente peligrosa, sino que el país se halla en manos del gobierno más falso y embustero de su historia.     

Mentir sobre el CONACYT y luego hacerlo sobre la UNAM, por ejemplo, y además afirmar con cinismo que ya se acabó la corrupción en México, cuando lo único que ocurrió fue que cambió de época, de métodos y de uñas, son pinceladas de una forma de comunicar y mentir que daña al sistema político y no resulta edificante para nuestra democracia.

Es probable que muchos mexicanos no se hayan dado cuenta aún, en parte por ese estilo de comunicar torvo, astuto, placero, frívolo, envolvente, mareador, lavacerebros, hueco, de emociones básicas, finteador y de cortinas de humo. Sin embargo, México se encamina al precipicio de su historia.


Pisapapeles

Crear una cultura de amor y apego a la verdad, debería ser tan vital y estimulante como la necesidad fisiológica de respirar en los seres humanos.

leglezquin@yahoo.com

 

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