El presidente López Obrador no necesariamente es tan malo y ruin como lo ven la oposición y los críticos de su gobierno, entre los que me incluyo, pero sí necesita ayuda.

En esto coincidimos muchos, tanto los que en Morena saben que la 4T es mera propaganda, no se autoengañan ni hunden la cabeza en la tierra, como los que tenemos una genuina y sincera preocupación por México.

Pero aparte de que necesita ayuda, el presidente de la República debe dejarse ayudar. Y es en estos aspectos donde una parte del país tiene una posición, porque “está en la creencia” de que todo lo que venga de López Obrador es una bendición del cielo, y donde otra parte del país, sin actitudes crédulas ni fanatismos, afirma con base en la realidad y las ideas que el país en descomposición de hoy podría empeorar mañana.

Ojalá se entienda esto: cuando se hace crítica de algunos discursos y de ciertas decisiones presidenciales, no se está en contra del presidente López Obrador sino a favor de México.

Desde luego, ojalá también se entienda -sin telarañas mentales- que cuando se dice que el presidente necesita ayuda y debe dejarse ayudar, no se le está atacando ni criticando sin base ni fundamento: simplemente, se está diciendo que tiene defectos y limitaciones (¿y quién no los tiene?) y que, por muy presidente que sea, él no puede solo con el paquete. Así de claro, y también así de sencillo.

Los discursos del presidente López Obrador, aparte de los enconos de emocionalidad negativa que traen consigo, son los de un demagogo “mañoso” y “bravero”, no los de un estadista con clase y nivel.

En el caso de los jesuitas, es más que claro que desde el 9 de septiembre de 1572, cuando desembarcaron en San Juan de Ulúa los primeros ocho sacerdotes de la Compañía de Jesús, y hasta el momento en que fueron expulsados del país en 1767, con obscuros argumentos de poder, le hicieron mucho bien y le dieron músculo cerebral a nuestro país fundando escuelas, colegios, misiones, y en incontables empresas que contribuyeron a forjar la identidad nacional.

Ahí, tras el asesinato de dos jesuitas por el malandro conocido como “El Chueco”, en las escarpadas colinas de la sierra de Creel, Chihuahua, el presidente pudo y debió ser más sensible y empático: en lugar de confrontar a los jesuitas y la Iglesia debió dar señales de que se investigarían los hechos y se perseguiría y castigaría a las organizaciones clandestinas del “malamén”.

No sólo en ese caso. Encima de que la víscera pronta le aconsejó castigar con saña a la Compañía de Jesús, se lanzó contra el publicista Carlos Alazraki por su condición de judío, distorsionando hechos históricos que el presidente debía conocer y no conoce: el antisemitismo fue la patología de poder de los nazis de Hitler, no de los judíos.

Ya ni hablemos de otros temas, muchos en verdad, en los que cuando no se muestra el cobre se enseña la naquez o se publicita la orfandad de conocimiento.

El presidente necesita ayuda, por otra parte, en las grandes decisiones que habrán de darle “ponch” y rostro a su gobierno. Respecto a la construcción del Tren Maya, que más parece una necedad personal que una política de Estado, me queda claro que quiere ser visto como el Gran Benefactor, y en una de esas como el Tata del Sureste.

Últimamente, el presidente anda muy ajetreado con el tema del “horario de verano”, y ya hasta mandó una iniciativa a la Cámara Baja creyendo que el 180 por ciento de la población de esta parte del mundo lo ve como ombligo del cambio climático global. La verdad es que ni en cuenta: el tema no es en modo alguno ni una convocatoria urgente a la sudoración ni una invitación apremiante al bochorno.

“¡Bendito sea el presidente que está al pendiente de nuestras penurias!”, me escribe un lector y buen amigo, “harto” preocupado por el rumbo y el destino de México.

Los temas del país son muy claros, hasta para quien no tenga nada claro en esta vida: la inseguridad galopante que desgarra, desangra y crea mil y un lutos sobre el rostro descompuesto de México; la economía popular borrada por la antieconomía presidencial; la educación en manos tontas reproduciendo el tipo de país que se quiere, a la medida de la 4T; el empleo que sigue perdiéndose y la pobreza que sigue aumentando.

Aparte de esos rubros, la crisis del agua y las corrientes migratorias que siguen y seguirán llegando al país, son asuntos a resolver como temas de verdadera urgencia nacional.

Yo he dicho: si el presidente es bueno, debemos estar con él porque así se lleva a México a mejores estándares de desarrollo; pero si es malo, con mayor razón debemos estar cerca de él y respaldarlo, porque así evitaremos desvíos y renglones torcidos, en la idea de tener un país justo y moderno.


Pisapapeles

A fe mía que quiero y deseo ayudar al presidente, con una sola condición: que se deje ayudar.

leglezquin@yahoo.com

  

 

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