La existencia del Instituto Nacional Electoral (INE), como parte de nuestro sistema político-electoral, tiene una historia y una razón de ser que sólo pueden valorarse en la medida que se entienda que sin órganos electorales independientes no hay democracia.

            Defender al INE hoy, luego del penoso ejercicio de revocación de mandato que no le funcionó a AMLO, no es defender ninguna estructura del pasado ni al antiguo régimen: es defender al último baluarte de nuestra democracia, y que, por serlo, es dique contra cualquier forma de autoritarismo.

La importancia de tener instituciones electorales autónomas es tal, que sin ellas no es posible pensar en poderes, cortes, judicaturas, órganos de gobierno y legislaturas que representen milímetro a milímetro la diversidad social y política que hay en el país.

Una democracia no depende únicamente de ideas elevadas y una conciencia social despierta; depende de que ideas elevadas y un buen nivel de conciencia cristalicen en un conjunto de órganos e instituciones que hagan posible que la democracia sea una realidad viva, visible, palpable, y no mero objeto de declamaciones discursivas.

Al cuerpo no le basta ser carne y un conglomerado de líquidos para serlo; le hacen falta cartílagos y un sistema óseo para poder decir “ahí va un cuerpo”, y que ese cuerpo tiene estructura, autonomía respecto de otros y capacidad de movimiento.

La idea y la cultura democrática pueden ser fascinantes y sublimes en la boca y el lenguaje de un orador, pero son mera abstracción si carecen de las membranas, cartílagos y el sistema óseo de una institucionalidad que las haga andar y las traduzca en realidades sociales.

A este respecto, tres cuestiones merecen el análisis y el comentario puntual, no sólo para defender al INE sino para salvaguardar lo que aún queda de nuestra democracia.

No todo aquel que dice o cree ser un demócrata en verdad lo es. Postular que es más demócrata el partidario de la democracia directa que el partidario de la democracia representativa es un error: la democracia es una sola y sus dos formas de aplicación son la representativa y la directa. Un demócrata de verdad no escoge una con desprecio de la otra, pues sabe que es un árbol con dos ramales. La democracia no es de medias tintas ni al gusto caprichoso de nadie: o se toma el tronco y sus dos ramales o no se toma nada, en cuyo caso no se es un demócrata cabal. Así de sencillo.

En lo que toca al pensamiento político, no es válido confundir gimnasia con magnesia ni paridas con preñadas.

El otro punto es esa tendencia contemporánea, que data de los noventa, la cual consiste en aprovechar al máximo los jugos, riquezas e instrumentos de la democracia para hacer llegar al poder egos enfermos y personalismos autoritarios, que a la vuelta del tiempo llevan al sistema al desgaste y al sacrificio y terminan instaurando en la cima del Estado delirios ideológicos con complejo de sistema solar.

Esa tendencia preocupa no sólo porque adultera los principios democráticos con desplantes de muy dudosa racionalidad, sino porque usa las bondades de la democracia para pavimentar el camino a sistemas y formas de gobierno diametralmente contrarios a ella: gobiernos unipersonales despóticos que colindan, por uno de sus extremos, con el autoritarismo y, por otro, con el totalitarismo.

En México estamos a tiempo de evitar que renazcan las tentaciones autoritarias de los años setenta, cuando “la fácil tentación populista” nos deparó la crisis más grave que se recuerde y llevó al país por sendas equivocadas.

La tercera cuestión que debe plantearse, ahora que se urde una ofensiva contra el INE, es la de saber si habremos de buscar un sensible mejoramiento de los órganos y procedimientos electorales o si la apuesta será su empeoramiento. Lo primero implica su fortalecimiento en todos los sentidos, comenzando por su autonomía; lo segundo significa diezmar y poner en entredicho su funcionamiento, para remplazarlos en busca de una institucionalidad electoral que favorezca al actual gobierno.

Hay que recordarlo una vez más, porque a veces la fragilidad de la memoria entraña riesgos de los que no se es cabalmente consciente.

Hasta antes de construir, a partir de 1997, un IFE independiente y ciudadano que es el actual INE, México tuvo organismos electorales diseñados para el control del gobierno en turno, que en su conjunto lo que hacían era facilitar y bendecir la autocalificación electoral, en la que casi siempre obtenía el triunfo el partido del gobierno.

Volver a episodios históricos ya superados, en los que la pluralidad social y política lo era de fachada y la concha del autoritarismo impedía el avance de la diversidad histórica y cultural de nuestro pueblo, no es lo más conveniente.

Las “democracias” a mano alzada, cuya forma de operar es el asambleísmo democrático, no son democracias sino esa fórmula de degeneración del sistema que desde la Grecia antigua se llama demagogia.


Pisapapeles

La democracia tiene tres pisos: el piso social, el piso intermedio y el vértice de la pirámide. Intentar jugar a la pirámide invertida en esta materia puede ser peligroso.

leglezquin@yahoo.com

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