En todos los regímenes, incluidos los que no pintan y los que tienen poco peso en el panorama internacional, la figura del consejero político reviste una importancia cardinal para el despacho de los asuntos públicos y el rumbo de la acción gubernamental.

Antiguamente, en la democracia ateniense y en la Roma de Marco Aurelio, el asesor político era una mezcla de asesor de guerra y asesor de Estado: se hacía política por medio de la guerra y la guerra era (Lenin dixit) “continuación de la política por otros medios”.

Es en el Renacimiento y más acá, donde la figura del consejero político adquiere la importancia, el rol, el peso y el perfil que tiene hasta nuestros días, en el sentido de ser neurona competente y avisada y cabeza fría de proyectos políticos y de asuntos de Estado y de Gobierno.

Aunque ya antes de la historia moderna Polibio y Gracián habían puesto su Pica en el Flandes del análisis, la cultura y el poder, induciendo aciertos y produciendo ensayos de lúcida profundidad para orientar el ejercicio del poder, el tipo de consejeros que vinieron después -sobre todo en la Francia de Napoleón, la Gran Bretaña de Churchill y la Alemania de posguerra- no demeritan el trabajo fino y estructurante de los grandes asesores políticos de otros tiempos.

Como en todas las demás, también en esta área del trabajo profesional e intelectual ha habido oportunismos, amiguismos, “chambismos” y otro tipo de altibajos.

Si Felipe IV de España pudo tener 223 escritores-criados a sueldo en su corte, la réplica en el siglo XX fue la integración del intelectual a la vida palaciega, pues esa fascinación de algunos por buscar el oído del poder (Rey, Virrey, General, Cacique, Alteza Serenísima, Señor Presidente, Mesías) ha sido una de sus principales debilidades. Incluso, hay varios libros escritos en México a la sombra del poder: por amasiato o incesto u otra razón, pero escritos dentro de la red de protección que el poder brinda a sus cercanos.

El rol más edificante del asesor político y el consejero de Estado es dar fundamento, vigor intelectual, vuelo conceptual y rumbo a las tareas que tiene asignadas, porque es al técnico y al ideólogo a quienes corresponde ponerle riel y horizonte a la tarea política y de gobierno.

Malbarata y empobrece a la consejería política el que haya aspirantes y suspirantes a todo, que no entienden ni aquilatan el sentido profundo y la importancia estratégica de lo que es un trabajo de consultoría o de consejería. Por eso se suelen entregar tales encomiendas al propagandista o al incondicional, pero no al perfil y al talento probados.

En algunos casos, que en México por empleomanía se han vuelto legión, se confunde el trabajo de asesor o consejero político con el de hábil sostenedor del portafolio o “cargamaletas”. No es, ni de cerca ni de lejos, lo mismo.

En el mismo supuesto se encuentra el espíritu cortesano, al que lo mismo le da ser fábrica de elogios fáciles que ser manufactura de lambisconería. Desafortunadamente, es uno de los oficios más socorridos y mejor retribuidos en nuestra baja política, quizás porque las bisagras en el espinazo son cosa corriente y no requieren mucho mantenimiento, ni de lubricantes ni de aceites.

Los políticos de talla y nivel, los que hacen época y eventualmente se transforman en estadistas, suelen rodearse de buenos asesores que dotan de cierto plus a su tarea: trascienden la grilla y le ponen nervio y visión estructurante a los proyectos de que se trate. Los carentes de talla y nivel carecen de talla y nivel hasta cuando contratan asesores.

Helmut Khol fue canciller de Alemania reelecto tres veces, no sólo porque traía el palpitar de su país en el pulso sino porque supo rodearse de asesores calificados. Y lo mismo puede decirse de Angela Merkel, quien dejó el poder hace unos meses: a las virtudes del político aunó las del estadista, con asesores talentosos y que tenían ideas claras sobre su país y su tiempo.

Quizás la Perestroika de Mijail Gorbachov no habría tenido tanto éxito en la liberalización de Rusia y podría no haber sido un parteaguas en la historia contemporánea, si no hubiera tenido un gabinete non plus ultra y asesores de primera.

El recién reelecto presidente de Francia, Emmanuel Macron, producto de sí mismo y del apartidismo francés, con importantes puntos de contacto en la izquierda democrática, no sería un político en ascenso sin la enorme contribución de los cabilderos y asesores que le han dado hambre de horizonte a su proyecto.

México es un caso digno de estudio por atípico: por primera vez tenemos un presidente sin asesores reales y que no se deja asesorar; es decir, ni López Obrador sabe escuchar y dejarse asesorar por quien realmente sabe, y los que fatalmente lo rodean no saben qué es, como se hace y para qué diablos sirve la asesoría política.

Quizás esto explique, entre otras cosas, la verdadera causa de por qué la 4T encabeza un país en descomposición.


Pisapapeles

Los políticos que se rodean de asesores de nivel pueden llegar lejos y fijar una huella en la historia. Los otros no.

leglezquin@yahoo.com   

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