Morena se ha alzado con la victoria en otros cuatro estados del país, donde hubo elecciones el domingo anterior.

Con Oaxaca, Quintana Roo, Hidalgo y Tamaulipas, que ahora se suman a la ola guinda, Morena tendrá en sus manos veintidos estados, aunque habrá que ver si la elección de Tamaulipas termina en tribunales, pues la notoria presencia de funcionarios y dineros federales -además de sombras del “malamén”- hizo de la elección una operación de Estado.

El cuatroteismo, como en los mejores viejos tiempos del PRI, aspiraba al “carro completo” en las elecciones del pasado domingo, pero su victoria se redujo a cuatro estados, porque la alianza “Va por México” retuvo Aguascalientes y Durango.

Morena sigue siendo visto por los ciudadanos, quienes no pocas veces sucumben a la desinformación, la conveniencia y el “lavado de cerebro”, como una fuerza nueva y que encarna -dice su eslogan- “la esperanza de México”.

Lo de que Morena es una fuerza nueva y además encarna la esperanza de todo un país, son aspectos que habría que discutir con ideas y responsabilidad, reposada y juiciosamente, sin apasionamientos ni fanatismos, porque en “tierra de ciegos” se suele dar por nuevo lo viejo y confundir el ansia de creer y la fuerza de la ilusión con la esperanza. No son lo mismo.

Sí habría que reconocerle, en justicia, tres cosas a Morena. La primera es que antes de las elecciones de 2018 tenía una legitimidad popular pero no una representación formal en el poder, y ahora, tres años y medio después, además de la presidencia tiene en sus manos el grueso de la representación política del país.

La segunda es que, con sólo una estrategia de saliva y “palabreo” (el término es de Anna Arendth), pues lo que ha destruido en poco tiempo es visiblemente superior a lo que ha construido, sigue manteniendo un nivel de aceptación social y competitividad electoral que no deja de intrigar e inquietarnos.

La tercera es que, sin ser un partido ni un movimiento moderno, coherente, bien articulado y con una idea clara de lo que necesita el país, su crecimiento es sostenido y tiene grandes semejanzas con el populismo de Getulio Vargas en Brasil, el peronismo argentino, el aprismo ya decantado del Perú y el movimiento Podemos de España.

Las causas que pueden explicar la fuerza creciente de Morena son cuatro: su discurso es emocional y se plantea como la opción de los desposeídos e insatisfechos que hay en el país, que son la inmensa mayoría; el respaldo al presidente sigue siendo alto y se traduce en votos; las redes clientelares multiedad suman a más de 39 millones de beneficiarios, y en una lógica de poder también son votos; por último, la sociedad prefiere seguir buscando su suerte con Morena, en lugar de apostar a un retorno de lo que ya conoce.

Todo esto, a la hora de tomar decisiones sobre el tipo de país que se quiere, no sólo pesa, sino que pesa de forma apabullante.

Entre algunas causas adicionales, pero no secundarias, que explican el apogeo electoral de Morena, figura el hecho de que AMLO no tiene frente a sí a un líder, partido o movimiento que le haga contrapeso simbólico y mediático, además de que cuenta con todos los recursos del poder -incluidos, por supuesto, los financieros- para desnivelar la cancha de juego en su beneficio.

Desde luego, tendrán que seguirse buscando causas y razones de por qué Morena es la opción electoral más votada hoy, aclarando -de paso- que una cosa es la eficacia de la popularidad y otra la popularidad de la eficacia. Lo popular es referente conceptual de la cultura de masas, pero no necesariamente es lo mejor.

Hay que dar por sentado que hay inercias históricas, motivos y razones que han hecho de Morena la oferta electoral que más crece. Junto a ello, también existen raíces históricas, motivos y razones por los que el ascenso de Morena preocupa a una parte importante del país.

Preocupa de Morena el desmantelamiento que viene haciendo del Estado mexicano sin proponer otro paradigma, porque los grupos que son empoderados desde la cúspide del poder no necesariamente son los mejores, y su protagonismo podría abonar de muchas formas a la descomposición del país.

Preocupa de Morena la manera en que se viene dando cuerpo a un Estado Unipersonal, porque de ahí a la tiranía o a la dictadura sólo hay un paso.

Preocupa, asimismo, el intento de alinear a México con los experimentos populistas del continente, cuando se sabe que ninguno de ellos es exitoso en calidad de vida política, infraestructura cultural y desarrollo económico.

            Una Morena muy morena no significaría dificultad alguna: el problema de Morena es que a veces homenajea a la “negritud” ideológica y otras parece muy “prieta”.


Pisapapeles

Propongo que Morena sea un partido vegano o vegetariano; esto, para evitarnos excesos gastronómicos.

leglezquin@yahoo.com

  

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