En otros textos y en distintos foros, he afirmado que lo que caracteriza a estos años, en México y parte del mundo, es una renuncia al ejercicio de la razón que privilegia el fanatismo y la ceguera y lleva a colocar la tontología en el centro de la vida pública.

Cuando la crisis de la razón se instala confortablemente en el ánimo colectivo, la colectividad debe prepararse para un tiempo de oscuridad: es decir, para lo peor.

Diderot, un virtuoso de la oratoria en la asamblea nacional y uno de los titanes de la Revolución Francesa, vio muy claro lo que viene cuando un pueblo hace de la sinrazón un sistema: “Del fanatismo a la barbarie sólo hay un paso”.  

No obstante, cuando se apodera de los pueblos la renuncia a ejercer la racionalidad, no es sólo la disposición y prestancia a razonar lo que naufraga, sino también la capacidad de juicio, el uso de la conciencia, la taxonomía de los valores, la libertad.

México, hace 36 meses, por el voto airado del hartazgo y la impaciencia popular, se metió en un brete histórico creyendo que había encontrado al ´hombre providencial´ que resolvería todos sus problemas de una vez por todas: lo que ha hecho -a tontas y a locas- es multiplicar y agravar sus innumerables dificultades, sin clara conciencia del mal que como pueblo se hace a sí mismo.

Si se dialoga con un morenista de cierta “cultura” o con un chairo, la diferencia en el tono de la conversación entre uno y otro no es mucha: cada uno con su catecismo laico o con los versículos ideales del obradorismo y la 4T, sin ver u olvidando por completo la realidad, se mostrará fiero e implacable defensor del personalismo y el proyecto que manipulan sus vidas, sin caer en cuenta que el país que dicen defender va al precipicio.

Esto último, la defensa a rajatabla de lo que diga o haga el presidente López Obrador, confirma que la peor de las cegueras no es la visual sino la mental.

Si un militante o activista político apoya un error, una aberración o un equívoco de su líder por desconocimiento o ignorancia, quizás debería revisar sus premisas o los supuestos en que basa su adquiesencia o convicción, porque los individuos y los pueblos que aplauden el error y la equivocación -sea por ignorancia o por conveniencia- son tan culpables del error y la equivocación como aquel que los comete.

Si se renuncia al ejercicio de la razón para sacarle la vuelta a la incómoda realidad o para meterse en la realidad de saliva del líder, no es esto muy cuerdo porque, de acuerdo con Don Jaime Balmes, uno de los máximos doctores de la Iglesia, “la verdad es la realidad de las cosas”.

Si uno de los tonos que definen a nuestra época es la dislocación de la racionalidad, el otro que la modula es la dislocación del juicio: el no saber distinguir con claridad qué es lo bueno y qué lo malo, qué lo correcto y qué lo incorrecto. Vivir a oscuras, sin capacidad para distinguir quién hace verdaderamente el bien y quién el mal, le ocurrió en el siglo XX a los pueblos que abrazaron la dictadura y el totalitarismo de izquierda o de derecha.

El uso de la conciencia es básico para tener un sentido de ubicación espacio-temporal, para saber a dónde se quiere ir y asumir con autodeterminación el rumbo fijado. Pero esa es otra de las disfunciones o malformaciones de nuestra época: la dislocación de la conciencia, que impide que la gente se haga cargo de su vida y su destino, porque le resulta cómodo y rentable recargarse en el estereotipo al que ha endiosado.

Así, se condena la corrupción y los robos al erario público no por ser tales, sino por ser robos y desfalcos del “otro”, pero no se exige a los de casa la más mínima congruencia y moralidad, porque las trampas de la fe conducen a juzgar turbio el rol de unos y otros.

Acaso la peor corrupción del activista y el militante sea la dislocación de los valores: creer que la impureza del diferente es brutal y no sólo un signo del infierno por tratarse del diferente, mientras la rufianería y rapacidad del “compañero de viaje” es perdonable, divina, sublime, y merece los trinos y fanfarrias de la corte celestial del oportunista y el burócrata.

La validez del valor y los valores es universal; por tanto, resulta aplicable a cada uno de los hombres -independientemente de la causa en la que crean- y es irreductible a banderas ideológicas o de partido. Por lo demás, el reductivismo y acomodar los campos de visión a la ideología que se profesa, es el principio del fascismo.

En épocas de obscuridad, cuando los pueblos remplazan a Dios y a los dioses por ídolos, a las figuras con ángel por farsantes e impostores y a símbolos por idolatrías, puede decirse que han tocado a su puerta los síntomas de la decadencia. La presencia del naufragio puede ser cosa de semanas, meses o años, porque hay quienes se han encargado de quemar copal para su llegada.

Ser pueblo es una condición histórica, sociológica y cultural que amerita el mayor compromiso y las mejores cruzadas. Pero no todo en el pueblo es cualidad y virtud, como pretenden los impostores y demagogos. 

El pueblo es en ocasiones luz, y a veces obscuridad de sí mismo.


Pisapapeles

Vale la pena el cambio, pero no cualquier cambio; vale la pena tener una creencia, pero no cualquier creencia; vale la pena tener esperanza, pero no cualquier esperanza.

leglezquin@yahoo.com    

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