Morelia en manos de Morena

Por Leopoldo González

Morena es el nudo de incontables contradicciones y el nido del conflicto. Así lo dejan ver sus intereses, su temperamento y su corta historia.

Aunque los casos de corrupción e impunidad ahí son legión, puesto que incluyen a políticos de las más altas esferas y a modestos funcionarios municipales, los escándalos que ha enfrentado ese partido son muchos y su imagen de honorabilidad una farsa.

Entre los sonados casos de corrupción y saqueo de recursos públicos que pueden invocarse, uno llama poderosamente la atención por burdo, grotesco y corriente. Me refiero al caso de Morelia.

La administración municipal que encabezó Raúl Morón, amén de cuatismos y nepotismos, pudo haber sido buena y dedicarse a impulsar el empleo, el turismo, el comercio y la inversión en beneficio de los morelianos. Pero no fue así.

Al margen de que, como capital histórica y cultural, Morelia debía figurar entre los primeros destinos turísticos del país, cayó la afluencia de visitantes y cayó el PIB turístico.

Además de la pérdida de más de 40 mil empleos, cosa que ocurrió antes y durante la pandemia, y de los cuales no se recuperó ninguno, Morelia siguió siendo la capital de los encharcamientos e inundaciones, además de carecer de una infraestructura digna de una ciudad capital.

En ese periodo crecieron el fanatismo ideológico del primer círculo, el gasto corriente, la nómina ya de por sí inflada, la deuda y los actos de corrupción e impunidad. Pese a ello, se sabe ni Morena tiene conciencia de sus despropósitos ni la mayoría de los morenistas ojos para su propia fealdad.

Casi todos los morenistas, comenzando por los que tienen cargos públicos y de ahí para abajo, traen el sonsonete de que ya no hay corrupción y de que ellos son almas de Dios. Con esto, creen engañar a su propia conciencia y prueban que les disgusta asomarse al espejo.

Si en 2018 Alfonso Martínez dejó a la siguiente administración, la de Morena, 80 millones de pesos disponibles y remanentes para obra, tres años después, cuando Martínez Alcázar vuelve a ganar la presidencia municipal, ahora como cabeza de una coalición, lo que recibe es un Ayuntamiento descapitalizado, con déficits que alguien debe explicar y con deudas no registradas por 387 millones de pesos.

Al margen de lo que resulte de las auditorías al pasado, detrás de lo cual la sombra ominosa y rufianesca de Morena es un kit de malas artes y corrupción, uno pudiera pensar que unos engordaron el bolsillo y otros la chequera, pero también, que el quebranto financiero es una jugada de cálculo político para quitarle ritmo, generar parálisis e inducir el fracaso de la actual administración.

Es posible que de la administración municipal se haya hecho de mulas Pedro, y no sólo él, sino incluso otro Pedro, otro Juan y otros varios. También es posible que, ante el afán de ahorrar de los presuntos candidatos, del Ayuntamiento morenista hayan salido tortas, tacos estilo RMO, despensas, cheques y demás utilería para alimentar a la base clientelar y de paso soltar a la caballería rusticana contra tirios y troyanos.

Cuatro serían los beneficiarios de una operación de tan fina truculencia como la que comentamos: dos en la presidencia municipal y otros dos aspirando al poder ejecutivo de aquí cerquita. Que a los feligreses del marxisamo-(lana)nismo no les haya salido la jugada, eso es cosa que podría ser atendida en otro giro y otra ventana de la historia.

Lo realmente magistral, cuando se comete una estafa de tintes semejantes, es la gracia de la estafa misma: la meticulosidad, la técnica y el ingenio puestos en ella. Por lo demás, no consigna la historia el sólo caso de un cínico sin gracia.

Raúl Morón dejó la presidencia municipal en manos de Humberto Arróniz, no sólo porque los cánones aconsejan dejar el poder en manos del mismo grupo político, sino para asegurar, por decirlo así, el top secret de las cuestiones de gobierno.

Después de que pierde las elecciones municipales, a Morena le entra la inquietud de cómo cuadrar y justificar cifras y, de paso, una típica pulsión de manufactura tapatía que no logra cuajar.

Es realmente sublime, sublime en verdad, el ingenioso juego de manos que detonó en la comuna municipal la derrota de Morena. Y decimos sublime porque no hay otra palabra que se le iguale.

Humberto Arróniz, sin motivo legal ni administrativo alguno, y más bien con pretextos insulsos, retrasa el inicio del proceso de entrega-recepción de la administración municipal a sus legítimos ganadores, con el único propósito de enturbiar y no entregar aquello a lo que estaba obligado: cifras, archivos y documentos que podrían delatar las fechorías de Morena en el Ayuntamiento.

Lo sublime de esto es que antes de entregar las riendas del Municipio, de la nada el exalcalde inventó un “hackeo” al sistema informático de la administración, según el cual unos piratas cibernéticos (imagino que no eran los del Caribe) secuestraron información sensible y exigían un “pago” en euros para dejar intactos tanto los servidores como los archivos municipales.

La jugada fue sublime, en verdad, digna de un cuento garcíamarqueano que podría llevar por título: “Crónica de una estafa anunciada”.


Pisapapeles

Se puede y se debe ser honesto en la vida; lo que ocurre es que a algunos les cuesta trabajo.

leglezquin@yahoo.com

0 Shares

Leave a comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*