En estos últimos años el mundo está atravesado por unas tendencias populistas que hacen hincapiés en sentimientos viscerales como la xenofobia, el racismo, el nacionalismo.    

Leopoldo González, influyente politólogo, autor de numerosos artículos y ensayos sobre el populismo y la democracia en Latinoamérica y el mundo, consultor independiente y Presidente de la Fundación Letra Franca A. C. en México, y también poeta, razona en esta entrevista sobre las individualidades tempestuosas del populismo y explica por qué el mundo puede ser un todo iluminado a partir de la democracia.

Leopoldo Gonzalez Quintana

Una opinión sobre la conducta del Presidente Trump, quien se resiste a aceptar su derrota en las recientes elecciones y, a pesar de todas las pruebas contrarias, sigue apelando al fraude poniendo en entredicho la democracia norteamericana.

 

En el conflicto entre Trump y Biden, en tiempos como los que vivimos, defender a la democracia estadounidense equivale a defender la democracia en cualquier rincón del mundo.

Hay políticos y dirigentes en la cultura política de América Latina, donde la institucionalidad democrática y la vocación de Estado son débiles, que no están diseñados para aceptar su derrota electoral ni la de sus partidos. Es el caso muy claro que tenemos en México, el de un López Obrador (ahora presidente) que nunca pudo probar los fraudes de que acusó y que no existieron, ni en la elección presidencial de 2006 ni en la de 2012. Esta clase de políticos no son jugadores leales ni confiables para el sistema democrático, porque cuando pierden no tienen evidencia sólida ni argumentos serios, sino argucias y pretextos, para reclamar en la mesa de los tribunales triunfos que no obtuvieron en las urnas ni en el órgano electoral.

Lo inusual y extraño es que esto ocurra en los Estados Unidos, es decir, en la democracia de leyes e instituciones más sólida que existe sobre el planeta. Sin embargo, por extraño y atípico que parezca, el sistema norteamericano tuvo en 2016 el gran desatino y el grave infortunio de abrir la puerta al populismo que Trump representa, y de esto debe tomar puntual nota la sociedad norteamericana, para que una aventura semejante no vuelva a repetirse.

Por fortuna, si el señor Trump no conoce ni asume el principio de aceptabilidad de la derrota que distingue a los verdaderos demócratas, el propio sistema norteamericano le va a enseñar muy pronto el peso y el significado de este principio. Ya hay señales en este sentido. Una de ellas, el que más de 100 exfuncionarios de seguridad nacional, de origen republicano, le hayan pedido al partido que exija a Trump admitir abiertamente y sin rodeos su derrota; otra, el hecho de que el abogado Rudolf Giuliani, el esgrimista principal de Trump, no haya podido romper la barrera institucional que le impide descarrilar la elección y revertir los resultados que favorecen a Biden; una más, el hecho de que Joe Biden haya recibido el visto bueno formal de la Agencia Federal Emily Murphy, para comenzar su transición hacia la Casa Blanca, después de que Michigan, uno de los estados más disputados de la elección, extendiera la certificación oficial de su triunfo. Todo esto son ejemplos incuestionables de que una institucionalidad democrática fuerte, difícilmente puede ser vencida o avasallada por un personalismo político transgresor y tempestuoso, como el que el señor Trump encarna. 

 

¿Hasta qué punto la actitud de Donald Trump está debilitando la democracia en Estados Unidos?

Personajes como Donald Trump expresan la excepción, la discontinuidad y la ruptura dentro de un sistema, y su éxito radica en presentarse al gran público como ´figuras antisistema´, como salvadores de la patria y seductores de la nación que pondrán nuevamente de pie a su país y lo llevarán a cumbres de desarrollo que nunca imaginaron. El caballo de estas prédicas es ofrecer cielos y paraísos imposibles de alcanzar y su jinete es un impostor que juega con las pulsiones elementales de la masa. Esto lo vivieron algunas naciones en el pasado inmediato: Cuba con los Castro, Grecia con Tsipras, Gran Bretaña con el Brexit, Ecuador con Rafael Correa y Bolivia con Evo Morales; hoy lo viven otras naciones en el mundo: Filipinas con Duterte, Venezuela con el chavismo y el postchavismo, Nicaragüa con Ortega, Brasil con Bolsonaro. En América del Norte, los ejemplos de esta anomalía y atipicidad en el discurso político son Trump y López Obrador.

No podemos pasar por alto que los sistemas requieren cambios, adecuaciones y reformas para mantener su vigencia y su permanencia en la historia. Pero, para lograrlo, la fórmula es entregar la encomienda del cambio a los arquitectos y filósofos de la innovación, no a los charlatanes de facilismos y ocurrencias que aparecen por doquier.

Cuando una sociedad, como Estados Unidos o México, es seducida por el golpe del palabreo y el salivazo y entrega el poder a un charlatán, lo que ha hecho es colocar en la cima del Estado no a un guardián, no a un defensor, no a un fiel representante de los símbolos y potestades del Estado, sino a un partidario exacerbado de sí mismo regido por un ego enfermo. Es ahí donde comienza la distorsión del sistema democrático, porque las individualidades tempestuosas creen ser el pueblo, el Estado, la nación y la República, y desde esa condición comienzan a minar o a desaparecer la legitimidad de las instituciones, a anular o a debilitar el régimen de separación y autonomía de los poderes, a avasallar o a eliminar a quien no piense como ellos y, por ese camino, terminan convirtiendo un Estado de leyes e instituciones en un Estado Unipersonal integrado por vasallos. Este es el gran riesgo que enfrentan las democracias hoy en día.

 

Trump y sus legales están poniendo en duda uno de los pilares de la democracia, es decir el voto. ¿Esa actitud puede crear un precedente que podrían utilizar otros candidatos perdedores en el futuro? ¿Por otro lado, podría crear una sensación de desconfianza hacia el voto y favorecer el abstencionismo? 

El voto popular, primero, y el voto del Colegio Electoral, después, en esa sabia combinación de democracia directa e indirecta que EU ha consagrado en su Constitución es la raíz, la esencia, la razón de ser y el acto fundante del Estado democrático. El respeto al voto -diría yo- es una condición no solamente ética, sino una condición sagrada de la vida democrática, porque sin el respeto primordial al acto individual del otro, del diferente, que es lo que da sentido a la convivencia colectiva, el resto del sistema democrático puede deteriorarse, perder su sentido más profundo y naufragar.

El precedente que ha creado Donald J. Trump, al impugnar sin bases ni sustento una elección cuyos resultados le han sido desfavorables, es peligroso y no. Me explico: es peligroso porque en la normalidad conocida de un sistema político sólido y estable como el estadounidense, demostró que era posible generar dudas -aunque fuesen infundadas- para hacer tambalear al sistema; no es peligroso porque esta elección presidencial ha demostrado, con las presiones, amagos de ruptura y chantajes que todos hemos visto, que las instituciones democráticas suficientemente fuertes son capaces de vencer cualquier aventurerismo político de la sangre, venga de donde venga. Quizás el riesgo mayor estuvo en una posible ruptura institucional de los estados, que pudieron haberse negado a extender la certificación oficial del triunfo de Joe Biden, pero el voto y la realidad se impusieron: Arizona, Georgia, Pensilvania, Michigan y otros estados, probaron con su congruencia que están con las instituciones y con su continuidad, no con las patologías que de vez en cuando ensombrecen el panorama político.

 

La actitud de los republicanos, incapaces de reaccionar frente al ataque frontal a la democracia que lleva adelante el Presidente, ¿qué consecuencias podría tener para el futuro del partido? ¿Trump seguirá siendo la fuerza dominante de ese partido imponiendo su visión y manera de gobernar?

A pesar de haber recibido la votación popular más alta de su historia en una elección presidencial, el Partido Republicano pagará costos con cargo a su seriedad, credibilidad y honorabilidad. Entre estos costos, dos facturas le esperan en el buró de la memoria social: por un lado, haber sido el partido que auspició a una de las peores administraciones en la historia política de los Estados Unidos, cuyos signos distintivos fueron la ignorancia, la frivolidad, el desparpajo y la insensibilidad frente al dolor humano; por otro, no haber detenido a tiempo -por secreta complicidad o desconcierto- la tentativa de doblar con falsa demagogia y fake news a las instituciones del país y de descarrilar una elección presidencial que, al serle adversa, paró en seco el experimento populista de Trump y su grupo.

El sector trumpista del Partido Repúblicano cargará a cuestas el descrédito que Trump ha infligido a su propia causa; no sólo eso: ese mismo sector pagará con vergüenza y crítica en sus propias filas y en la sociedad, los ridículos a que Donald Trump expuso a su partido y a los Estados Unidos ante el mundo.

Los personalismos políticos al estilo Trump son como un eructo en la historia de las naciones: sale el gas, se disipa la presión interna y desaparecen. Trump será, de aquí en adelante, una espina en el pie derecho del Partido Republicano y un episodio incómodo en la gran historia política de EE.UU. Dentro de muy pocos años, casi nadie querrá acordarse de él.    

 

Joe Biden y Kamala Harris asumirán el mando del país entre dudas e incertidumbre. ¿Al tener que dirigir un país entero y no solamente aquella parte que cree en ellos, cuál podría ser el camino a seguir para devolver a su presidencia la credibilidad que necesita?

Las dudas y la incertidumbre suelen ser algo pasajero, que desaparece cuando pasan la tolvanera y la borrasca. Biden y Kamala Harris llegan a dirigir un país dividido y polarizado. Pero llegan con una gran legitimidad social e institucional que será aliada de primera línea en la tarea de reconciliación nacional que emprendan, con la idea de “restaurar -según ha dicho Biden- el alma de la nación”. Volver a unir a todo un país no es tarea imposible, cuando se conoce el fondo histórico que late en su sangre y se tienen estatura y experiencia -como la tienen Biden y Harris- para reunir y recomponer a un país fragmentado.

La certificación oficial de la victoria de Biden, que avanza estado por estado, sin duda está ayudando a neutralizar y a domesticar cóleras indomables y a sofocar el fanatismo en llamas de los seguidores de Trump. Pero, además, las dos o tres medidas clave que está tomando Biden en la transición, serán de gran impacto para devolver la confianza a los estadounidenses y reunificar a todo el país: una es la designación de gente apta y experimentada en las diferentes carteras de su administración; otra es la decisión de tomar mayor injerencia, con un equipo de verdaderos especialistas, para contener y controlar la pandemia; la otra decisión estratégica será, sin duda, la de amortiguar la caída del empleo, evitar el cierre de empresas y detonar la reactivación económica. Biden tiene la capacidad y la visión que necesita EE.UU hoy, para despejar dudas sobre la elección y echar a andar de nuevo la maquinaria del “sueño americano”.

   

 

Asistimos al resurgimiento preocupante de los nacionalismos, del racismo, de la xenofobia. ¿El auge del populismo en América y en Europa pone en peligro el futuro de las democracias occidentales?

Hay un preocupante regreso de los nacionalismos a la escena pública, con fenómenos que los refuerzan y púas verdaderas como el racismo, la xenofobia y el populismo. Aunque el retorno o repunte de estos fenómenos no sea justificable desde la óptica de democracias de la elección racional, sí se trata de resurrecciones explicables. Lo explicable de esto está en que, a partir de la crisis económica de 2009, de la generalización de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación y de la masificación del uso intensivo de Internet, lo que vivimos fue el primer violento despertar de las masas y las periferias en el siglo XXI. Esas masas y esas periferias, víctimas del síndrome y el dolor del anonimato, de pronto sintieron que podían transformar su falta de voz y su marginal invisibilidad en protagonismo. Y lo han hecho: hoy el poder no es ya lo que era; ha perdido legitimidad histórica, centralidad, capacidad de imponerse y, sobre todo, capacidad para hacerse respetar.

Es en esta quiebra de las democracias y en esta crisis del poder, que corren en sentido paralelamente convergente, donde debemos lamentar el regreso de un viejo fantasma: el fantasma del fascismo. Yo diría que hoy vivimos la versión actualizada de La rebelión de las masas, de Ortega y Gasset, porque el miedo al otro ha resucitado como una patología de nuestro tiempo: el miedo al otro es la raíz filosófica primordial del populismo; el miedo al otro es la raíz pulsional del nacional-chovinismo; el miedo al otro es la raíz ideológica y emocional del racismo y la xenofobia. Este es el fondo demencial de todas las ideologías totalitarias, del siglo XX a nuestros días. En este sentido, cualquiera que no tolera a otro es porque, en el fondo, tampoco se tolera a sí mismo.

Siempre me ha alegrado y siempre me parecerá esperanzador el despertar de las masas. Lo que no es motivo de alegría ni resulta esperanzador, sino todo lo contrario, es en el regazo o en los brazos de quién despiertan las masas, pues casi siempre lo hacen en el regazo o en los brazos equivocados. La lista es larga: Hitler, Mussolini, Franco, Stroessner, Castro, Videla, Trujillo, Duvalier, Idi Amín-Dadá, Gadafi, Somoza, Pinochet y tantos otros.

No merecen nuestra condena los totalitarismos por el hecho de ser fascistas, híbridos, de centro, de izquierda o de derecha: la merecen por el sólo hecho de ser totalitarismos. Y lo mismo cabe decir de cualquier forma de autoritarismo ideológico o político.   

 

A través del sitio web QAnnon se están difundiendo informaciones claramente falsas, entre ellas que hay un proyecto internacional encabezado por el Partido Demócrata para favorecer la pedofilia. ¿Cómo es posible que tantas personas se dejen manipular tan fácilmente en un momento en el cual hay siempre mayor acceso a la educación y a la cultura?

Hay tres cosas preocupantes en la era de la posverdad: la facilidad con que son distorsionados el conocimiento y la racionalidad por algunos hombres y centros de poder; la instalación de una subcultura del antimodelo, del gañán y la alimaña en el centro del discurso y la gran legitimidad que ha cobrado el mercado de la falsedad en el espacio global, con ramificaciones nacionales y locales que están dañando el sistema democrático.

Las acusaciones que se han hecho sobre Biden y Kamala Harris, fabricándoles un rostro que no es el suyo ni corresponde a la verdad, son parte de una trama internacional -quizás financiada por Putin- que busca envenenar la opinión pública y asegurar la muerte de los sistemas democráticos.

A veces parece que ni Trump ni los dirigentes populistas de Latinoamérica y el mundo se han dado cuenta que Moscú los usa como marionetas, como “tontos útiles” al servicio de una ideología populista concebida en Moscú y operada desde ahí con ecuaciones y algoritmos cibernéticos que buscan socavar -y en parte lo han conseguido- los fundamentos éticos y las raíces culturales de Occidente.

Uno de los rasgos que deben preocuparnos de las masas de nuestro tiempo, es la actitud cómoda de primero negar la realidad y luego hacer que encaje y se acomode al modelo previo que se tiene de ella. A este respecto, es aplicable lo que afirmó Ayn Rand: “Puedes optar por ignorar la realidad, pero no podrás evitar las consecuencias de ignorar la realidad”.

 

Las consignas populistas son todas iguales, sea cual sea el Presidente o candidato que las utilice. Todos logran un mismo objetivo, es decir manipular las rabias, los miedos y crear esperanzas. Lo más raro es que, aun cuando esas esperanzas son traicionadas, la mayoría de las personas sigue creyendo en ese Presidente, político, candidato etc. ¿Cómo lo explicas?

El secreto del éxito del lenguaje populista no radica en su contenido de verdad o de racionalidad, sino en el hecho de que le habla a la parte visceral y emocional de las personas, a los instintos básicos del individuo. Al no entender la realidad, el individuo se refugia en dos infraestructuras básicas: una es la disonancia cognitiva (así planteada por León Festinger) que sirve al hombre-masa para evaluar la realidad no según su percepción, sino según sus propias creencias; la otra es la instalación del individuo en su base animal, donde las emociones sin límite: el miedo, la angustia, la ira, lo conectan con un yo interno de inseguridades, frustraciones y complejos. Según este perfil, el hombre-masa sólo espera quien lo redima y lo libere de sus miserias. Es entonces cuando aparece el macho-alfa (los ejemplos más a la mano son Trump y López Obrador), que ofrece a las masas un cielo imposible y traer el paraíso al centro de sus vidas. El problema del populismo es que no sabe gobernar con eficacia, sino a golpe de saliva y palabreo: la esperanza que ofrece es hueca y vacía, porque tanto el cielo como el paraíso son rebeldes e irreductibles al discurso populista.

Se sigue creyendo en el populismo, pese a la estafa que representa y a la amarga desesperanza que ha traído a la ciudad humana, porque vende un cielo de creencias maravilloso que lo coloca a la altura de los vencidos de la vida y brinda una cuota de visibilidad y reconocimiento a los sumergidos sociales. No obstante, los tres secretos clave de su éxito radican en (1) la ignorancia de las masas, (2) la necesidad de visibilidad y reconocimiento de los sectores que ha precarizado el neoliberalismo y, por último (3) el hecho de que el populismo tiene todos los tintes y ropajes de una religión de los desamparados y desesperados de la tierra.

El mundo convalece por falta de referentes en los cuales creer, por la crisis de la razón posmoderna y porque tanta desesperanza acumulada ha dado forma a una generación del desencanto, caracterizada por sus grandes déficits y vacíos interiores. Lo paradójico de todo esto es que algunos pretendan presentar el vivo rostro de la desesperanza como la última esperanza para el hombre del siglo XXI.

El populismo no es el demiurgo, el antídoto ni la solución a los problemas del hombre del siglo XXI: de hecho, es una más de sus crisis y uno más de sus problemas; pero ofrece al individuo -reconozcámoslo- posibilidades de amortiguamiento espiritual y la falsa promesa de una hermandad de los de abajo, que quizás el resto no hemos entendido.      

 

Generalmente el líder populista se presenta también como un personaje antisistema, que va en contra de las instituciones. Su narrativa se basa en la idea que, sin tantos vínculos creados por los sistemas democráticos, el líder podría alcanzar los objetivos que prometió en campaña electoral. En síntesis, ese líder llega al poder gracias al sistema y, después, trata de destruir ese sistema desde dentro. ¿Está en riesgo la democracia en el mundo?

Desde la segunda posguerra la democracia entró en crisis en el mundo, no sólo porque se alejó de la agenda y los intereses de la sociedad, sino porque la vida institucional comenzó a ser lentamente expropiada para el servicio de unos cuantos: las élites y los grupos de poder.

La Primavera Democrática que vivimos a partir de los setenta, con más de 30 transiciones documentadas de sistemas duros y blindados hacia la recuperación del régimen democrático, pareció afirmarnos en la idea de que la democracia liberal estaba de regreso en el mundo, y hasta se creyó -después de su arrinconamiento por dictaduras y tiranías- que su retorno le daría más salud, músculo y una viabilidad distinta. A esa confianza contribuyó un hecho que, aunque largamente esperado, no por ello dejó de ser insólito: la caída, en 1989, de la Cortina de Hierro y el Muro de Berlín y la liberación de las naciones secuestradas por el totalitarismo soviético.

No obstante, el retorno y la reinserción de la democracia en un mundo cambiante fue temporal, en parte porque sin emoción y vinculación social la democracia siguió siendo un vocablo de burócratas, y en parte porque los líderes occidentales no midieron ni calibraron que el cambio que venía del Este produciría, como ahora vemos, una reacción y un reacomodo interno en los sectores duros del viejo e irreal “socialismo real”.

Vladimir Putin, viejo director de la KGB en momentos de gran tensión entre la URSS y Occidente, es el ejemplo emblemático del político que llega al poder por la vía democrática, se perpetúa en él con fórmulas y maniobras populistas y comienza la destrucción del sistema desde adentro.

Dos datos centrales en la biografía de Putin, no dejan lugar a dudas respecto al Doctor Astucia que es: en el siglo XXI Rusia sólo ha tenido un hombre en el poder: Vladimir Putin, un hombre que, además, ha hecho escuela.

Los casos de Lukashenko, en Bielorusia, de Erdogan, en Turquía, de Chávez y Maduro en Venezuela, de Ortega, en Nicaragua, de Morales, en Bolivia, y casi seguramente de López Obrador en México, que ya muestra visos de pretender asegurar a su propio grupo la presidencia transexenal, son la evidencia más reciente de las desventuras de la democracia cuando la toman en sus manos los populistas de cepa, apoyados en la “fe del carbonero” que profesan las masas.

Pese a que la derrota electoral de Trump es la derrota de Putin y del modelo impulsado por él, la democracia en el mundo seguirá sufriendo algunos reveses y traspiés, no sólo porque el asedio del populismo continuará mientras haya fermentos de marginalidad que le den vida y razón de ser, sino porque el neoliberalismo del mercado y las democracias no han entendido que la única forma de mantener a raya y de detener el avance del populismo es proceder a una reforma profunda, urgente, puntual y visionaria del mercado y la democracia, para que sigan siendo las creaciones de la razón y no la razón de las pasiones lo que garantice la estabilidad y la continuidad del orden planetario.     

 

Tras la salida de Trump de la Casa Blanca podríamos suponer que el populismo internacional pierde fuerza al quedarse sin su bastión más importante. Sin embargo, en 2021 viviremos los estragos de la crisis económica que dejará la pandemia. ¿Hasta qué punto esta crisis podría volver a dar fuerza al populismo a nivel internacional?

El populismo es un sístole (impulso hacia arriba) en la sangre y la memoria de los pueblos. Lo que lo hace posible son los sedimentos de pobreza y los fermentos de subdesarrollo económico que hoy vivimos; eso, sin embargo, no es todo: sin la aparición de figuras de ruptura e individualidades delirantes con notoriedad en el espectro político, el populismo puede tener abajo todos los caldos de cultivo que se quieran, pero al carecer de eje y catalizador se queda sin válvula para liberar la presión latente en el subsuelo social.

Cuando Trump se vaya de la Casa Blanca se debilitarán los populismos del hemisferio, porque se habrán quedado sin el referente internacional de primer orden que él representó, sin un polo de fuerza y sin la simbología política a que han dado cuerpo los populismos en estos años de oscuridad. Y lo más importante: la conciencia del pueblo norteamericano parece haber quedado vacunada contra el virus del populismo, porque ya lo padeció en propia carne.

Por otra parte, prevenir y amortiguar las consecuencias económicas de la pandemia será desde ahora una tarea de la mayor importancia para la administración Biden. Es probable que ya figure entre sus antídotos para contrarrestar la crisis que viene, pero no está por demás recordar que la intervención del Estado es un remedio extraordinario en circunstancias también extraordinarias.

Si hoy se ocupa la cura correcta para frenar y controlar la proliferación del nuevo Coronavirus, también se ocupan el enfoque y la cura correcta para disminuir los estragos y bancarrotas de lo que yo llamo el “Econovirus”. La respuesta está en John Maynard Keynes. Una inyección para reanimar a un organismo postrado y hacerlo salir del letargo de la crisis y el desempleo es parte de la solución. Un programa intensivo de creación de infraestructura productiva incentiva el gasto público, abre un ambicioso abanico de oportunidades de empleo y capitaliza la economía de las familias. Keynes no quiso reformar el mercado, quiso curarlo y lo logró en los años de la Gran Depresión (1929-1934), y aún después, cuando su óptica enderezó a casi todas las economías siniestradas en la Segunda Guerra.

La moral del sentimiento y la lógica de las instituciones son premisas opuestas. El pueblo no es el todo del sistema democrático, sino uno de los factores -quizá el más importante- que la hacen posible. De peores golpes y caídas se ha recuperado la sociedad estadounidense: con ese temple, sin duda saldrá de esta. La solidez institucional y la cohesión social que se construya a partir del aire fresco de un nuevo ejercicio de gobierno, son el soporte con que cuentan los Estados Unidos para sortear la crisis actual.

Concluyo con este planteamiento. Es urgente e inaplazable comenzar una reforma profunda de la lógica del mercado y de la forma en que funcionan nuestras democracias, para sanear un sistema social fragmentado y alejar los nubarrones que hoy empañan el horizonte. En la hora actual, necesitamos hacer todo lo que está en nuestras manos para que el mundo sea un todo iluminado.

Fuera de lo anterior, hay razones objetivas para ver con moderada esperanza el futuro.

 

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