El presidente Luis Echeverría (1970-76), quien falleció la noche del viernes a los 100 años, hizo muchas cosas malas y algunas buenas por nuestro país.

En lo ideológico fue un camaleón: creyó que la extraña mezcla de liberalismo constitucional y populismo cardenista crearía una ideología nueva. Se equivocó, entre otras razones, porque fusionar en una persona y un gobierno elementos de distinta y aún opuesta naturaleza lleva a la ambigüedad, a la contradicción y al fracaso, que fue lo que rubricó su salida del poder.

Quiso ser de izquierda y al mismo tiempo de derecha: de izquierda en el plano internacional, porque era la moda del momento, pero de derecha en el plano nacional. Esto, porque los delirios propios de su personalidad y el ´síndrome del tabique´ que marca a los hombres de poder, le hicieron creer que era más astuto y más inteligente que nadie. No era así, pero hay que conceder que fue un demagogo extraordinario en el uso industrial de la saliva.

Por lo demás, el delirio ha sido y es la característica principal de los líderes populistas latinoamericanos: Getulio Vargas, Juan Domingo Perón, Lázaro Cárdenas del Río, Carlos Andrés Pérez, la dictadura cubana, Alan García, Hugo Chávez, Nicolás Maduro, Daniel Ortega, López Obrador.

Luis Echeverría, tocado por las fibras de un personalismo mesiánico, hace fila entre los mandatarios más obtuso y autoritarios que ha tenido México a lo largo de la historia. Eso explica la injusta masacre de estudiantes el 2 de octubre, en la noche de Tlatelolco de 1968 -que operó como secretario de Gobernación-, el Jueves de Corpus del 10 de junio en el Casco de Santo Tomás, en 1971, y la “guerra sucia” que vivió el país en esos años.

Un populista dogmático, para el que el control del poder se le ha vuelto una obsesión patológica, difícilmente se plantea si el otro tiene derecho a existir y a pensar diferente. De aquí el enorme peligro que representa un personalismo mesiánico en el poder, pues los escrúpulos y los límites éticos no figuran en su metabolismo.

Además del personalismo autoritario de Echeverría, que lo condujo a tratar con singular saña a todas las expresiones de la izquierda, sobre todo a las más radicales, su gobierno cerró uno de los ciclos de mayor expansión de las clases medias, de la productividad y la elevación del PIB en México, identificado como el periodo del “desarrollo estabilizador”, concebido por un ideólogo de la economía como Antonio Ortiz Mena.

Todos sabemos que una lógica rige a la economía y otra a la política, porque son temas y disciplinas de la vida pública diferentes. Para un populista no: todo es política y, peor aún, todo es “política concentrada”.     

Por eso, el sexenio de Echeverría tarde o temprano tenía que llegar a lo obvio: el desastre económico y un país políticamente en descomposición, del que nos salvaron temporalmente las instituciones del viejo régimen.

En su gobierno, como tal vez algunos recuerden, fue detonado un proceso inflacionario que elevó la carestía de la vida y empobreció todavía más a los más pobres, el cual, lejos de ser resuelto, fue profundizado en el gobierno de JoLoPo.

Desde 1954 México no había vivido una devaluación importante de su moneda, en parte porque había empleo, creación de infraestructura productiva, altas reservas internacionales y una industria en expansión. No obstante, el 31 de agosto de 1976, después de 22 años de paridad cambiaria estable, se produjo la primera gran devaluación, que hizo pasar al peso de 12.50 a 23 pesos por dólar.

Esa devaluación fue celebrada por Luis Echeverría, en su sexto informe de Gobierno, con una expresión propia de un nacionalismo rinconero, pues contestó a quienes lo cuestionaron que ella, la devaluación, “sería una buena oportunidad para que los mexicanos dejaran de viajar al extranjero y conocieran mejor a su país”.

Su continuo enfrentamiento con el sector empresarial, particularmente con el Grupo Monterrey, alejó inversiones importantes, propició la caída económica de su gobierno y produjo la primera gran estampida de capitales hacia los Estados Unidos.

            Cierto, Echeverría creo un gran número de instituciones útiles al país, como el Infonavit, la UAM, la Autónoma de Chapingo, el Colegio de Bachilleres, el Conacyt, el fondo de vivienda del ISSSTE, Fonatur, Fonart y Fonacot, entre otras.

            Es cierto también que, imitando lo que hizo Lázaro Cárdenas con la primera etapa del exilio español en México, Echeverría abrió las puertas de México a chilenos y argentinos que venían huyendo de las dictaduras de sus países. Por todo esto, Echeverría tiene bien ganado un aplauso póstumo.

            Sin embargo, los males y sinsabores que trajo al país fueron muchos, y de ellos no pudo recuperarse México sino hasta fines del gobierno de Miguel de la Madrid.

            El más grave de todos fue el exterminio sistemático de líderes y organizaciones de izquierda, además de haber creado las crisis recurrentes en la economía mexicana, por un uso tonto, frívolo, impulsivo y visceral de los dineros destinados a la política social.

            Ojalá el autoritarismo, pero también el desastre político y económico que nos heredó como país, no se repita nunca jamás.


Pisapapeles

Los populistas no son solución ni respuesta a ninguna crisis, sino el peor de sus rostros posibles.

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