Urge una revolución

Por Leopoldo González

Por la historia sabemos que las revoluciones son de tres tipos: las pacíficas, las violentas y las silenciosas.

Sabemos que los tres tipos de revolución tienen naturalezas y propósitos distintos, y que mientras las dos primeras poseen un enclave y un impacto social, la última de ellas es de carácter eminentemente individual. 

La misma historia enseña que las revoluciones pacíficas figuran en el orden del ser, nacen en el interior de las personas, se orientan a lograr cambios de conciencia y sus frutos son de larga duración. 

Las revoluciones violentas son de los apresurados de sí mismos, de Dios o de la historia, y lo que buscan es establecer ajustes o cambios en el paisaje histórico y político de su tiempo.

Las revoluciones silenciosas, aunque tienen muchas semejanzas con las pacíficas, son de un orden distinto y superior: parten de la urgencia espiritual interior de dar testimonio de una idea, una creencia, un valor o un Dios, y se sacian con sólo dejar una huella humilde e “insignificante” en el metro cuadrado de su existencia.

Un ejemplo de revolución pacífica es el movimiento que encabezó el indígena norteamericano Sealth, de 1854 a 1866, que dio lugar a las “Cartas por la Tierra” de 42 tribus indígenas de aquel país, y el movimiento de Mahatma Gandhi por la independencia de India frente a Gran Bretaña, que concluyó en 1947.

Un referente de revolución violenta es el de Las 13 colonias, en EE.UU, el 4 de julio de 1776, o la Revolución Francesa del 14 de julio de 1789, o la mexicana de 1910.

Por su parte, un ejemplo paradigmático de una revolución silenciosa puede ser la tradición mística instaurada en España por San Juan de la Cruz, o la filosofía evangélica sobre el amor de las criaturas que creó San Francisco o, por último, el humanismo tesonero y de compromiso con el otro de la madre Teresa de Calcuta.    

Por la historia sabemos, con un saber producto del dolor, que las revoluciones pacíficas y violentas se originan en la insatisfacción del ser, que son producto de profundas frustraciones sociales y que sus logros pueden llegar a ser de corta duración.

La revolución silenciosa es endógena: es la revolución interior por excelencia que sólo busca trastocar el pecado en virtud, la imperfección en perfección y la mancha en estallido de luz, para transformar a su hacedor en una persona digna del ser que habita en su interior. 

La historia, desde una perspectiva, no es sino la suma total de las revoluciones que ha hecho el hombre, en busca de trastocar su tiempo y su espacio en algo distinto o mejor de lo que recibió en herencia.

En México urge una revolución.

Pero urge una revolución no violenta, sino pacífica y silenciosa, en la que cada ciudadano cobre conciencia de su dignidad y su valor, de su condición única y su llamado a la trascendencia, al margen de las estructuras de partido y los merolicos de ocasión que sólo han empobrecido la vida pública.

Urge una revolución que en más de dos siglos de historia no se ha hecho. Y ahora, cuando resulta claro que los sistemas de partido, comenzando por Morena, no son sino un pacto de gañanes y cueva de rufianes, lo que urge es una revolución interior en cada persona, para que se entienda que lo que el poder quiere son ciudadanos desahuciados y esclavos clientelares.  

Más de 50 revoluciones ha hecho América Latina desde las postrimerías del régimen colonial. Y entre revoluciones y revueltas, México ya suma más de 40 en poco más de 200 años de historia.

Pero la revolución que tanta falta hace en México, es aquella en la que cada ciudadano recupere su dignidad, se haga cargo de su vida y se atreva a sentir y a pensar por cuenta propia, hasta liberarse del yugo del que sólo vive para esquilmarlo elección tras elección.  

La revolución que se ocupa en México es la de la dignidad y la conciencia crítica recuperadas: la del mexicano dispuesto a no depender más de dádivas clientelares ni de políticos doble cara; resuelto a hacerse cargo de sus intereses y a sacudirse el yugo de sus “salvadores”, porque el mejor destino -ciertamente- no está en ser “recargadera” permanente de políticos sin escrúpulos, que son en realidad comerciantes de ilusiones: el mejor destino personal es el que cada uno está dispuesto a tomar en sus manos.

Con una revolución así de profunda, como la que hace falta, la popularidad del pueblo sería real y superaría la supuesta popularidad de quienes lo sobornan y manipulan.


Pisapapeles

Las revoluciones históricas crean y refuerzan una ilusión de movimiento. Así, son la más hermosa representación de un patinaje sobre lodo.

leglezquin@yahoo.com      

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