Los pecados de Occidente

Por León Rodríguez Zahar

Un error de Occidente, durante buen tiempo, ha consistido en subestimar la guerra santa islámica o yihad. Desde el atentado contra las Torres Gemelas, el 11 de septiembre de 2001, el mundo debió tomar conciencia del alcance y las características de la yihad para enfrentarla. Es una de las conclusiones de este texto de León Rodríguez Zahar, orientalista y catedrático del Colegio de México.

He aquí a los confabuladores, así que Alá destruyó los cimientos de sus
edificios y se desplomaron sobre ellos las techumbres, y les llegó el castigo
de donde no supieron.
EL CORÁN, 16:28

 

Varios errores históricos, verdaderos pecados contra la propia seguridad, han llevado al mundo occidental a la situación actual de enfrentamiento con el Islam. A continuación se enumeran los que parecen ser los principales.

I

La civilización occidental dio por hecho la secularización en todo el mundo, la separación de la Iglesia y el Estado (las iglesias y los Estados), y relegó la actitud que se puede asumir ante las religiones a una cuestión estrictamente personal o, cuando mucho, de moralidad social. Sin embargo, las sociedades musulmanas no conciben la secularización: el Estado existe, en última instancia, para hacer cumplir el Islam. La mejor prueba la dio hace poco la Liga Árabe, cuando protestó airadamente, a través del canciller egipcio, ante las declaraciones del primer ministro de Italia, Silvio Berlusconi. Este funcionario se había permitido aseverar que “debemos estar conscientes de la superioridad de nuestra civilización occidental, que ha garantizado el bienestar y el respeto a los derechos humanos, en contraposición con los países islámicos”. ¿Pretendería esa peregrina afirmación indicar que el Occidente ha de continuar conquistando el alma de los pueblos, tal y como se sobrepuso al comunismo? El que una organización política de Estados como lo es la Liga Árabe, equivalente de la OEA, salga a la defensa del Islam sólo confirma la imposibilidad de los gobiernos musulmanes de desligarse de la religión. De esta forma, la Liga Árabe está definiendo su verdadera naturaleza –siempre intuida, hasta ahora no explícita- como “Liga de Estados Musulmanes”, y en ese tenor exige de Occidente “una disculpa”, pues el Islam, según lo afirma el Corán, es superior a cualquier religión y la palabra de Alá está por encima de la Biblia.

II

A pesar del resentimiento acumulado en su contra, por el apoyo incondicional a la “causa judía” en Palestina, Occidente había creído, hasta ahora, que era posible evadir el enfrentamiento con el Islam. Para ello recurrió a la política de apaciguamiento, similar a la que se siguió con Hitler, y que consistía en dejar ganar otras causas musulmanas, siempre fuera de Palestina. Así, los cristianos del Líbano, “aliados naturales de Occidente”, quedaron abandonados a su suerte; los palestinos musulmanes en el mismo Líbano pasaron de invasores a mártires; se permitió la secesión del Chipre turcomusulmán; se apoyó a los fanáticos talibanes afganos, y en particular a Bin Laden, para que destruyeran al invasor soviético “ateo”; los serbios cristianos fueron satanizados como fascistas, y aun la OTAN intervino directamente para proteger a la Bosnia y el Kosovo musulmanes. Occidente tampoco dudó, incluso, en condenar y aplicar alguna sanción a Rusia por sus excesos en la Chechenia islámica.

Parte de la misma estrategia proislámica fue la liberación de Kuwait. Pero el mundo mahometano ciertamente no simpatizaba con la monarquía kuwaití. Y tampoco perdonó la masacre de cien mil iraquíes. Mucho menos podría dejar de percatarse del negocio multimillonario de las industrias militares occidentales a costa de las tesorerías de ciertos países musulmanes. Y, sobre todo, jamás perdonaría la construcción de bases militares occidentales, esas especies de campamentos cruzados, en el corazón de la “tierra santa” del Islam, en la península arábiga: este sería el pretexto específico para que Bin Laden declarara la guerra santa contra Washington.

III

Pero, sin duda, el mayor pecado occidental fue su complacencia ante el auge de los movimientos fundamentalistas, que crecieron como cultivos de bacterias bajo los ojos miopes de sus sistemas de inteligencia. Con una lógica retorcida, Occidente consideró que este era un juego peligroso pero manipulable: poner en jaque a las dictaduras musulmanas que, siempre al borde del derrocamiento, se sometían a Occidente para protegerse. El ejemplo más claro de esta estrategia fue Irán: meses antes del colapso del gobierno dictatorial del sha, la CIA en Teherán informaba que el monarca “estaba firme en el poder” y le pronosticaba un “largo reinado”. Al poco tiempo el atayola Jomeini y su revolución fundamentalista expulsaron al sha, “vasallo de Occidente”, y declararon la guerra santa contra el “Gran Satán”, los Estados Unidos. No pasó mucho tiempo antes de que los fundamentalistas de Turabi tomaran el control del Sudán, sin olvidar que fue la embajada estadounidense en Jartum la que dio visa de ingreso al líder fundamentalista egipcio, el jeque Omar Abdel Rahman: mientras el gobierno egipcio lo reclamaba como terrorista, Estados Unidos le brindaba albergue en Nueva York. El resultado: el primer atentado contra el World Trade Center.

Otro tanto puede decirse del gobierno de Francia, que alentó al Frente Islámico argelino al tiempo que, ingenuamente, imaginaba poderlo manipular. El resultado fue la interminable guerra civil y religiosa en Argelia y los atentados terroristas en París.

IV

En la década de los noventa, ante el ascenso incontrolable de las fuerzas oscurantistas del mundo islámico, el primero en dar la voz de alarma fue Israel, asediado en dos frentes: la Hezbolá en el Líbano y el movimiento Hamas en Palestina. En marzo de 1996, el gobierno de Israel promovió una “Cumbre Mundial Antiterrorista” que, significativamente, se llevó a cabo en Egipto. Contó con el apoyo de algunos países musulmanes además de Rusia, Europa occidental y los Estados Unidos. Pero, fuera de la “buena voluntad” de los participantes, aún había escepticismo acerca de la magnitud del peligro fundamentalista islámico. El único que tomó en serio los acuerdos que se alcanzaron fue también Israel, que cuatro años después acabaría por aceptar su derrota ante Hezbolá en el sur del Líbano. Este hecho presagió lo que estaba por venir.

V

Hasta antes del 11 de septiembre, la política general de Occidente hacia el mundo musulmán siguió siendo la de no interferir por temor a violentar el latente odio islámico. Lo que Occidente predicaba en materia de derechos humanos, dentro de sus fronteras, a través de las Naciones Unidas o en el ámbito latinoamericano –democracia, igualdad de la mujer y derechos de las minorías-, se daba por sentado que no podía exigirse al mundo islámico, donde había que “respetar valores diferentes”. A cambio de estos dobles raseros, Occidente se garantizaba el suministro de petróleo y, lo más importante, el reciclaje de los petrodólares en la forma de multimillonarias inversiones árabes, libias, iraquíes e iraníes en empresas occidentales, en el sistema financiero occidental y en la compra de armas y artículos de consumo.

Pero Occidente nunca quiso percatarse de que parte de las mezquinas ganancias de este gran negocio se desviaban hacia el financiamiento de la causa islámica. El Irán jomeinista, la Libia de Kadafi, el Sudán de Turabi, algunos miembros de las casas reales mahometanas y sus allegados, como Bin Laden, y no pocos empresarios musulmanes de todo el mundo sostienen la guerra santa y a los guerrilleros de la fe: en Cachemira contra la India, en Chechenia contra los rusos, en Bosnia contra los serbios, en el Líbano contra los israelíes, en Argelia o en Egipto contra las “dictaduras”, y en Europa y los Estados Unidos para promover la propagación del Islam. En todos los frentes la yihad, la guerra santa en su más amplia expresión, se entiende como una lucha misionera para defender y expandir la “única y verdadera fe”.

VI

Muy tarde, Occidente comienza a entender la dimensión de la yihad, y a percatarse de que sus políticas erráticas y sus valores –que muchos mahometanos detestan- han generado, a lo largo del siglo XX y en el inicio del siglo XXI, precisamente esa respuesta violenta. Un claro ejemplo es el francés Gilles Keppel, quien todavía proclamaba optimista, en un reciente libro, que “la yihad va en declive”. Los que desde hace tiempo estudiamos la historia y trayectoria del fundamentalismo islámico sabemos que la yihad, como la entienden las sociedades mahometanas y la ejecutan los grupos fundamentalistas, es un “esfuerzo continuo” que Alá encomendó a los musulmanes desde el siglo VII hasta “el final de los tiempos”, el cual sobrevendrá cuando el Islam domine a la humanidad y “someta” a las otras religiones, a las cuales no pretende exterminar sino rendir y sojuzgar. El Corán sienta las bases de esa guerra perpetua; la voz atronadora de Alá aún resuena en el corazón de los fieles musulmanes: “Combatid a aquellos que no creen en Alá y su Mensajero, ni siguen la Religión de la Verdad [el Islam] hasta que paguen el tributo humillados y estén subyugados” (9:29); “Mátalos [a los no musulmanes] hasta que no haya más salvación y sea la Ley [sobre la Tierra] toda entera de Alá” (8:40); “Musulmanes, no desfallezcáis ni ofrezcáis la paz, en tanto que vosotros sois los más fuertes: Alá está con vosotros” (47:37); “A los que combaten por la causa de Alá, a aquellos que sacrifiquen la vida terrestre por la del más allá y que mueran por la causa de Alá, Nosotros les concederemos una retribución inmensa [el paraíso]” (4:76-78); “Aquellos que no creen, para ellos habrá destrucción y Él destruirá sus obras” (47:8); “Mátalos dondequiera que los halles y sácalos de donde ellos te sacaron” (2:190).

Osama Bin Laden no pretende ser sino un ejecutor fiel de las directrices coránicas que se consideran vigentes hasta el final de los tiempos. Por lo tanto, Bin Laden, como la mayoría de los ulemas o doctores de la ley musulmana, interpreta esos designios de acuerdo con la realidad presente: en contra del enemigo occidental. De allí que ninguna autoridad religiosa musulmana se atreva a excomulgarlo, porque en el fondo están de acuerdo con él: están de acuerdo en que la guerra santa es lícita, pues Occidente ha humillado y agredido al mundo musulmán: en Palestina, en Irak y sobre todo en la tierra santa, en la península arábiga, poniendo en entredicho el dictado coránico: “Los infieles son impuros. Que ellos no se aproximen [siquiera] a la Mezquita Sagrada [la Meca] después de este año” (9:28).

VII

¿Qué puede hacer Occidente? Lo primero es cobrar conciencia, como lo están haciendo algunos líderes occidentales, de las dimensiones, las características y la realidad de la guerra santa islámica. Y reconocer que, desde hace muchos años, el Islam está en pie de lucha, aun si esta es una contienda obtusa en forma de guerra de guerrillas. De allí que la respuesta occidental, mediante una guerra convencional, tendría escasos resultados, e incluso podría ser contraproducente al dar la impresión de una nueva cruzada contra la fe de Mahoma.

Es obvio que Occidente debe exigir que los gobiernos musulmanes “aliados” proporcionen toda la información de inteligencia acerca de los millares de grupos guerrilleros o células islámicas, para que se proceda a “cazarlos” debidamente. Pero incluso esta medida sería difícil de aplicar, pues el denunciar a estos grupos guerrilleros implicaría traicionar a sus patrocinadores, es decir, países y personajes musulmanes, muchos de ellos de alto nivel.

Occidente podría solicitar a prestigiadas autoridades religiosas musulmanas que excomulgaran a Bin Laden y sus seguidores; existe el recurso juridicorreligioso de declararlos herejes (kufr), perseguirlos y ajusticiarlos. Sin embargo, esto sería algo inédito, un verdadero reto para los supuestos representantes del Islam moderado y liberal, que difícilmente pueden juzgar a un fundamentalista sin poner en tela de juicio las escrituras coránicas. Más aún: al carecer el Islam, como las sectas protestantes, de una jerarquía eclesiástica, de obispos o de un papa, el resultado sería ambiguo. Si algunas autoridades excomulgaran a los terroristas, otras autoridades igualmente legítimas, y la opinión pública musulmana, los seguirían apoyando. Lo más probable es que muy pocos se atreverían a impugnar la “corrección teológica” de las interpretaciones de Bin Laden: cuando mucho lo acusarían de excesivo. Bin Laden puede ser señalado por correligionarios suyos incluso como asesino, pero difícilmente como un mal musulmán.

VIII

Si Occidente realmente quiere enfrentar esta nueva yihad, la segunda medida sería imponer controles y vigilancia a los capitales islámicos que circulan libremente a través de sus economías, parte de cuyos dividendos nutren las redes fundamentalistas. No hay que olvidar que el Islam prohíbe a los bancos mahometanos cobrar o pagar intereses propiamente, así es que el gasto de los capitales musulmanes se compensa en gran medida a través de sus inversiones en empresas o bancos occidentales donde sí generan verdaderas ganancias. Sin embargo, ¿cómo determinar qué empresa o banco musulmán está vinculado con los grupos radicales? Sin mencionar que, al imponerse controles sobre estos capitales, simplemente podrían optar por retirarse del sistema financiero occidental.

En este punto habría que reflexionar sobre la prolongada complacencia occidental ante su propia dependencia del petróleo como fuente de energía barata. Eso es lo que ha vuelto a Occidente tan vulnerable e interdependiente respecto del mundo islámico; es allí, en los países musulmanes, donde se concentra la riqueza petrolera: otra de las “bendiciones” de Alá a la causa islámica.

IX

Por último, la pregunta más difícil es qué van a hacer los países de Occidente ante la creciente penetración musulmana. Según el Islam, cada musulmán es un muyahid, un guerrero de la fe en potencia. ¿Acaso se va a detener el flujo migratorio musulmán que está creando enormes comunidades en Europa y América del Norte? ¿Qué actitud se tomará ante dichas comunidades, cada vez más abusivas de los derechos que les garantiza el sistema democrático? La influencia de estos contingentes no sólo penetra el sistema económico, financiero y político, sino que crea tensiones sociales y genera tendencias xenófobas, paradójicamente reprimidas por los valores occidentales básicos de tolerancia y pluralidad.

Pero la penetración islámica va más allá. Se encuentra en el baluarte mismo de los valores occidentales: en las grandes universidades europeas y estadounidenses. Estas últimas, en particular, se han sentido obligadas a contratar una cuota importante de académicos musulmanes, especialmente para estudiar el Medio Oriente, sin percatarse de que esos profesores, al margen de sus grados o méritos intelectuales, nunca dejan de ser musulmanes. La crítica al Islam les parece impensable, a no ser que quieran seguir los pasos de Salman Rushdie. Así, se sienten obligados, por lealtad a su fe, a propalar una “imagen elogiosa” del Islam, la cual, lejos de ser objetiva ni crítica, ha acabado por nublar el juicio de sus colegas occidentales, que los escuchan embelesados y llenos de ingenuidad. Tal vez se pueda enjuiciar a Bin Laden, pero nadie en Occidente podría cuestionar los dictados de Alá.

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