El Cachorro de Churumuco

Por Leopoldo González

Entre Churumaco y Churumuco (derivado del vocablo Chirimekua, presuntamente de origen chichimeca) la diferencia es sólo el nombre, que alude a distintas épocas.

Cuando el cura José María Morelos, hace poco más de 210 años, llevó su ministerio allá e intentó establecer un curato en esa lejanía, el pueblo se llamaba Churumaco (Ermilo Abreu Gómez dixit). Años después entró en los fragores de la historia con su nombre actual.

Todo esto viene a cuento porque ahí no se daban los ´cachorros´, sino hasta muchos años después, cuando la prensa bautizó a uno de los tantos políticos venidos de allá como “El Cachorro de Churumuco”.

Cristóbal Arias Solís parece haber salido a oscuras del caserío, como de mujer fantasma. Y muchos años después, aún sigue buscando en qué estación de ida se alza el porvenir.

Su forja parece, a veces, la de un político compacto habilitado para la terracería y el pavimento, si hablamos de líderes “todo terreno”. 

Y en el oficio de perseverar -con todo y sus altibajos- ha ido creciendo. En el polvo y la resolana de los pueblos con sabor a pueblo, allá en 1988, era “Cristobalillo”. Ya entrados los noventa se ganó el apodo que encabeza estas notas. Hoy es “Cristóbal” a secas, aunque el humo de la fama lo persigue a veces de muy diversas maneras. Y fama es fama.

Arias Solís ha sido un político de vena calentana, de choque y rompe y rasga, como lo prueban dos hechos de la historia política de Michoacán: ser el artífice de la caída de Luis Martínez Villicaña (1988) y de la de Eduardo Villaseñor Peña (1992).

Cristóbal Arias Solís también puede ser visto como un político controvertido y que genera polémica, no sólo porque temperamento es destino y algunas de sus incursiones públicas lo han marcado, sino porque ha sido capaz de decir “no” a cierto grupo de poder; de calificar a otro gupo en términos fuertes y tronantes y de deslindarse de ejercicios de incoherencia que en el PRD le parecieron inadmisibles.

Pero Arias Solís, desde que tomaba clases de derecho con Natalio Vázquez Pallares y luego al abrazar la causa de un frente amplio de partidos, el FDN, en el bienio 86-87, ha hecho carrera en el servicio público y se ha forjado una historia política que es, quizás, la más sólida de cuantas en Morena traían la obsesión de la gubernatura en la frente.

Los obstáculos con que ha topado el “Cachorro de Churumuco”, a lo largo de años de intensa vida pública, no han sido pocos: Roberto Robles Garnica (el “roblismo”), Leonel Godoy Rangel (el “godoyismo”) y otros “ismos” que en la vida política del Estado crecen como en maceta, le han impedido el paso franco a la gubernatura del Estado.

Son -y Cristóbal Arias Solís seguramente lo sabe- los clanes y los grupos de poder que tanto daño le han hecho a Michoacán, y cuyo candidato, Raúl Morón, parece ser hoy el instrumento de esos intereses.

La historia de los dirigentes y los líderes políticos, a veces puede tener como aliada a la diosa ciega de la historia, la Fortuna, o sencillamente no tenerla y disponerse a seguir en la brega hasta que el oráculo indique que la hora ha llegado. 

En buena medida, luego de que la dialéctica de su acción política ha encaramado, por lo menos, a dos gobernadores en el Estado, puede decirse que la biografía política de Cristóbal Arias Solís, sin hipérbole, no está exenta del coloquial refrán: “Unos corretean la liebre y otros sin correr la alcanzan”. Los casos de Genovevo Figueroa Zamudio y de Ausencio Chávez Hernández muestran, claramente, la justeza del dicho popular.

En los trances de hoy, cuando Michoacán está a punto de ingresar a un proceso electoral para renovar el Ejecutivo del Estado, la legislatura y 113 presidencias municipales, Cristóbal Arias Solís figura una vez más entre los nombres de quienes aspiran a la gubernatura, ahora por el Partido Fuerza por México. Mario Delgado le jugó rudo, escogió un candidato sin estructura y que no pintaba en encuestas serias, y ahí está el brete en que está metido Morena hoy.

En la coyuntura actual, considerando todo lo que está en juego para México en 2021, lo que preocupa es el perfil autoritario o francamente totalitario de Morena, alineado con el “ego enfermo” de un hombre. En este sentido, puede decirse que mientras más sube la popularidad de AMLO, más baja la popularidad cívica y democrática del mexicano.

Si Morena y AMLO no fuesen lo que son, la peor tradición de la izquierda autoritaria, no habría motivos para temer un revés, una fractura nacional o una peligrosa escalada en la democracia mexicana.

Siendo lo que son, cualquier cosa que salga de Morena o AMLO traerá el sello de su propia podredumbre, porque los morenistas -en general- no suelen tener ojos para su propia fealdad, oídos para su contaminación auditiva, autocrítica para su mediocridad ni olfato para su propia hediondez, porque sus cinco sentidos sólo están diseñados para detectar a quien disienta de sus creencias, como si fuesen Los Testigos de Jehová del Conde J. F. Rutherford de 1848. ¡Qué feo caso!

La moneda y la apuesta están en el aire. Veremos quién favorece el oráculo esta vez. 

Pisapapeles

De Cristóbal Arias Solís depende la posibilidad de ser resueltamente otro, a partir de la clara certeza de lo que ha sido. 

leglezquin@yahoo.com


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