Un alcalde impopular

Por Leopoldo González

Raúl Morón, el alcalde de la capital del estado, es todo un ejemplo de cómo el poder cambia a las personas y conduce a algunos políticos a traicionar parte de su pasado, sin reparar en escrúpulos de ningún tipo.

Al margen de haber sido electo para el cargo sin más mérito que el de haberse acogido a la sombra de Morena y Andrés López, lo que le ahorró algunos pesos en campaña, el alcalde moreliano originario de Maravatío es ya una muestra de lo que es ser político en México: a la antigua y a la peor usanza.

Recuérdese que, para el profesor de educación física -en sus días de idealista convicto- usar traje era un “estigma deslegitimador” al que no debía sucumbir ningún personaje de izquierda. Usar traje ahora -para él- ya no es deslegitimador. Ya lo vimos: el mimetismo político vuelve iguales (a veces peores) a izquierdas y derechas.  

Para escalar a la administración municipal, pues su fuerza no le alcanzaba, tuvo que acudir al viejo expediente de la negociación incestuosa y el oportunismo con otros grupos -aunque eso significase compartir el poder- para afianzar una cabeza de playa local que luego le diera “ponch” para aspirar a la gubernatura. Eso le acarreó desencuentros y conflictos con importantes corrientes morenistas, entre ellas la de Juan Pérez, que ahora ven en el egresado de una normal de Tlaxcala a un arribista más de los muchos que llegaron a Morena en el vagón del último tren. Ya ni hablar de la CNTE de hoy, donde ni siquiera es bien visto.

Aparte de haberse rodeado, ya en funciones edilicias, de personajes impresentables o mal vistos, de los que se sabe su origen, su trayectoria y a quien sirven, el profesor metió en la nómina del Ayuntamiento (como fue denunciado hace semanas) a sus más allegados de la Liga Municipal de Futbol, que podrán hacer fintas y gambetas en el campo de juego, pero no le saben a los asuntos de la administración pública municipal.

El caso es que una administración municipal como la de la capital, tan estratégica para la buena marcha de los asuntos públicos del estado, no tiene en la cima a un edil probo y congruente, a un funcionario de carrera eficiente y eficaz, sino a uno que ve la política igual o peor que todos los demás: como un modo de ejercer, no ya la vulgata del “marxismo-leninismo” que se imparte en las normales, sino como una sui géneris manera de ejercer el “marxismo-lananismo” hoy tan en boga.    

Al acercarse el mes de la patria, con todo el boato y la parafernalia que implica desahogar un calendario cívico, se suponía que la noble y señorial cuna de José María Morelos (Valladolid-Morelia) merecía tener un Ayuntamiento de rostro limpio y despercudido, a la altura del brillo, la coherencia y la grandeza del prócer vallisoletano, pues Morelia es cantera viva e inagotable de personajes ejemplares.

 A cambio, lo que se tiene es a uno de los alcaldes más impopulares del estado, ya sea por sus frecuentes cambios de piel, su visión clientelar de la vida pública, su incompetencia a la hora de gobernar o porque mostró muy pronto que por encima de Morelia está su carrera política.

Es una lástima que alguien que prometía mucho, de pronto venga a entregarle a la ciudad capital tan poco.

Además del alarmante tema de la inseguridad, del que el edil suele lavarse las manos con la infantil excusa de “yo tengo otros datos”, Morelia es nudo y nido de problemas que no ha sabido, no ha podido o no ha querido resolver el Ayuntamiento. 

La prolongada falta de agua en la Tenencia de Santa María de Guido, los litigios poselectivos en la Tenencia de Jesús del Monte, los problemas viejos y recientes en la Tenencia Morelos, la relación áspera del edil con Antorcha Campesina y todo el cúmulo de fierros en la lumbre que trae encima, de algún modo indican deficiente operación administrativa, falta de operación política e incompetencia para gobernar.

La forma arbitraria y el estilo barbaján con que personal del Ayuntamiento se ha presentado en distintos negocios de la ciudad, en semanas recientes, a retirar anuncios publicitarios y decomisar cajones de Valet Parking, demuestra que los buenos modales y el respeto a los ciudadanos no son algo que distinga al Ayuntamiento moreliano.

Si a esto sumamos los escándalos en que se ha visto envuelta la señora Omega Vázquez, directora del Poliforum Digital, por asuntos frívolos y otras liviandades a que ha expuesto al servicio público, y el lenguaje exquisitamente soez de la secretaria particular del edil, lo que tenemos es muy claro: el actual Ayuntamiento de Morelia no pasa la prueba de la honorabilidad, la decencia y la honestidad.

Pisapapeles

Lo dicho, desde la teoría política, sigue siendo cierto: Una cosa es tener destreza en griterías y barricadas sociales, y otra, muy distinta, es tener sabiduría y destreza para el arte de gobernar.

leglezquin@yahoo.com

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