El “encierro” y una canción esperanzadora

Por Luis Alfonso Martínez Montaño

El mundo necesita de la poesía que fluye en el rock. Una poesía popular capaz de vulnerar la desazón, la tristeza y cierta incredulidad que inundan estas “épocas raras” donde me enfrento a un organismo invisible y mortal. El cual paradójicamente ocasionará que se revaloricen ciertos privilegios que se gozaban durante la vida cotidiana como la libertad de salir a la calle.  

Ahora, sin duda, dicha libertad permanece restringida por el encierro (palabra que intentan suavizar las autoridades al preferir el vocablo “confinamiento”). Este termina cediendo terreno ante el empuje de ese género musical que en su muy peculiar estilo va a contracorriente de la fatalidad inherente a la condición vulnerable que a veces se suele experimentar.

Asimismo, vale la pena mencionar que ciertos críticos señalan que el rock no alberga pretensiones de carácter literario, ni es necesario que las posea. Sin embargo, las letras de algunas composiciones no rechazan la posesión de un sentido poético. Rasgo que escapa a determinados oídos que son capaces de oír, mas no de escuchar, ad nauseam una canción cuya letra es cutre y nada propositiva.

Por el contrario, existen joyas que proveen mensajes aleccionadores y de resistencia, como sería el caso de “El síndrome”, pieza contenida en El fuego de la noche; álbum debut del grupo La Barranca en 1996. El origen de la misma es interesante en sí, pues su autor, José Manuel Aguilera, la elabora para brindar consuelo a uno de sus amigos que padecía una enfermedad grave por aquella época.

Precisamente, la virtud de la balada consiste en poner de manifiesto su poderío con base en la adecuada distribución de recursos expresivos (de hecho, su letra ostenta una gramática sencilla y ajena a adornos innecesarios). En este sentido, el inicio es inmejorable porque cinco sobrios acordes de la guitarra rítmica marcan la entrada de la guitarra líder que dotará de sensualidad a toda la composición que por un instante alcanza alturas etéreas con la presencia del sonido de un violín que precede a la repetición de la segunda estrofa.

Esta, junto con la primera, alude a elementos de la naturaleza, el mar y el sol, que se personifican y fungen como depositarios de las peticiones del yo lírico que intenta demostrar que buscará en la medida de lo posible el bienestar de su destinatario. Aspecto que se recalca con el sentimiento de convicción que es evidente en el estribillo: “Y verás la luz, / cuando el síndrome se vaya / no habrá nada más que luz”.

Un nuevo solo de la guitarra líder da entrada a la cuarta estrofa “Voy a reconstruir / la mirada que vas perdiendo / para exponerla de nuevo en la calle”, donde es posible advertir la presencia de amistad inquebrantable y también de solidaridad para con el destinario abatido: “Voy a coleccionar / los suspiros que vas dejando / para guardarlos un rato en la sombra”.

De nueva cuenta aparece el estribillo, por última vez, que es el umbral del cierre de la canción, una anáfora que conlleva un mandato que se cumplirá una vez que concluya la pesadilla “Y pisarás otra vez la tierra. / Y pisarás otra vez la tierra. / Y pisarás otra vez la tierra”.

George Harrison como José Manuel Aguilera también es compositor. Me parece que el cierre anterior se conecta con lo que declara aquel en su pieza “All things must past”; canción del disco homónimo de 1970 y que fue su debut como solista. Otra balada más que pertinente en medio de momentos complicados y donde los tranquilos acordes de un piano dialogan sabiamente con los demás instrumentos.

Precisamente, la penúltima estrofa de dicha pieza es significativa y no está de más referirla a través de un parafraseo: la oscuridad se queda en la noche y en la mañana se irá; la luz del día es buena en su momento y no siempre estará el gris. Un buen complemento de esta declaración sensata, podría ser, me atrevo a considerarlo así, la orden aludida en líneas anteriores: “y pisarás otra vez la tierra”.

Sin duda, ambas composiciones están distanciadas cronológicamente, no obstante, las dos acicatean la espiritualidad, sin tener que recurrir a una perspectiva fatalista. Aun tienen la osadía de provocar que uno evoque, si considero todo el tiempo que ya transcurrió desde su aparición, ciertas épocas pasadas mucho más venturosas.

El recuerdo de éstas también sirve para reafirmar el valor de la esperanza como un medio de defensa, aspecto que bien podría entenderse a la luz de la siguiente reflexión: “La memoria es la base de la personalidad individual […] Se vive en el recuerdo y por el recuerdo, y nuestra vida espiritual no es, en el fondo, sino el esfuerzo de nuestro recuerdo por perseverar, por hacerse esperanza, el esfuerzo de nuestro pasado por hacerse porvenir”. 

Por último, es cierto que, al revisitar la canción de La Barranca, al igual que la otra pieza, una célebre frase hecha, a la que tal vez el amable lector ya recurrió, es susceptible de mirarse con otros ojos, que bien podría replantearse de la siguiente manera: la esperanza muere al último… si se nutre de la poesía que brota de la buena y atemporal música de rock.    

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