REFLEXIONES DE UN SOCIÓLOGO SOBRE EL COVID-19

Por: Héctor Ceballos Garibay

Ni siquiera la terrible crisis de salud que afecta a todo el mundo puede compararse con las desdichas y sufrimientos padecidos durante la primera y segunda guerras mundiales, durante el siglo 20. Atestiguar miles de muertos por el COVID-19, no es lo mismo que padecer contextos de masacres entre ejércitos y pueblos enemigos en donde emerge el odio, la xenofobia, el racismo, la discriminación, la venganza, la lucha por la sobrevivencia, las hambrunas, la miseria…es decir: la crueldad y las venganzas de unos contra otros. Claro que, para bien, también ocurrieron ejemplos maravillosos de solidaridad, sacrificio, generosidad y altruismo. En las circunstancias de hoy en día no predominan factores como el nacionalismo, las ideologías y la venganza personal o grupal, sólo atestiguamos el miedo, la incertidumbre y el pánico ante no saber cómo, cuándo y por qué medios la ciencia de la salud controlará y terminará con el problema a través de vacunas, medicamentos, asistencia hospitalaria, etc. Vivimos, pues, con zozobra y expuestos al contagio. Pero sin odio de unos contra otros, ni matanzas genocidas como las que ocurrieron en el exterminio nazi y en los campos de concentración soviéticos.

Tampoco la actual pandemia se asemeja, en cuanto a los efectos devastadores que dejará en la economía (desempleo, cierres de empresas, carestía…), a las graves consecuencia que en este mismo sentido produjeron el crack económico de 1929 o las secuelas de la recesión financiera del 2008 y 2009. En estos casos, los gobiernos hicieron sus políticas de rescate económico, y la debacle fue larga pero no causó muertes masivas. Ahora será peor, pues habrá muchos decesos por el contagio directo entre desconocidos y también entre amigos y familiares. Qué decir de la tragedia de que en estos días los más expuestos al contagio sean precisamente el personal médico y las enfermeras, los policías y soldados, los que tienen trabajos esenciales y no pueden confinarse en sus casas. Los héroes del momento, el sector sanitario, están siendo atacados y humillados por la población, en el colmo de la irracionalidad.

La realidad de los efectos devastadores del coronavirus impide ser optimista: 1) Las señales de que ya se controló en China no son confiables (debido a la censura estatal y la manipulación informativa del régimen comunista), 2) Estados Unidos se ha convertido en el país con más contagios y muertes, sin visos de solución; 3) En España e Italia los números de contagiados disminuyeron temporalmente, pero ello no quiere decir que el problema esté controlado, la prueba es que se han extendido los plazos para regresar a las actividades normales (cualquier precipitación o mala planeación en el retorno a la vida cotidiana será contraproducente); 4) En otras partes del mundo, sobre todo en los países árabes, africanos y latinoamericanos, el grave problema de salud apenas está comenzando y desgraciadamente en estos países pobres el sistema sanitario es deficiente, las carencias son mayores y las medidas de precaución se tomaron tardíamente; por ello, los contagios y las muertes tendrán un efecto exponencial y devastador; 5) Las últimas declaraciones de la Organización Mundial de la Salud son preocupantes: es probable que haya un rebrote del virus al final del año (y que éste sufra mutaciones desconocidas), lo cual se suma a la posibilidad de que los pacientes que ya se hayan curado de la enfermedad vuelvan a recaer y no hayan creado inmunidad; 7) Es de lamentar que los gobiernos internacionales, desde el principio, no hayan creado un organismo especializado de médicos epidemiólogos para asesorar a todos los países del mundo con políticas de prevención, asistencia económica y apoyo médico indispensable. Esta incomunicación y descoordinación produjo que muchos presidentes tomaran el asunto a la ligera y no instruyeran a tiempo las medidas adecuadas para anticiparse al problema de salud; todo ello aconteció en el caso de países como Estados Unidos, Brasil y México, para sólo citar tres casos emblemáticos y los cuales viven ahora con crudeza el problema; 8) Sólo queda, pues, esperar a que la ciencia médica pronto genere una vacuna o un medicamento curativo, pero ello tardará por lo menos un año.

En el caso de nuestro país, son muchas las actitudes que hay que lamentar: a) que no se haya creado un Comité de Emergencia, integrado por ex Secretarios de Salud, los cuales colegiadamente hubieran tomado decisiones pertinentes; b) que no se haya actuado con prontitud y con decisiones ejecutivas claras, precisas y puntuales, ordenando a la población atender obligatoriamente las medidas preventivas recomendadas por la OMS; c) que no se hayan realizado las pruebas masivas sugeridas internacionalmente; d) que el propio presidente mexicano no haya puesto el ejemplo de mantener conductas de prevención, dirigiendo a la nación a través de medios electrónicos. Y estos y otros errores a la hora de una emergencia gravísima sucede en un escenario nacional terrible: crisis del sistema de salud (en virtud de la centralización de las compras y el manejo improvisado de insumos y medicamentos, amén de la carencias de médicos y hospitales, etc.), brote incontenible de casos de Sarampión, predominio de una subcultura comunitaria en donde no abundan los hábitos de higiene, ni la información especializada, ni el acatamiento a las medidas del sector salud, y sí en cambio prevalece el relajo, el descreimiento, la actitud milagrera y las supersticiones. Debido a ello los pronósticos de los especialistas hablan de que, con estos antecedentes y malas costumbres, la pandemia nos afectará a México severamente y por un tiempo más prolongado.

Para colmo, los datos duros del 2019 reflejan el fracaso de AMLO: crecimiento nulo de la economía, aumento de la inseguridad, fomento de la polarización social por parte del propio presidente, políticas energéticas retrógradas, toma de decisiones erróneas con base en “consultas populares”, debilitamiento de los órganos autónomos y ataque a las ONG, cuestionamiento continuo a las voces críticas,  debilitamiento con chantajes y amenazas de los otros poderes del Estado, imposición de macroproyectos inviables, rechazo a una economía abierta y sustentada en la inversión y el fomento de la confianza, etc. La ineptitud, la obstinación, el mesianismo populista y la visión ideológica obsoleta sólo auguran que, ante le emergencia sanitaria, AMLO opte por incrementar su proclividad al autoritarismo y ello se traduzca en la cancelación de los avances democráticos logrados por la sociedad civil en las últimas décadas. 

Aún hay tiempo. Ojalá se convoque a todos los sectores sociales a enfrentar la emergencia nacional, y la población se autoorganice como única manera de salir avante.

 

Uruapan, Michoacán, abril de 2020.

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