Sobrevivir a golpe de pastillas

Por Kathia A. Díaz

 

Hablar de Prozac, es como hablar de Coca Cola. Todos sabemos qué es aunque no sepamos cómo funciona, ni de qué está hecho. El Prozac está en boca de todos. Con él, como con el brebaje negro, ha venido la promesa de una vida más feliz, sin complicaciones, ¿para qué temer a la muerte, si podemos apurar la felicidad, a golpe de pastilla? Gracias al Prozac diversos calmantes y ansiolíticos han sido bienvenidos a nuestra mesilla de noche; basta con estirar la mano para alcanzar el envase y, voilá, allí lo tenemos, un buen espacio de serenidad en la isla de la paz en la que se ha convertido, de pronto, nuestro viejo colchón.

Llegamos a la consulta, tristes y cansados de tanto vivir y, en menos de lo que canta un gallo, salimos con la prescripción médica. Para sonreír, nada mejor que un buen antidepresivo. ¿Qué pasa por nuestra cabeza, por nuestro cuerpo, que nos urge la evasión de la tristeza, del desencanto, del tedio? Como inexplicablemente nos hacen creer –y creemos- que por nosotros mismos somos incapaces de autorregularnos, de alcanzar poco a poco el equilibrio, se nos hace fácil ingerir el medicamento. Pocas veces nos advierten de las serias contraindicaciones, de que su uso está justificado solamente en casos detenidamente analizados y que una vez que se inicia su consumo es importante llevar un seguimiento periódico, detallado y responsable.

En la antigüedad, el suicidio era visto de manera honrosa, se buscaba ante todo dignidad, virtud, honor. La vida en sí misma no era considerada como el valor más alto. El aburrimiento no era un problema, o cuando menos ningún gran pensador clásico dedicó su tiempo a escribir insistentemente acerca de él. La muerte no estaba tan estigmatizada como lo está hoy. Hindús, griegos, egipcios, incluso más cercanos en el tiempo, los aztecas, veían el suicidio de una manera radicalmente distinta a como se mira en nuestra sociedad altamente medicalizada, intervencionista y artificial. Fue en la Edad Media cuando la opción de elegir la propia muerte comenzó a ser censurada. Con este horizonte salvajemente dogmático, nuestra mirada se transformó a tal grado que, incluso cuando la ciencia moderna irradió nuestro entorno, su luz no fue suficiente para sacudir del todo las ortodoxas cosmovisiones judía y cristiana. La modernidad se ha encargado de preservar la vida a toda costa, aún por encima de la voluntad de aquel que la posee. El miedo a la muerte es tan grande en la actualidad que es imposible creer que la vía del suicidio deba permanecer abierta para alguien. La opción de elegir la propia muerte ha dejado de ser un derecho, o una vía legítima para dar fin a una vida indigna. Esta visión cargada de altas dosis de teología medieval persiste hasta nuestros días y así es como la vida, en sí misma, se ha convertido en lo más valioso, aunque nos agobie el dolor de una enfermedad terminal, aunque estemos tan viejos que nos orinemos encima y nos encontremos prácticamente en estado vegetativo, aunque nos hayamos lesionado y estemos postrados, dependientes de otro para cubrir necesidades primarias, sin trabajo, sin aliento; aunque nuestro compañero de vida se haya muerto y ya no queramos vivir más. Espera, te dicen, después de la oscuridad, del dolor, del desgarramiento infernal, renacerá el color y tú volverás a amar estar aquí. El valor que se le adjudica a la vida es tan grande que está mal visto, incluso, vivir sin disfrutar. Una vida sin diversión es cuestionada. Una vida sin placer es un desperdicio. El margen del aburrimiento es tan corto que cuando éste se atraviesa deviene la ansiedad como respuesta. El sujeto contemporáneo no sabe transcurrir el tiempo, no sabe no hacer nada, se define a partir de lo que produce, no sabe habitarse sin factores externos que lo entretengan o le den un sentido. Hoy, más que nunca, lo que nos significa tiene su procedencia en la exterioridad, cada día emergen menos preguntas que nos orillen a preguntarnos ¿quién soy?, ¿cuál es el sentido de mi existencia? No ser feliz es una afrenta a nuestro entorno construido para generar el máximo placer al instante. Pero, ¿qué pasa si no logramos disfrutar? ¿Qué pasa si no regresa la sensación de bienestar? ¿Qué pasa si el lapso de aburrimiento se extiende inexplicablemente? ¿Qué, si el sufrimiento se hace presente y el llanto se vuelve una constante? ¿Y si comenzamos a plantearnos preguntas oscuras que inquieren acerca del sentido de la existencia? ¿Qué gran mal nos ha embargado de pronto que el sentido ha cesado? ¿Cómo aliviar ese mal, esa enfermedad del espíritu que inexplicablemente nos aqueja? Sencillo: A golpe de pastillas. Seremos una persona nueva. No nos prometen cobijo, no, no es nuestro entorno el que debe cambiar, volverse más hospitalario, más empático, no, debemos cambiar nosotros, nuestra interioridad ha de ser modificada, como si fuera posible no sólo no haber nacido, sino haber nacido otro distinto del que ya efectivamente somos. Como si esta magia pudiera ser suministrada dosificadamente en comprimidos que, por cierto, no se sabe bien a bien cómo trabajan, nuestra gran ciencia moderna no ha llegado a descifrar su accionar, es decir, se sabe qué es lo que hacen a nivel cerebral, pero cómo funcionan a nivel emocional aún está en investigación [1].

No es el miedo a la muerte, no, lo que nos mantiene vivos a base de ansiolíticos y antidepresivos, sino la completa y radical pérdida de sentido. ¿Acaso no es legítimo preguntarnos cómo es posible que una droga sea capaz de devolvernos algo que sólo puede ser recuperado con paciencia, autocuestionamiento, reflexión, con la efectiva presencia del sentimiento, de la emoción? ¿Acaso no es verdad que el sentido se pierde cuando la vida nos sacude inesperadamente y nos arrebata aquello que nos hacía levantarnos intactos cada mañana? ¿No es verdad que cada herida necesita su tiempo para sanar?

¿Es esto todo lo que la sociedad nos ofrece, es esto todo lo que nuestra cultura ha construido para que queramos seguir respirando? No. También existen las terapias. Las hay de todos los colores y sabores posibles, como la música. Va desde la clásica hasta la alternativa, desde la experimental, hasta la new age y los covers de antiguos éxitos. Hay de todo en el mundo de la psicología. Si no encuentras tu salida es porque realmente no te has esforzado lo suficiente. No valoras la vida. Y si no valoras la vida, entonces no valoras nada, pero cuidado, no se te está permitido morirte, ni envejecer espiritualmente, y muchísimo menos convertirte en un ser tóxico, reactivo. ¡Sacúdete, está en tus manos ser feliz! ¿Y si no me funciona sacudirme? ¿Y si no tengo recursos suficientes para acceder al autocuidado? Las terapias son para los que tienen dinero, ¿no es cierto? ¿acaso creen que los pobres tenemos horas libres para ir a terapia una vez a la semana al seguro social en donde tendríamos que perder un día completo de trabajo solamente para hacer la fila de ingreso? ¿Acaso la depresión es sólo una enfermedad de ricos? ¿Acaso creen que me sobra el tiempo para indagar acerca de mi existencia? ¿No es verdad que si me pongo a pensar le significaré pérdidas económicas al Estado? La OMS sostiene que: “Los costos estimados de la ampliación del tratamiento, principalmente el asesoramiento psicosocial y los medicamentos antidepresivos, se elevan a US$ 147 000 millones. Sin embargo, los beneficios superan ampliamente los costos. Se calcula que la mejora de la participación y la productividad laboral en un 5% supone un beneficio de US$ 399 000 millones, y la mejora de la salud otros US$ 310 000 millones.” [2]

Se sabe que los países donde se registra el mayor número de personas que padece depresión está en la franja de lo extrañamente llamado “Primer Mundo” [3]. Los primeros llegan antes al desencanto, y cómo no iba a resultar así, si cuando tenemos aquello que se supone nos traerá la plenitud en esta plañidera vida, resulta que nada nos satisface realmente. Resulta que el acceso a la seguridad social, a la educación universitaria, a la tecnología de punta y a la información grado mainstream no trae de la mano mi satisfacción personal. Tampoco tener asegurados agua y alimento, vestido, calzado, techo y una buena higiene, garantiza que la vida nos va a parecer alegre. Lo increíble: el acceso gratuito a psicólogos y psiquiatras graduados de las mejores universidades tampoco nos da la ventaja de felicidad a la carta. Las farmacéuticas se lamen los bigotes al tiempo que entrelazan, uno a uno, sus ambiciosos deditos y asesorados por el mayor mercader- prestidigitador a la mano se encargan de anunciar que la respuesta está en las pastillas. Y poco a poco, hasta los psicólogos más puristas apoyan la moción: mucho mejor si la terapia va acompañada por una alegre pastilla, así veremos resultados como nos gusta: ¡Cuánto antes!

El tiempo es duración, la duración es duración de algo, ese algo se llama existencia. La vida sucede. La vida se experimenta. Una experiencia es algo que nos acontece y nos acontece, por lo general, en todo el cuerpo. Éste, el que nos tocó, el que ignoramos y nos sostiene en este amargo mundo. Experimentamos el mundo desde lo que somos: afectividad. Somos seres cambiantes, sensibles. Los estados de ánimo se componen de sentimientos y emociones, forman parte de nuestra naturaleza. Sin embargo, no queremos sentir. Y más aún, nos negamos a que la sensación se extienda más de lo necesario. A partir de esta certeza las psicologías altamente mercantilizadas se han dado a la labor de popularizar que la felicidad es una elección, una toma de postura ante la vida al alcance de cualquiera, basta con decir ¡sí!, basta con alejarse de aquellos que llevan el nubarrón encima a donde quiera que van, llevándose toda nuestra energía; basta con hacer como si estuviéramos contentos para comenzar a estarlo realmente, el lema del presente: ¡Fake it until you make it! Basta con comprometerse con el aparente autocuidado y echar pa ́lante, aceptándose uno mismo tal y como es. Lo que no nos dicen es que ese uno mismo es nadie, es la masa, es la total ausencia de rostro del ser, es el término medio. Y a ese uno mismo están dirigidas todas estas “psicologías” de autoayuda: a ninguno, a nadie. Por eso no funcionan, representan el desgaste de las palabras, la ausencia de sentido y abandonan a las personas en el centro mismo de su desencanto, de su desesperación. Nos acercamos a estas ayudas superficiales con la esperanza de encontrar alguna especie de alivio instantáneo a nuestra particular circunstancia, y nuestra particular circunstancia y necesidad se ve combatida con una fórmula masiva para la aflicción. Como no nos funciona, intentamos buscar otras fuentes de sanación en la empatía, la convivencia, o tan sólo en un poco de escucha. Pero ser infeliz es políticamente incorrecto, transgrede las normas de conducta. Ser infeliz es motivo de desdén y rechazo generalizado, y esta reacción comienza en el interior de las familias y se expande como plaga por todos los rincones de las comunidades humanas. Si eres infeliz te conviertes en un apestado. Si te

cuestionas, si no te conformas, si estás insatisfecho, si reculas, si reniegas, si lloras o pides o te quejas o confrontas o todas juntas se te cerrarán todas las puertas. Todas. Serás un malnacido en tu propia casa. Si no pones remedio pronto y no haces algo muy pronto, las consecuencias serán de un confinamiento social insospechado. La máxima implícitamente reza: Como eres libre para ser feliz y eliges no serlo, asume las consecuencias. ¿A qué se debe tanto miedo? ¿Por qué la necesidad de erradicar no sólo la afectividad, sino su duración? Si estoy viviendo un duelo, ¿por qué se me exige cerrar página y hacer como si fuera normal seguir viviendo sin la presencia de esa persona irremplazable?, ¿por qué se espera que sea feliz cuanto antes? ¿Por qué se le pone fecha de caducidad a la tristeza cuando lo anormal sería estar contento? ¿Por qué no puedo confiar en que orgánicamente el llanto y la tristeza cesarán? Si estoy lesionada y me he quedado sin trabajo ¿por qué se me exige pasar por alto mi circunstancia y hacer como si tuviera buen ánimo cuanto antes? Si he vivido un trauma, ¿por qué se me demanda hacer como si no fuera para tanto (para mí lo es) y mostrar mi mejor cara cuanto antes? Si he perdido el sentido y legítimamente para mí la vida carece de todo valor, ¿por qué se me exige reponerme y hacer como si todo me pareciera hermoso y se espera que nunca nunca me cuestione ni ponga en duda la felicidad de los demás? ¿Por qué mi dolor, mi tristeza y mi desencanto no pueden tener la duración que yo necesito? ¿Por qué se les apura a estas emociones su paso por mi vida? ¿Por qué no puedo asumir que mi realidad se presenta así y que requiere tiempo para transformarse? ¿Por qué no puedo acoger la desesperación ajena, respetar sus tiempos sin intentar catalogarlos, ni apresurarlos, esconderlos o negarlos?

Que la depresión se haya convertido en la enfermedad del siglo XXI nos convoca a pensar en ella. Más allá de los remedios, más allá de la prevención, nos urge a mirar el presente desde sus síntomas, a contemplar nuestra cultura como un cuerpo enfermo cuyo espíritu adolece y precisa ser escuchado. Un cuerpo sin espíritu no se sostiene. El espíritu es el aliento del cuerpo. Esto fue lo que Hegel comprendió genialmente. Lo que no comprendió fue que el cuerpo es individual y la totalidad lo aniquila. El hombre, diría Kierkegaard, está constantemente amenazado de enfermar de desesperación. La desesperación es una posibilidad inherente al hombre. Es a la desesperación a lo que tememos realmente, no a la

muerte. Desesperar es no poder morir la muerte. Eso significa no sólo seguir vivos, sino estar más vivos que nunca. Mantenernos en la afectividad aunque no tenga sentido. Dolernos, aunque no sepamos por qué. Es un corto circuito entre el cuerpo y el alma. Su separación, su fatal indiferencia o su desgarramiento. El tiempo se elonga y parece un afluente sin fin donde nuestra vida transcurre como si fuera eterna. Nuestro tiempo se ha creído su propia mentira de que la desesperación es su sino maldito, y no, hemos olvidado que la desesperación es el sino de lo humano, su posibilidad. Es lo humano, justamente, lo que está en juego. Pero ya lo ha dicho Foucault: El hombre ha muerto. Y nos gusta más muerto en vida. Nos gusta muchísimo más adormecido, así podemos hacer como si la existencia no exigiera respuestas, como si vivir fuera una meta plana y no un trayecto escarpado. Si acallamos la voz que nos demanda construirnos un rostro para que lo que somos tenga un significado pleno, profundo, no harán más falta la filosofía, la poesía, el arte. ¡Que quemen los libros que nos incitan a pensar, que incendien las arcas del sentimiento! No es extraño que la educación olvide los fundamentos de lo humano cuando se empeña en sacar la filosofía y las letras de las aulas, cuando confunde el civismo con la ética, cuando el arte parece panfleto de superación personal. No necesitamos pensar en la esencia de lo que somos. No necesitamos sumirnos en la desesperación para atravesarla, nos hemos creído el cuento de que somos humanos por el simple hecho de haber nacido “hombres”. Lo humano se construye, lo humano no es un destino, sino una elección. Pero preferimos creer que no necesitamos la amenaza constante de la caída. Preferimos creer que podemos probar todo sin ser responsables. Queremos vivir sin angustia, desinteresados del dolor propio, pero sobre todo, del dolor ajeno, principalmente si hemos sido nosotros los causantes. ¡Que silencien de inmediato el sufrimiento del otro! No tenemos por qué procurar a nadie A ese que llora, por favor que alguien lo sede para no tener que escuchar sus quejidos en mitad de la noche. Y si el que llora soy yo, por favor hagan algo y pronto, no vaya a ser que se me llene la boca de preguntas, o peor aún de asco por todo lo que me circunda. Entre más vamos creciendo, más pequeña se va haciendo nuestra voz, más insignificante nuestro impulso creativo: es la homogeneización del espíritu. Por eso el adulto -una vez que se habitúa a ellos-, disfruta el consumo de

ansiolíticos y calmantes, pues consigue definitivamente la disolución del espíritu, consigue -a fuerza de pastillas-, la “serenidad” que se espera de él. Tal vez le haría verdaderamente feliz cerrar su día con un buen orgasmo, pero curiosamente, le causa más felicidad no tener que hacerse cargo de su propia necesidad. Es feliz a pesar de la disfunción eréctil o la completa falta de lubricación vaginal. Es pleno a pesar de carecer de afectividad. El consumo de ansiolíticos consigue la anulación de las pulsiones. Es la vía más corta al platonismo. Se logra la “templanza” del espíritu, la “virtud”. Una vida donde el cuerpo no nos gobierna, donde creemos haber rebasado el mundo de las apariencias. Sin embargo, resuena muy profundo que la canción no se entona así. No es posible alcanzar la virtud por la vía corta. No es posible rebasar las apariencias si el espíritu no se compromete. ¿Qué pasa cuando intentamos aniquilar el espíritu de un joven o de un niño con psicotrópicos? ¿Qué pasa cuando queremos aliviarlos artificialmente de la tristeza y la angustia? ¿Qué pasa cuando les arrebatamos la pregunta por el sentido de su vida con prescripciones médicas que están muy lejos de ser un remanso para su espíritu adolecido? El índice de jóvenes y niños medicados que cometen suicidio se eleva [4]. El espíritu cuando está germinando no soporta los inhibidores; erradicar la afectividad en la infancia y en la juventud puede desembocar en la transgresión de lo que, finalmente, nuestra juiciosa cultura más quiere proteger: la vida. La naturaleza humana, cuando aún florece, es mucho más sabia. Ella sabe que la vía corta no es más que un engaño. Ella sabe que a veces el espíritu necesita sumergirse en la sombras; el espíritu, cuando busca encontrarse, necesita desconectar de lo que Heidegger llama la mundanidad del mundo, el ruido, la avidez de novedades. ¿No son hoy más que nunca, éstos, los signos representativos de nuestro tiempo: el ruido, la novedad, la cháchara, la moda, el acumular en exceso, la idolatría de las apariencias, y por y sobre todo, la inmediatez del placer, la desmedida urgencia de sentirnos bien aquí y ahora? Cualquiera que tome un libro de pensamiento contemporáneo pensará que el que escribió aquello estaba en el límite de la desesperación.

 

 

Tomemos cualquiera de los primeros escritos de Emmanuel Levinas, las obras completas de Sören Kierkegaard, Ser y Tiempo de Martin Heidegger, La estrella de la redención de Franz Rosenzweig, La condición humana de Hannah Arendt. Estas obras adolecen y atraviesan el umbral de las sombras. Ninguno de estos pensadores –por nombrar sólo algunos-, sobrevivió a fuerza de terapias y ansiolíticos, cada uno sobrevivió por insistir en sus preguntas, por querer comprender quién era; cada uno resguardó su vida a fuerza de querer entender no sólo su circunstancia concreta, sino las imposiciones externas que lo hacían traicionarse a sí mismo, a violentar su propia naturaleza. Para entender de qué manera nos está violentando una cultura, tenemos primero que saber quiénes somos. Todo aquel que se precie de ser un buen terapeuta sabrá que su método, cualquiera que éste sea, tiene que ayudar al enfermo a responder la pregunta fundamental por su existencia y eso no se lo va a regalar ninguna pastilla. No hay atajos para llegar a saber quiénes somos, no hay vías cortas para llegar antes a saber qué es lo que verdaderamente nos importa en esta vida. No hay brebaje mágico que nos diga para qué, por qué, queremos seguir vivos. Si acallamos la pregunta que interroga por nuestro sentido, acallamos la esencia de lo que somos. Nos convertimos en seres huecos y vacíos, en términos medios, en objetos. Así es más fácil, es verdad. Deleguemos al facultativo, al especialista (¿en qué?), la completa responsabilidad de lo que somos, o a nadie, porque el problema realmente consiste en que a nadie le importa, lo que menos quiere el resto es involucrarse con nuestro dolor, con nuestra vergüenza, con nuestro llanto, nadie quiere lidiar con nuestra desnudez, con nuestra náusea. “Quien tiene vergüenza, -escribe Levinas-, es nuestra intimidad, es decir, nuestra presencia ante nosotros mismos. Ésta no revela nuestra nada, sino la totalidad de nuestra existencia. La desnudez es la necesidad de excusar su existencia. La vergüenza es a fin de cuentas una existencia que se busca excusas. Lo que la vergüenza descubre es el ser que se descubre” [5].

Y nosotros tampoco queremos lidiar con la vergonzante existencia del otro, con ese ser que se revela.. Qué nos importa su malestar mientras no nos ensucie o apeste. Como no soportamos el peso de la propia existencia, estamos obligados también a no convertirnos en una carga para los demás y así vamos renunciando a todo aquello que verdaderamente podría iluminarnos. Comenzamos renegando de la duda y terminamos absteniéndonos del abrazo, la comunicación, la escritura, la creatividad, el placer, el compromiso, e incluso el desamor y la pérdida. Hay que prescindir de todo aquello que en el fondo nos otorga un sentido. La consigna está, sencillamente, en no morirnos aunque nuestra vida no sea más que una superficie insípida, lisa y plana y opaca. Preservemos la vida a golpe de pastillas. Aligeremos, sin mayor propósito, la propia carga y de paso, evitemos la desgracia de convertirnos en una carga para los demás. No pasa nada, no, por preservar la vida a costa de renunciar a aquello que nos hace humanos: la paciencia, la escucha, el amor, la presencia, la reflexión, la pregunta, el respeto, la empatía, la compasión en su más fiel definición que no es otra que la de identificarse con el sufrimiento del Otro: ése que me interpela y me confronta, obligándome a dar cuenta de mi propia vida, de mi existencia.

 
 

1 “While further research is needed to establish whether these serotonin-induced connectivity changes hold promise to translate into meaningful predictors for antidepressant response, our findings represent a first step toward identifying an intrinsic functional connectome print for individual responsivity of the human brain to serotonergic modulation.” Scaling-up treatment of depression and anxiety: a global return on investment analysis, Chisholm, Dan et al., The Lancet Psychiatry , Volume 3 , Issue 5 , 415 – 424. http://www.thelancet.com/journals/lanpsy/article/PIIS2215-0366(16)30024-4/abstract

2 Ver el siguiente enlace de la Organización Mundial de la Salud: http://www.who.int/mediacentre/news/releases/2016/depression-anxiety-treatement/es/

3 Kessler, R. C., & Bromet, E. J. (2013). The epidemiology of depression across cultures. Annual Review of Public Health, 34, 119–138. http://doi.org/10.1146/annurev-publhealth-031912-114409

4 Sharma Tarang, Guski Louise Schow , FreundNanna, Gøtzsche Peter C. Suicidality and aggression during antidepressant treatment: systematic review and meta-analyses based on clinical study reports BMJ 2016; 352 :i65, http://www.bmj.com/content/352/bmj.i65

5 Emanuel Levinas, De la evasión, Editorial Arena, Madrid, 1999. pg. 102 (cursivas del autor).

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