La movilización del domingo 13 en defensa del INE fue reveladora y mostró una conciencia popular y un músculo social que pocas veces se han visto en nuestra historia contemporánea.

Hasta parece que, después del miedo y el repliegue y de rumiar en privado la hiel del malestar, la forja de una luz se ha adueñado del piso social y podría constituir una atalaya de esperanza para todos.   

El pueblo de México salió a las calles, en 56 ciudades de la República y cuatro del extranjero, a manifestar que quiere un Instituto Nacional Electoral (INE) del lado de los ciudadanos, profesional en la organización de los comicios, comprometido con elecciones libres y que sirva a la sociedad y no al gobierno.

Las marchas dejaron muy mal parado al gobierno y a Morena, pues además de que perdieron su narrativa de masas y mostraron que no saben contar, se han visto enervados y descompuestos frente a la voz y el grito de la calle y la plaza.

En particular, la reacción del presidente de la República no fue la mejor, porque reaccionó como líder faccioso y no como estadista; en lugar de molestia y enfado, pudo haber enviado señales de tolerancia e inclusión, con lo que habría dado muestras de ser un demócrata y lecciones de sagacidad política. Pero no: el gen autoritario que manda en él lo trae trastornado y lo hace verse como un presidente torpe.

La sacudida social del domingo antepasado, además de que le quita el monopolio de la protesta al grupo en el poder e introduce un cambio de narrativa en el espacio público, trae otras lecciones difíciles de ignorar.

La disonancia cognitiva que cree que populismo es democracia, pudo ver que el populismo es sectario, de nostálgicos del pasado y acólitos del viejo autoritarismo, en tanto que si de algo está poblada la diversidad de la calle y la plaza es de demócratas sin adjetivos.  

La más grande utilidad que han dejado cuatro años de gobierno no son obras y acciones: es la conciencia del peligro que representa concentrar todo el poder en un enfermo de sí mismo, que ha llegado al extremo de definir la agenda y la vida pública entre los que sí y los que no están con él. Así comenzaron las patologías de poder que en el siglo XX desembocaron en farsas sangrientas, de las que la Rusia de Putin es un ejemplo.  

Más acá de que las 56 movilizaciones de aquel domingo, constituyen un despertar de la conciencia ciudadana en millones de gentes, los que marcharon se saben hijos de un mismo malestar y descubrieron un sentido de pertenencia que ya nadie podrá quitarles.

El pueblo de México ha equivocado sus decisiones en una gran cantidad de ocasiones; ahora intuye que, con el pretexto de reformar al INE y borrar el pasado, se le quiere torcer la mano, se le quiere dar gato por liebre y someterlo al “rollo mareador” de quienes detentan el poder sin escrúpulos.

Las multitudes que salieron a la calle e hicieron suya la intemperie civil, saben que el riesgo que vive nuestro país hoy es muy claro, porque reformar al INE con la propuesta presidencial es cancelar la democracia y las libertades en México, para implantar un autoritarismo populista que sólo conviene a quienes lo impulsan.    

La movilización del domingo 13, en todo el país, no fue contra nadie ni para desacreditar a ningún gobierno, sino para decir que el INE de hoy es una institución confiable; para afirmar que queremos seguir viviendo en democracia y rechazamos cualquier intento que pretenda empinar a México en la ruta del autoritarismo.

Y así como surca el ambiente la idea de que una propuesta electoral que no busca mejorar sino empeorar a las instituciones electorales debe desecharse, también es cierto que quienes la alientan, tras comprobar el estruendo de la calle y la plaza, podrían intentar otra vía constitucional o reformas a las leyes secundarias, para imponer al país el personalismo político inflamado en el cual creen.

No hay nada más equivocado, en la historia de las ideas políticas, que creer que un cesarismo megalómano o un ego inflado puede ser el mejor guardián del pluralismo político y la democracia.

Aquel que entrega las llaves de una nación y de una democracia a quien ha dado muestras de tener una fe de órdago en su propio poder, lo más probable es que se quede sin patria, sin democracia, sin casa y sin nada.

Ahora la discusión sobre el INE, ciertamente importante y vital, debe trastocarse en visión de qué hacer con el movimiento social del 13 de noviembre, de qué metas de horizonte dotarlo y de qué ideario y figuras articularlo. Esto es fundamental para que no se pierda la demostración de energía colectiva que hemos visto, y para que tenga una solución de continuidad.

Tres puntos en la agenda: el movimiento social debe darse una sede, construirse un liderazgo propio y netamente social y avocarse a la búsqueda o construcción de una candidatura de unidad rumbo a 2024.


Pisapapeles

Con una visión de ingeniería política estratégica se puede alcanzar el futuro; sin ella, a duras penas se puede habitar el instante que pasa.

leglezquin@yahoo.com      

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Por Leopoldo González

Consultor, politólogo y ensayista; director de Letra Franca

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