El jaqueo a los sistemas informáticos del ejército y la inminente publicación del libro “El Rey del Cash”, con el que Amazon da un verdadero campanazo editorial y se coloca como el mejor librero del mundo, son temas que en días recientes le han erizado la piel y puesto en alarma al gobierno de López Obrador.

Literalmente, el presidente y el primer círculo del poder están contra las cuerdas, no sólo por el pésimo gobierno que han encabezado, sino porque sus principales banderas muerden hoy el polvo, tras conocerse que su modo natural de funcionar -según la evidencia-son el engaño, la corrupción y la impunidad.

Lo que ha evidenciado la organización de hackers GuacamayaHacks y lo que viene en el libro de la periodista Elena Chávez, expareja de César Yáñez, son escándalos que no nacen de la imaginación de nadie ni urdió el poder para victimizarse y hacerlos rentables, pues su sustento son la investigación periodística y la vivencia directa.

Que se conozcan presuntos vínculos gubernamentales con ciertos hijos del “malamén”, se haga público que el gobierno de los que no son como antes espía a opositores y empresarios y se diga que el móvil de la extorsión y la corrupción ha sido el motor en el ascenso del obradorismo, no son cosa nueva ni motivo de sorpresa: lo valioso del escándalo es que no hay discurso ni estrategia de control de daños que pueda vencer o desmentir la fuerza de la evidencia.

De acuerdo con la organización GuacamayaHacks, conformada por un grupo de expertos altamente calificados para romper la seguridad informática de los gobiernos, el presidente López Obrador tiene enfermedades que no son graves, pero que lo incapacitan para un buen y óptimo desempeño al frente de la cosa pública. Esto también ya lo sabíamos, pero los que ahora lo dicen son los expedientes clínicos y digitales del propio gobierno, por los cuales sabemos que López Obrador padece angina de pecho, tiene elevado el ácido úrico y es hipertenso.

El análisis y la glosa del catálogo de enfermedades del presidente no lo revela aún, pero hay algo que podría ser peor que todo aquello junto: las fobias, los desórdenes emocionales, el trastorno narcisista de la personalidad y cierta dislocación de la racionalidad -si fuera el caso- son cosa más grave aun cuando quien las padece está al frente de un país.

Por supuesto, yo deseo que el presidente sea un alma de Dios, que los demonios de la enfermedad no lo imposibiliten y que la corte celestial, o al menos una parte de ella, lo mantenga en sus cabales y le permita hacer por México lo que no ha hecho hasta ahora. Lo deseo de corazón. Pero bien sé que la distancia entre el deseo y la cosa no es asunto celestial, sino un asunto propio de este mundo sublunar.

Lo que hoy pone en entredicho al presidente y a su gobierno, pues el baño de información llega hasta los pueblos más apartados, son datos y reportes que no sólo exhiben la cara sucia de un proyecto político, sino que podrían restarle credibilidad y simpatías al más logrado y exitoso programa de izquierda en nuestro país.

Al margen de que los documentos del jaqueo seguirán revelando, entre audios y videos, la gran cadena de estafas que ahora pone en evidencia a todo un emporio de corrupción e impunidad, cuyo beneficiario principal es el clan presidencial, lo cierto es que “El Rey del Cash” -según la lectura y comentarios de quien lo ha leído- es el libro que podría precipitar una de las más grandes crisis políticas de la actual administración, por exhibir el lado vomitivo de la 4T y contribuir a romper el pacto de impunidad que llevó a algunos impresentables al vértice del poder en México. Es, de hecho, uno de los libros más rigurosos y valientes que se han publicado sobre las nauseabundas entretelas de la 4T.

Como expareja de César Yáñez, antiguo y hoy resucitado operador político de AMLO, la periodista Elena Chávez vio y vivió de cerca, durante 18 años, los trafiques y abusos, el dinero mareado, las triquiñuelas y mapacherías financieras del grupo de poder que hoy fusiona en sus manos hamponidad e impunidad.

Es una tristeza que tanta gente y tanto pueblo, después de creer a ciegas y respaldar un espejismo político, ahora tenga que archivar sus creencias y meter freno a su fanatismo, porque un ídolo de trapo se les escurre entre las manos y comienza a derrumbárseles.

Es una lástima que la genuina esperanza no abunde entre nosotros, pero es más lástima que cuando de pronto aparece, su plumaje no es el de una auténtica esperanza sino el de una quimérica ilusión.

Lo que más teme un hombre que ha hecho de la máscara su verdadero yo o su personalidad real, es que la caída de la máscara exhiba la desahuciada miseria de su rostro. Si esto en la dramaturgia del teatro es frecuente, en la dramaturgia de la política es poco usual.

La gente en México merece otra clase de políticos, que tengan clase y nivel. Pero esto sólo podrá ser posible si la propia gente abre bien los ojos o consuma un cambio de enfoque a su favor.


Pisapapeles

Las verdaderas transformaciones no dependen de un hombre astuto, sino de una colectividad consciente.

leglezquin@yahoo.com

     

 

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Por Leopoldo González

Consultor, politólogo y ensayista; director de Letra Franca

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