México es un haz de luz. Es una constelación de voces y sueños que se sitúan más allá de ejercicios de gobierno y calendarios sexenales.

Si nuestro país es lo que es: una entidad que nos supera a cada uno y a todos, a poseídos por el poder y a desposeídos del poder, esto quiere decir que simbólicamente vale y pesa más que cualquiera de nuestros políticos, sobre todo si uno de ellos cree tener la escritura certificada del Valle de Anáhuac en la bolsa.

México no es propiedad privada de ninguna familia ni patrimonio dinástico de nadie, ni de unas siglas o una pandilla de rufianes, porque es de todos en general.

Viene esto a cuento por el título del poema “México, creo en ti”, pero también por desplantes gubernamentales y delincuenciales que, en días recientes, parecen asumir la propiedad de nuestro territorio como si fuese un bien mostrenco, una gallina de rancho, un hilacho desteñido a merced de los caprichos del viento o la pieza de repuesto de un discurso sin ton, sin son y sin gracia.

Mientras el presidente López Obrador se la vive “de la greña” con lo que ignorantemente llama bloque conservador, descalificando a Xóchitl Gálvez y en pelea permanente con el Poder Judicial para arrebatarle dinero de fideicomisos para sus redes clientelares, lo que menos hace es gobernar y demostrar que sabe hacerlo.

El que haya encuestados para una firma internacional que lo sitúa como el segundo presidente mejor evaluado del mundo, después de la India, me parece que prueba o bien la ignorancia y ceguera de los encuestados, o en su defecto la astucia mercantil de un despacho internacional especializado en explotar el ego enfermo de ciertos gobernantes.

De acuerdo con indicadores de gobernanza serios y confiables, el gobierno mexicano no tiene nada qué presumir ni nada de qué enorgullecerse, y si mucho por lo cual bajar la cabeza y avergonzarse.

Mientras la cifra de homicidios dolosos ronda casi 170 mil muertos, la de desplazados por la delincuencia casi 100 mil y la de desaparecidos poco más de 50 mil, el gobierno de la 4T se ha limitado a ser un simple contabilizador de la estadística del desastre.

El problema migratorio que agobia a México, como expulsor y como país de paso, ha crecido alarmantemente en los sesenta meses del actual gobierno, no sólo por falta de pericia e imaginación para fraguar una solución, sino porque falta legitimidad y visión para convocar a una cumbre continental que lo atienda y resuelva.

En materia económica México va a un desastre anunciado: sin soportes de crecimiento ni tasas de productividad que apuntalen la dinámica económica, pero además con un déficit financiero del 5.4 por ciento del PIB para 2024. Es decir, la temporada de zopilotes de la 4T heredará una bomba de tiempo al próximo gobierno y negros nubarrones al futuro de México.

Si López Obrador fuese un personaje digno de un ensayo profundo, sería el “artista del insulto” que ha bosquejado en su quehacer periodístico el intelectual Gabriel Zaid. Si Morena fuese un poema, sin duda sería una versificación musical en Re-Mayor sobre la noche de los cuervos. Si la 4T fuese una novela, sería quizás el manojo de renglones torcidos de una rotunda novela negra.

No deja de intrigarme la ladina facilidad con que un puñado de mexicanos aplaude a un gobierno fallido; al mismo tiempo, tampoco dejan de inquietarme las natas de creciente ceguera y fanatismo que empañan el entendimiento cívico de muchos mexicanos.

En estos días, viendo con preocupación y realismo la ruina nacional que ha forjado a pulso el delirio inflamado de un hombre, he recordado la certera frase que William Shakespeare coloca en el libreto de “El Rey Lear” para definir a su época: “Es la plaga de los tiempos, cuando los locos guían a los ciegos”.

El General Belgrano, de la Argentina de la dictadura que liquidó el presidente Raúl Alfonsín, afirmó algo que puede tener gran actualidad y palpitante aplicación en México: aseveró que Argentina seguía existiendo, y que la expoliación gubernamental no había logrado acabar con el país, “gracias a que los políticos duermen de noche”.  

Al margen de que lo sepa y lo entienda o no, López Obrador administra hoy los despojos de un país al que él ha llevado a la peor descomposición de su historia; un país que, sencillamente, no merece que se le destruya de la forma tan impune en que se viene haciendo desde el poder.

Se puede creer o no en causas de temporal y en individualismos pasajeros, pero por ningún motivo se puede dejar de creer en México.


Pisapapeles

El economista Carlos Urzúa, catedrático en economía y finanzas del Tec de Monterrey, quien se separó de López Obrador siete meses después de iniciado el actual gobierno, desde el lunes forma parte del equipo pensante y estratégico de Xóchitl Gálvez, la abanderada del Frente Amplio por México (FAM).

leglezquin@yahoo.com

 

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Por Leopoldo González

Consultor, politólogo y ensayista; director de Letra Franca

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